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¡Guerra en sur Sudán!

El Carter Center tiene una misión de observación electoral en sur Sudán. En su último informe (pdf), nos da un tirón de orejas a los periodistas que estamos en Juba, sudaneses e internacionales (lo he visto primero en el blog de Maggie Fick):

Media coverage. At the start of registration, Carter Center observers noted that members of the domestic and international media acted intrusively in Juba, interfering in the process to take pictures of people registering and conducting interviews with referendum center staff at the height of the registration process. The Carter Center urges members of the media to demonstrate respect for the referendum process while performing their duties, particularly during what will likely be a high-volume polling day on Jan. 9.
The Carter Center remains disappointed by the prevalence of media coverage that seeks to emphasize the potential for volatility rather than the progress that has been made toward implementation of the referendum. The Carter Center calls on representatives of the media to provide balanced and accurate coverage of the referendum process.

Un par de comentarios:

1. Yo no estuve en ningún centro de registro durante el proceso de registro, así que no sé si los periodistas dieron realmente tanto por saco, aunque no me sorprendería. Muchas veces, es verdad que somos un coñazo y un problema. Los que tienen que conseguir la imagen, fotógrafos y cámaras, bueno, precisamente, tienen que conseguir la imagen. Tienen que captar el momento y tienen que estar allí, en la escena. Si no, no habría imágenes de televisión y los artículos en la web, los periódicos y las revistas no tendrían fotos. Además, suelen estar sujetos a una enorme presión por parte de sus editores, que están sentados cómodamente en sus oficinas en Nairobi o Madrid o París o Londres o Nueva York. A una enorme presión por conseguir la imagen y que sea lo mejor y más cercana posible, y luego por ser los primeros en enviarla. Por ejemplo, hay mucha competencia entre Reuters, AP y AFP en estos temas. Ante tanta presión y también debido a la ambición personal, hay veces que fotógrafos y cámaras se pelean con quien tengan delante con tal de conseguir la imagen. Y no sólo los que necesitan imágenes sino también los que necesitan audio e incluso los que únicamente van a escribir. Aunque tengan menos presión o puedan encontrar otras formas de hacerlo, también tienen que estar ahí cuando el tema está ocurriendo y hablar con y escuchar a la gente que está allí. Cuando hay muchos periodistas y se trata de una momento particular como el registro para votar en el referéndum en sur Sudán, en el que además mucha gente no habla inglés, la situación puede ser aun más problemática. No hay una solución perfecta, todas las partes deberían comprender y ponerse en el lugar de las demás y tratar de no ser más cabrón de lo necesario.

2. Me parecen llamativas estas líneas: “The Carter Center remains disappointed by the prevalence of media coverage that seeks to emphasize the potential for volatility rather than the progress that has been made toward implementation of the referendum.” (“El Carter Center sigue dececpionado por el predominio de cobertura mediática que pone el énfasis en la posibilidad de volatitlidad en lugar en el progreso que se ha hecho hacia la implementación del referéndum“.)

Es la historia de siempre. Las malas noticias venden y las buenas noticias no es que no vendan, es que no son noticia. Imagina estas dos portadas de periódico (o ‘homepages’ de dos medios en internet). Una dice en letras bien grandes: “Todo va bien en sur Sudán”, y tiene la foto de un niño sonriente. La otra dice en letras bien grandes: “Sudán podría volver a la guerra”, y tiene la foto de soldados o tanques o cadáveres o algo así. ¿Cuál te llama la atención? ¿Qué periódico cogerías para hojear o en qué titular pincharías para leer la noticia? Es un comportamiento humano, creo. Cuando te juntas con tus amigos en el bar, ¿qué tipo de historias les cuentas? Las más llamativas o los cotilleos o que ayer hubo una pelea o un accidente de coche o hablas mal del cabrón ése que te cae tan mal. No cuentas que “todo va bien y no pasa nada”. O, si lo haces, tus amigos te dejan de prestar atención y pasan a escuchar al que está contando las otras historias.

Los editores piensan igual – o peor. Guerra, conflicto, muerte, sangre, son algunos de los temas que más venden en los medios (junto con famosos, sexo y cosas raras: el tema perfecto sería una guerra entre famosos en la que haya sexo extraño) (de hecho, si algún empresario mediático lee mi blog -ja ja-, seguro que roba la idea y crea un ‘reality show’ exactamente con esas características) (¿o quizá debería dejarme el periodismo y montar yo ese ‘reality’?) (mmm…). Los periodistas estamos aquí, en el terreno, en Juba. Hace un calor acojonante (hoy hemos llegado a los 45 grados). Unos están alojados mejor que otros pero en general todos estamos bastante puteados. Todo es carísimo y a muchos nadie nos paga los gastos y muchos cobramos por pieza vendida. Y al final del día o de la semana o de lo que sea, o vendes artículos, reportajes y fotos o no cobras y pierdes dinero por venir a un sitio tan complicado como Juba (y, hey, que no me estoy quejando, que a ningún periodista le obligan a venir aquí, todos estamos porque queremos y nos gusta esto y sabíamos de antemano cuál iba a ser la situación – lo que tampoco evita que sea una situación difícil y muchas veces frustrante). Y cuando le dices a tu editor: “Tengo estas historias:

- gente que vuelve del norte y está formando campos de personas desplazadas

- los bombardeos del norte y un tío del ejército del sur que me dice que si quieren guerra, la tendrán

- problemas técnicos con las papeletas que pueden retrasar el referéndum y gente del sur diciendo que, como se retrase el referéndum, la liarán

- y el testimonio de un tío de un centro de registro que dice que todo fue bien y que espera que no haya problemas durante el referéndum.”

¿Qué tres historias crees que te dirá que hagas? Y si sólo ofreces historias bonitas o de que todo va bien, no te cogerán ninguna. Y los periodistas en Juba no acaban de empezar a trabajar, llevan ya un tiempo en esto y saben qué historias venden y cuáles no. Es algo que se vuelve automático y es una preselección que haces en tu mente sin pensar, de forma instantánea. Empiezas a trabajar y le ofreces a tu editor las historias que sabes que puedes vender. Que suelen ser las malas noticias y las más llamativas. La posibilidad de guerra vende y el decir que todo va bien no vende. En ocasiones, sí puede haber historias bonitas o de que toda va bien que se conviertan en un artículo. Y si el referéndum va bien y no hay problemas, también será noticia (“Sudán del sur celebra el referéndum sin problemas”). Pero cuando la posibilidad de conflicto es real (aunque pequeña, yo quiero creer) y cuando hay tantos problemas reales en sur Sudán (bombardeos ocasionales del norte en territorio del sur, personas desplazadas, altísimos niveles de analfabetismo, una de las peores situaciones sanitarias del mundo, un país lleno de tribus diferentes que tienen un historial de enfrentamientos armados entre ellas…), es complicado vender buenas noticias e historias bonitas – que las hay. Además, y cuando estableces una relación con una fuente, alguien del gobierno o del ejército, te llaman para contarte sus ‘propias malas noticias’. Que el norte nos vuelve a atacar, que Khartoum esto, que Bashir lo otro. No te llaman para decirte, “Eh, todo va bien”. Si todo va bien, no te llaman. Y cuando sólo se publican malas noticias o historias agoreras, esta impresión negativa se retroalimenta y entramos en un círculo vicioso en el que estas malas noticias crean más malas noticias. Todas las partes tenemos algo de culpa. Pero también es un problema, digamos, estructural del periodismo y de la comunicación (oh, qué intelectual que suena eso). Lo malo, en este y otros muchos casos, es las posibles consecuencias reales y que una cobertura negativa de la situación pueda acabar contribuyendo a que haya un conflicto de verdad. Pero, de nuevo, ése es un problema presente en muchos otros ámbitos porque el resaltar lo malo es algo bastante humano y que tendemos a hacer en general en el día a día. Y, bueno, y eso.

De periodismo, fútbol español e islam en sur Sudán

Encuentro a Hussan junto a la mezquita vieja de Juba, en el mismo centro de la ciudad y pintada de un llamativo color verde. Hussan es un tío muy simpático y que está siempre sonriendo. Está tomando té junto con su padre -vestido con túnica y turbante- y otros dos hombres mayores. Por supuesto, me obligan a sentarme y tomarme un té con ellos. Por supuesto, no me permiten pagarlo.

El té estaba bastante bueno

El té estaba bastante bueno

Hace calor pero sentados en la calle en la sombra de un árbol, no se está mal – aunque el ruido del generador a mi lado es bastante molesto. Frente a nosotros, un edifico medio en ruinas o medio en construcción y, a nuestro alrededor, todoterrenos y más todoterrenos. Es una típica imagen de Juba. La gente no tiene mucho que hacer y se dedica a pasar el tiempo a la sombra de los árboles, tomando té y viendo pasar los 4×4 del gobierno, la ONU y demás. Y con la banda sonora de los generadores, ya que el tendido eléctrico no llega a toda la ciudad y, de todas formas, los cortes de luz son muy habituales.

Hablamos un rato y Hussan, de origen árabe pero que ha nacido y vivido toda su vida en Juba, me cuenta que se va con su familia al norte antes del referéndum. No es que se sientan amenazados aquí pero, aun así, creen que es mejor marcharse.

Pero Hussan tiene trabajo y me dice que volvamos a quedar el domingo, cuando parte de la comunidad musulmana de Juba se reúne en casa de su padre, para hablar más tranquilamente. Y así quedamos.

Más tarde, en la mezquita Kuwait (construida con dinero de este país), también en el centro de Juba, hablo con Omar, Deng, su tío Garang y otros. Todos son musulmanes excepto Garang, que se considera cristiano. Esta vez no hay té pero podemos hablar un rato más largo.

Como el resto de sudaneses del sur, todos van a votar por la independencia en el referéndum que debería empezar el 9 de enero (además, esta mezquita es la sede del Foro Musulmán de Sudán del Sur por la Separación). “No se trata de si eres cristiano (señalando a su tío) o de si eres musulmán (señalándose a sí mismo)”, me dice Deng, “sino de que somos del sur, ésta es nuestra tierra y tenemos que ser libres”. Ellos son musulmanes moderados, sus familiares y amigos son cristianos y les gustaría que el Estado siga siendo secular (todo lo secular que es en sur Sudán).

Desde la izquierda, Garang, Omar y Deng.

Desde la izquierda, Garang, Omar y Deng

Al rato, y ya aburridos de la política, me empiezan ellos a preguntar a mí. Que si hay musulmanes y mezquitas en España, que si viven en paz con los cristianos y que cuál es mi religión. Ninguno de ellos, musulmanes o cristianos, parece satisfecho cuando les digo que ni lo uno ni lo otro, que no soy una persona religiosa. Me preguntan que si soy de Barcelona y les digo que no, que de un pueblo bastante más abajo. Y entonces, Omar me pregunta en árabe (el único que habla inglés es Deng, que hace de traductor): “¿Conoces a Puyol?” Y yo, “¿Puyol?, ¿el jugador de fútbol del Barcelona?” y Omar ríe y dice, “¡Sí, Puyol, Barcelona, ¡el mejor equipo!” Y yo le digo, “Hombre, Puyol es bueno pero también te gustará Messi, ¿no?, e Iniesta, Xavi…” Y Omar dice, “¡Messi, Xavi, Xabi Alonso!” Y yo, “No, Xabi Alonso es del Madrid, del equipo rival”. Y Deng me pregunta, “¿Y qué equipo te gusta a ti?” Y el caso es que me han hecho la misma pregunta ya bastantes veces en sur Sudán. “Yo…, mmm”, empiezo, “bueno, supongo que soy del Madrid – pero en realidad me da bastante igual y también me gusta el Arsenal porque vivi en Londres”, siempre añado con rapidez para intentar que se olviden del Madrid. Algo que no suele funcionar. “Ahh, 5-0, 5-0″, dice Omar riendo. Aquí, a la mayoría de gente le gusta el Barça y me han recordado el 5-0 ya más veces que si estuviera en España.

Por la noche, hablo con otro sureño que es un voluntario en la mezquita vieja de Juba. Llegó hace poco desde Jartum, donde trabajaba en el gobierno. Es musulmán convencido, cumple con la ley Sharia y le gusta el norte de Sudán y Jartum. Pero, me cuenta, al norte de Sudán y a la gente de Jartum nos les gusta él. Me dice que allí, en él, no ven a un musulmán obediente sino a un negro, a un africano de Sudán del sur, y que, a medida que se acerca el referéndum, era maltratado y no se sentía seguro. Así que se ha venido a buscar trabajo y, cuando pueda, se traerá a su mujer y sus tres hijos. Y va a votar por la separación. Me dice que hay muchas cosas del sur que no le gustan, como que la gente beba alcohol y las chicas lleven pantalones. Me cuenta que a veces se tiene que tapar los ojos cuando va por la calle. Le gustaría que el sur se rigiera por la ley Sharia, que no es una ley para castigar sino para regular las costumbres, me dice. Pero admite que aquí la mayoría es cristiana y que, por tanto, el Estado debe ser cristiano y no pasa nada. No parece aceptar la posibilidad de un Estado laico.

Juba, ¿la capital mundial de los 4x4?

Juba, ¿la capital mundial de los 4x4?

Esta gente es interesante porque muestra lo simplista que es decir que la guerra “enfrentó al norte, árabe y musulmán, con el sur, animista y cristiano”, como hacen casi todos los medios. Yo lo hice en el par de artículos que escribí sobre Sudán cuando estaba en Efe y estoy teniendo ahora el mismo problema en las historias que estoy escribiendo desde aquí en inglés y español.

Es difícil explicar en un artículo de 300 palabras -como las noticias de Efe- todas las complejidades de un país tan grande como Sudán y de un conflicto que viene tan de lejos y tiene tantos factores como la guerra entre norte y sur que acabó en 2005. Además, para dar el contexto sólo tienes el último párrafo, que a veces puede hasta desaparecer en el proceso de edición si el texto es demasiado largo. Pero incluso con estas ‘excusas’, la realidad de sur Sudán es muy diferente de esa mínima descripción que muchas veces los periodistas nos limitamos a copiar y pegar.

Es complicado decir cifras pero, de acuerdo con el World Fact Book de la CIA, de los casi 44 millones de personas que viven en todo Sudán, sólo el 5 por cien es cristiano y vive “sobre todo en Jartum y en el sur”. Eso sería unos 2,2 millones de cristianos. En Sudán del sur, y según diferentes estimaciones, viven entre unos 8 y 10 millones de personas. Con estos datos, sólo alredor de un 25 por cien de la población del sur sería cristiana, tirando por lo alto. Pero ocurre, además, que muchos sureños que se consideran cristianos también tienen varias esposas y siguen sus propias tradiciones culturales, que no tienen nada que ver con el cristianismo. Aunque es igual de cierto que la asitencia a misa (donde hay iglesias) sí es muy alta, al contrario de lo que pasa por ejemplo en España. ¿Son entonces cristianos o no? ¿Qué pensaría el papa?

El resto de la población del sur, entonces y según los medios, es animista. Pero el ‘animismo‘ es una etiqueta tan vaga y general y engloba tantas creencias diferentes que, prácticamente, no significa nada. Es como si en occidente, todo lo que no se identifique con alguna de las religiones típicas (cristianismo, islam, judaísmo…), se puede llamar animismo. Y aun así, lo escribimos y yo lo sigo escribiendo porque me parece la solución menos mala dadas las circunstancias.

Además, y algo que los medios casi nunca dicen, en Juba y en las ciudades más cercanas a la ‘frontera’ con el norte hay una importante población musulmana, formada por sureños y por árabes del norte que han vivido toda la vida en el sur. Y además, en los dos grupos los hay moderados, más integristas y radicales. Buf, demasiado complicado para los medios de comunicación, mejor lo dejamos fuera de los artículos sobre Sudán y sur Sudán – como también yo he hecho.

Y por último, aunque esto es sólo mi opinión y llevo aquí sólo cuatro semanas, me da la impresión de que, en realidad, en el sur de Sudán la religión tampoco es tan importante para la gente. Al menos no en el sentido de ‘religión organizada’ que solemos tener en occidente. En las zonas más rurales, la forma de vida, las costumbres y la socialización están imbuidas de creencias que podríamos llamar religiosas. Pero todo está entrelazado de una forma que no se corresponde con lo institucionalizado de la práctica religiosa en occidente. En Juba, la población urbana sí se parecería más a la occidental en este sentido pero, aun así, la religión forma parte del conjunto de normas y valores sociales de una forma mucho confusa porque todo está mezclado. Bueno, igualmente pienso que en España la religión tampoco es que sea muy importante para la inmensa mayoría de la gente. Aunque puede que sólo piense esto porque la religión no es imporante para mí. El caso y como conclusión, que etiquetar a todo un país y describirlo con esa alegría como “animista y cristiano” -algo que yo también he hecho-, me parece en el mejor de los casos excesivamente ingenuo y simplista y, en el peor, excesivamente ingenuo, simplista, interesado, engañoso, vago y, básicamente, equivocado.

Pero, ¿qué podemos hacer?, y más teniendo en cuenta que de todas formas a la casi totalidad del público de estos medios de comunicación les da bastante igual Sudán. Entonces, tampoco pasa nada, ¿no?

Escenas de sur Sudán #1

“Hey chavales, ¿qué hacéis aquí dentro?, fuera tenemos margaritas, ¡y son gratis!”. Se refiere a la bebida, no a la flor, y por su cara rosada y su risa fácil, parece que el hombre ya se ha tomado unas cuantas.

A los dos minutos, el tipo, uno de los dueños o jefes de este sitio, vuelve con dos margaritas. Una es para mí y la verdad es que está muy buena, casi granizada. Fuera, suena a toda hostia Living la vida loca, de Ricky Martin, en su versión en español. La puerta está cerrada para que el aire acondicionado surja efecto, pero cada vez que alguien la abre, nuestras voces quedan ahogadas por la de Ricky. Mis compañeros de mesa, un periodista, una cooperante y un trabajador en una empresa privada, los tres norteamericanos, discuten qué bar ofrece la mejor pizza en la ciudad.

Estamos en una especie de hotel bastante pijo que tiene una de las mejores conexiones de internet de Juba (al menos entre las que yo conozco). En lugares como Juba, donde a veces es complicado encontrar un sitio con electricidad, parte de tu trabajo como periodista es encontrar los mejores sitios para conectarte a internet. Los periodistas, que en el fondo tampoco somos tan cabrones (al menos la mayoría), compartimos información y recursos como contraseñas de las conexiones de hoteles que sólo ofrecen internet a sus huéspedes. Pero lo bueno de este sitio es que está en mi calle y que con cualquier consumición, aunque sea una botella de agua, te dan una hora de internet gratis. Además, el hombre de las margaritas nos cuenta, fuera están preparando una barbacoa a la que podemos unirnos, esta vez, presumiblemente, pagando un buen dinero.

Mi calle en Juba

Mi calle en Juba

Antes, aún aquí, otros dos periodistas y yo hablábamos con una cooperante británica que ha vivido bastante tiempo entre Khartoum y Juba y con un sur sudanés educado en Estados Unidos y que acaba de ser contratado por el gobierno de sur Sudán. Ella se queja de que la comunidad internacional y sobre todo occidental -diplomáticos, empresas, ONGs…- está imponiendo sus valores y su forma de hacer las cosas a los sur sudaneses. Lamenta que éstos apenas tengan voz o voto en la construcción de su propio país. Se queja de que los ‘mzungus’ (personas blancas) en Juba apenas se mezclan con la población local.

Estoy de acuerdo con ella en gran parte. Pero ocurre que ella misma es occidental y que es ella la que propuso este sitio para reunirnos. Miro a mi alrededor: todos somos blancos – excepto los camareros. En la televisión por satélite repiten imágenes del Newcastle – Liverpool de ayer. En el buffet, salchichas, bacon, ‘pancakes’ y todo lo que necesitas para prepararte un ‘English’ o ‘American breakfast’. Y ocurre que somos cuatro occidentales y un sur sudanés educado en Estados Unidos los que estamos hablando de cómo reconstruir sur Sudán. Rodeados de empleados de empresas privadas (la mayoría de clientela de este hotel) que, en lugar de hablar, están literalmente construyendo este nuevo país haciendo negocios.

¿Qué hacer? El país lleva sólo cinco años en paz tras 22 años de guerra civil. La mayoría de la población no ha conocido en vida otra cosa que la guerra. El 74 por cien son analfabetos (según UNFPA). El Estado prácticamente no existe. Juba, la capital, no tiene agua corriente y gran parte de la ciudad depende de generadores particulares para tener electricidad. No hay servicios públicos. Y en el resto del país, la situación es aun más precaria. Aunque el referéndum sea pací­fico y sur Sudán obtenga su independencia sin problemas, los retos por delante son enormes. En el mismo momento de ganar su independencia, el país podría pasar a ocupar el último lugar de varias clasificaciones internacionales de economía y desarrollo.

¿Qué hacer? Va, tranquilos, no pasa nada. Para eso estamos aquí los blancos, para construirles su propio país a los sur sudaneses. Mientras tanto, ellos que sigan viviendo en sus chabolas, que los mayores sigan con sus trabajos de mierda, que los niños sigan sin ir a unas escuelas que carecen de recursos.

“Muchos sur sudaneses se quejan y me dicen que esperaban algo más del tratado de paz que conseguir trabajos como chachas de los ricos y los blancos”, nos dice la cooperante. Por supuesto, no todo es blanco y negro sino que hay infinitos matices de gris. Esta chica seguramente está haciendo un buen trabajo, e indudablemente con su mejor intención. El problema es que la enorme presencia de la comunidad internacional -sobre todo occidental- en sur Sudán, incluso suponiéndole la mejor de las intenciones, tiene muchos efectos perversos. Crea desigualdad y contribuye a que la élite sur sudanesa, ya de entrada educada en Europa o América, se relacione sólo con los blancos y olvide a sus ciudadanos. Crea puestos de trabajo entre la comunidad local que no son productivos ni sostenibles. Crea resentimiento cuando los blancos y ricos se pasean en sus ruidosos 4×4 blancos entre los sudaneses que caminan porque no pueden permitirse ni coger un boda-boda. Y, al menos por lo que yo he podido ver en estas semanas, no está contribuyendo gran cosa al desarrollo material de sur Sudán.

Sí, en fin, que no se preocupe la población local, que ya estamos aquí los blancos, aunque la verdad es que lo de construir un país es aburrido y cansa y cuesta. Así que mejor nos venimos a este hotel, vemos la Premier League en la televisión por satélite, nos tomamos unas cuantas margaritas gratis, disfrutamos del aire acondicionado y, de paso, escribimos historias en nuestros blogs.

De excursión en sur Sudán

Uno de los problemas de sur Sudán es cómo moverse por la región. Durante las elecciones en abril, los periodistas nos hartamos de repetir que sur Sudán sólo tenía 50 kilómetros de carreteras asfaltadas – para cubrir un territorio algo mayor que España y Portugal juntas.

Lo mejor es volar. No es que haya aeropuertos propiamente dichos pero sí hay ‘airstrips’, pistas de aterrizaje muy básicas, por aquí y por allá. Hay algunas compañías aéreas comerciales pero tienen muy mala fama y –peor aun– resultan muy caras para periodistas freelance. O al menos para mí. El Programa Mundial de Alimentos (WFP, en inglés) ofrece vuelos a través de UNHAS (el servicio humanitario aéreo de la ONU) pero también son caros y van dirigidos a personal de ONGs u otras organizaciones humanitarias. Un periodista que trabaja por su cuenta necesitaría que una de estas ONGs le ‘patrocinara’ y reservara el vuelo y luego el periodista pondría el dinero.

Y la otra opción es UNMIS, la misión militar de la ONU en Sudán. UNMIS permite a periodistas y gente de similar calaña volar gratis siempre y cuando haya asientos vacios y el periodista vaya a trabajar en historias sobre el referéndum. Es arriesgado, porque hasta la tarde o noche del día anterior no sabes con seguridad si tienes sitio en el avión o helicóptero. Y si por algún motivo le caes mal al personal encargado de estos vuelos, entonces olvídate de conseguir sitio.

Por supuesto, eso es lo que nos pasó a Marc –un fotógrafo alemán– y a mí cuando pedimos a UNMIS volar con ellos desde Juba a Yambio, la capital de Equatoria occidental. Pero al contrario que con otras partes de sur Sudán, Yambio está relativamente cerca de Juba, 424 kilómetros por carretera de tierra, y hay minibuses y ‘landrovers’ que cargan a cuanta más gente mejor y atan colchones, sacos, sillas o lo que sea en el techo y hacen el viaje. Así que Marc y yo preguntamos por ahí y encontramos un minibus que en teoría tardaba 10 horas de Juba a Yambio, de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Pagamos cada uno 150 libras sudanesas (algo más de XX euros) y a las 7 y media de la mañana el día siguiente -el 22 de noviembre- estábamos en el ‘bus park’ de Juba con varias mochilas y listos para el viaje.

Estos minibuses, igual que los ‘matatus’ kenianos, son furgonetillas que no inician el viaje hasta que se llenan con las 14 personas que, bien apretadas unas contra otras, más o menos caben en su interior – junto con el conductor. Marc y yo nos acoplamos como pudimos en los asientos de atrás hasta que un tío de la ‘compañía’ quitó a uno que estaba en los asientos de delante (los menos incómodos del minibus) y nos puso a nosotros dos. Por ser blancos. Mmm. En fin.

El ‘bus park’ de Yambio es un lugar caótico, lleno de gente vendiendo de todo y de boda-bodas y de cochambrosos autobuses y minibuses y gallinas y perros y cabras y gente ofreciendo billetes de bus y gente ofreciendo cambiar libras sudanesas por dólares y niños pidiendo dinero o intentando venderte cualquier cosa.

Y allí estábamos, el minibús parado en el ‘bus park’, Marc y yo y nuestras mochilas y sacos de dormir en los asientos delanteros y aún bastante estrechos, con todas las puertas abiertas pero igualmente cociéndonos a fuego lento – y esperando a que el minibus se llenara para salir hacia Yambio.

De repente, dos chavales de unos veinte o veintipocos años empezaron a pelearse a puñetazos justo delante de nuestro minibús. Todos les miramos con curiosidad y entonces uno de ellos se llevó la mano a la parte de atrás del pantalón y sacó una pistola. La cargó y estiró el brazo apuntando al otro chico, que se había quedado a cuadros. Aunque, más que asustado, parecía simplemente sorprendido. Se quedó parado mirando con la boca abierta al de la pistola, que le apuntaba con el brazo tenso pero, eso sí, sin poner el dedo en el gatillo. Y nosotros allí sentados en el minibús también a cuadros y sin saber muy bien qué hacer.

Pero entonces otro grupo de chicos llegó y rodeó al de la pistola entre sonrisas y le calmaron y se lo llevaron de allí mientras el otro chaval les miraba aún con incredulidad.

Y entonces Marc dijo: “Mierda, tendría que haber sacado mi cámara”.

Y un rato después, con hora y media de retraso, salimos hacia Yambio.

El viaje fue largo y, me atrevo a sugerir, más incómodo de lo que habría sido volar gratis con UNMIS durante dos horas (con una parada en Maridi).

Nuestro minibús ardía bajo el sol y poco a poco todos nos íbamos poniendo marrones por la tierra y el polvo que entraban por las ventanillas y se mezclaban con nuestro sudor. De vez en cuando parábamos para bajar a mear o estirar las piernas o echar agua al motor. Durante el viaje, el paisaje iba cambiando y se volvía lentamente más verde porque Ecuatoria occidental es tierra de bosques y pastos. Marc y yo estábamos aburridos y callados y somnolientos mientras los demás pasajeros hablaban a gritos en árabe y reían y disfrutaban del viaje. A primera hora de la tarde, paramos para comer en un pueblo y Marc y no nos pusimos las botas con el típico plato de la zona: carne de cabra, una especie de pasta de lentejas y pan como de pita. Total para los dos, 5 libras sudanesas (1,5 euros).

Más tarde, tuvimos que parar tras sufrir un pinchazo, algo bastante normal por esos caminos de tierra y piedras y baches y hoyos. Pero nuestro conductor, James, era un tío grande que cambió la rueda en un par de minutos. Aun así, poco después, el motor empezó a hacer un ruido aun más extraño del que venía haciendo y, en su inglés precario, James nos dijo que una pieza estaba jodida y que no podíamos pasar de 40 km/h y que ya veríamos si no teníamos que parar en medio de la nada a dormir.

Un par de horas después, llegamos a otro pueblo y paramos y James se fue a buscar una pieza de repuesto para cambiar la que no funcionaba. Era ya tarde, sobre las 6 de la tarde y pronto iba a anochecer. Y si ya es complicado conducir por esos caminos a la luz del día, imagínate en completa oscuridad, sin poder ver los agujeros y las piedras en el camino.

Pero James volvió con la pieza de repuesto y, mientras le alumbrábamos con linternas, la cambió y consiguió que el motor volviera a funcionar con normalidad. Nos pusimos en marcha y James pisó el acelerador para recuperar el tiempo perdido y nos comimos unos cuantos hoyos a bastante velocidad y no sé como el minibús no acabó destrozado y tirado en la cuneta.

Y finalmente, sobre las 10 y media de la noche, 13 horas después de salir de Juba, llegamos a Yambio. Llamamos a nuestro contacto y esperamos a que nos encontraran en una gasolinera (consistente en una bombilla y un surtidor). Al rato nos recogieron y nos llevaron a la casa en la que nos íbamos quedar, la casa de un periodista sudanés de Yambio al que habíamos conocido en Juba y que generosamente quiso alojarnos.

Bienvenido a sur Sudán

Quizá fue por suerte o casualidad pero, en el año y pico que viví en Nairobi y en el mes y medio que pasé en Kampala, nadie me pidió un soborno. Sin embargo, a las pocas horas de estar en sur Sudán, ya había tenido que decir que no a dos supuestos funcionarios. Y días después, en el viaje de vuelta de Yambio a Juba, habría una tercera vez.

Entré en sur Sudán por carretera desde Kampala, donde días antes había conseguido mi permiso de viaje del gobierno de sur Sudán (GoSS). En la frontera, tuvimos que pasar por inmigración para salir de Uganda y para entrar en sur Sudán. Ya en la oficina en el lado sudanés, había que empujar y hacerse un hueco usando los codos si querías que te sellaran tu permiso. Mientras todos nos apelotonábamos, una de las personas detrás de las mesas era una chica que estaba poniendo sellos y tenía un libro en el que tenías que escribir tu nombre. Conseguí llegar casi hasta ella y ya sólo había dos chicas kenianas delante de mí. La ‘funcionaria’ les selló sus permisos, las chicas escribieron sus nombres y entonces la funcionaria les pidió 5 libras sudanesas (alrededor de 1,5 euros) a cada una. Las kenianas se sorprendieron, “¿5 libras?, ¿por qué?” “Porque, porque son 5 libras”, les respondió la funcionaria. Y las chicas kenianas pagaron.

Me llegó el turno, le di mi permiso a la funcionaria, lo selló, escribí mi nombre en el libro y entonces me pidió a mí también 5 libras. “No”, le dije. La funcionaria me miró durante un segundo y luego dijo, “Ok”. Y salí de la oficina.

El permiso de viaje del GoSS

El permiso de viaje del GoSS

Más adelante, cuando ya estábamos muy cerca de Juba, un supuesto control policial detuvo el autobús. Entraron varios tíos jóvenes sin uniforme pero diciendo que eran policías. De forma bastante agresiva y en un inglés algo básico, nos ordenaron a todos bajar con nuestras bolsas. Todas las maletas, cajas, paquetes y demás de los pasajeros estaban entre los asientos del autobús con nosotros. Salimos todos y yo me bajé mi mochila pequeña pero dejé la grande con toda la ropa y tal en el autobús. Al salir, me pidieron el pasaporte y cuando vieron que era español dijeron entre sonrisas, “¡Europeo!” Y yo, “Ehm, sí, je je”. Y el que parecía el jefe, “A mí me gustaría ir a Europa, ¿qué te parece?” Y se empezó a reír a carcajadas y yo pasé de largo y me quedé allí al lado esperando a ver.

Bueno, pues estamos todos fuera asándonos bajo el sol mientras los ‘policías’ registraban el interior y entonces sale del autobús el supuesto jefe y empieza a gritar en inglés. “¡Sois todos unos estúpidos!, ¡estúpidos! ¡No entendéis nada! Os digo que bajéis las bolsas y qué hacéis, ¡las dejáis adentro! ¡No entendéis nada!” Varios de los pasajeros, de hecho, no entendían bien el inglés y no se estaban enterando demasiado del tema. Pero yo, literalmente, me quedé mirándo al tipo con la boca abierta. Él también me miró, sonrió y dijo, “No, pero contigo no pasa nada, no te preocupes”. Y yo, “¿Qué?”. Y el tío, “No te preocupes, ven”. Me acerco y él, “Contigo todo está bien, no hay problema, pero estos estúpidos no saben nada, no entienden el inglés”, me dijo con su inglés bastante básico y señalando a los demás pasajeros. Entonces, otro de los ‘policías’ quiso registrar mi mochila pero el jefe no le dejó y me dijo, “Sube, tú puedes esperar dentro”. Así que me volví a meter en el autobús mientras oía murmurar a los demás pasajeros y decir, “…mzungu”. ‘Mzungu’ es ‘persona blanca’ en swahili y luganda y la mayoría de los pasajeros eran kenianos y ugandeses, hablantes de esos idiomas. Yo era el único blanco entre los pasajeros.

Ya dentro y mientras los policías registraban las maletas y cajas sin mucho cuidado, llegaron a mi mochila grande y les dije que era mía. Uno de ellos se disponía a abrirla pero el ‘jefe’ lo detuvo y me llamó y me pidió que la abriera. Precisamente pensando en este tipo de situaciones, siempre dejo la ropa sucia arriba del todo, con la idea de desanimar a quien esté registrando la mochila o la maleta. Pero el tipo me hizo rebuscar un poco por dentro y vio varias bolsas de plástico y me dice, “¿Y qué llevas ahí?”, y yo, estúpidamente, “Pues, cosas para trabajar, medicinas…” Y él, “¿Medicinas?, ¿qué tipo de medicinas?” Y yo, mierda, “Pues para el estómago y tal”. Y él, “Ah, ¿y no puedes darme unas cuantas?, me vendrían muy bien”. Y yo, “No tío, las necesito para mí”, y él se me quedó mirando, me sonrió y me dijo, “Va, está bien, puedes cerrarla”.

Me volví a mi sitio y un largo rato después permitieron subir a los demás pasajeros y pudimos continuar el viaje. Algo más tarde, 14 horas después de haber salido de Kampala, llegábamos por fin al ‘bus park’ de la capital y pude poner el pie en Juba.

Un mes interesante en el este de África

Oigo cantos y la música de un tambor y entro en la finca a ver qué es. Un grupo de mujeres danzan alrededor de otra que es la que toca el tambor. Un grupo de chicos jóvenes, muy altos, se me acercan y me saludan sonrientes. En un inglés rudimentario, me cuentan que se trata de un baile tradicional que las mujeres hacen antes de una boda. Seguimos hablando y una de las chicas me hace gestos para que me una al baile, yo niego con la cabeza casi asustado y me quedo en mi sitio.

Poco después, salgo al camino de tierra, lleno de piedras y agujeros, y sigo andando. La luz es blanca y cegadora y hace mucho calor, alrededor de 40 grados, y el alto nivel de humedad hace que todos estemos empapados en sudor. Cabras, gallinas, perros y algún que otro ‘boda-boda’ (moto-taxis) pasan por mi lado.

Más tarde, en el centro, el ruido de los generadores y de las múltiples obras se mezcla con el alboroto en los puestos de mercado. Por las pocas calles asfaltadas, la gente esquiva los numerosos y enormes todoterrenos blancos que aparecen por todas partes.

La cuenta atrás

La cuenta atrás

En una de las principales rotondas de la ciudad, una especie de torre cuadrada tiene cuatro relojes con una cuenta atrás: días, horas y minutos. Debería decir que faltan 30 días pero, como casi siempre, el contador está estropeado y no muestra ningún número.

Pero lo cierto es que esto es Juba y sólo faltan 30 días para que los ciudadanos de sur Sudán decidan en referéndum si siguen unidos al norte o si se convierten en un nuevo Estado independiente.

Juba es una ciudad curiosa y de contrastes. Edificios tan modernos como feos se alzan en caminos polvorientos junto a casas derruidas y chabolas. Los típicos todoterrenos blancos de la ONU y las ONGs están por todas partes junto a los destartalados minibuses, las motos sucias de los ‘bodas’ y la gran cantidad de gente que simplemente anda y anda bajo el sol. Sudaneses de traje y corbata y gente blanca toman cerveza fría en los pocos hoteles con aire acondicionado mientras fuera el resto de la población toma té aguado y caliente entre el polvo y las piedras de la calle.

Todo el mundo da por hecho que sur Sudán votará por la independencia. No he encontrado a una sola persona que diga que va a votar por la unidad – y en las últimas tres semanas he preguntado a mucha gente. “Separación, por supuesto”, dicen mirándote como si la pregunta no tuviera sentido.

Juba es una ciudad en construcción

Juba es una ciudad en construcción

La votación forma parte del acuerdo de paz que puso fin a la guerra que enfrentó al norte y al sur entre 1983 y 2005. En cada artículo y en un par de párrafos, las agencias de noticias nos dicen que el enfrentamiento fue entre el norte, árabe y musulmán, y el sur, animista y cristiano y de población negra. Y también nos dicen que la guerra provocó entre 2 y 2,5 millones de muertos y hasta 5 millones de desplazados. Pero las cifras reales no se pueden saber y la realidad, como suele ocurrir, es más compleja.

Sur Sudán tiene un área algo mayor que la península Ibérica pero en ella habitan más de 500 tribus diferentes que hablan unos 115 idiomas distintos. Según la zona de la que procedan, los sur sudaneses pueden llegar a tener un aspecto muy diferente. Y son comunes los conflictos, incluso armados, entre tribus del sur.

Durante la guerra, en el sur había facciones que apoyaban al norte y peleaban por la unidad. También, en un primer momento diferentes tribus y comunidades pelearon por su cuenta contra el norte y entre ellas mismas por la independencia.

En el sur, muchos hombres te dirán que son cristianos pero también tienen varias esposas. Un hombre de setenta y pico años (ni él mismo sabía su edad) me dijo que tenía 4 mujeres y 40 niños. Un hombre tiene tantas mujeres como se pueda permitir, tradicionalmente según el número de cabezas de ganado que tenga en propiedad o, en zonas más urbanas y entre gente más joven, según el dinero que tenga o gane en el trabajo. En Juba, hay varias mezquitas y muchos musulmanes que, como el resto de la población, van a votar por la independencia.

El centro de Juba

El centro de Juba

La guerra fue el último de toda una serie de complejos conflictos que, en su versión moderna, comenzaron a finales del siglo XIX y en los que el colonialismo europeo y el expansionismo árabe jugaron un papel importante.

Y por supuesto está el petróleo. Casualmente, hay grandes reservas de petróleo situadas en el sur, muy cerca de la ‘frontera’ con el norte. Y como era de esperar, el actual gobierno sudanés no desea la separación. Con sede en Khartoum, su presidente es Omar al-Bashir, todo un personaje y sobre quien pende una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por genocidio y crímenes de guerra y contra la humanidad por el conflicto en Darfur. Que ésa es otra.

Sudán (mapa de The Economist)

Sudán (mapa de The Economist)

Hay gente -sobre todo expertos y periodistas que no están en Sudán- que piensa que el norte no permitirá la separación y que pronto habrá otra guerra entre Juba y Khartoum. De hecho, hay periodistas que lo están deseando.

Quizá me equivoque, pero yo creo que no va a pasar de unos cuantos incidentes aislados y que no va a haber otro conflicto armado a gran escala. Las dos partes tienen demasiado que perder y, sobre todo, a los políticos del sur, que ya pasaron 20 años ‘in the bush’ (en los bosques) peleando contra el norte, no les apetece en absoluto abandonar sus nuevas y confortables vidas en residencias ajardinadas y grandes coches con chófer. Prefieren hacer negocios a desempolvar sus AK-47. Pero quién sabe. En los últimos días, el SPLA (el ejército de sur Sudán) ha acusado al norte de bombardear en tres ocasiones poblaciones en el sur. Y ambas partes dicen que la otra está reforzando sus posiciones militares en la frontera, a pesar del acuerdo de paz que obliga a desmovilizar y desarmar parte de los ejércitos de ambos lados. Para añadir más gracia al asunto, los cables diplomáticos publicados por WikiLeaks parecen probar que un cargo de 33 tanques secuestrado por piratas somalíes en 2008 tenía como destino el SPLA.

Hay mucho en juego y la situación es tensa. Una provocación tras otra, una respuesta airada del norte o del sur o una guerra dialéctica podrían acabar siendo la chispa que sí acabe encendiendo un nuevo conflicto armado. El tema es complicado pero también muy interesante. Muchas de las respuestas, en poco más de un mes. Y la historia, durante todos estos días en este blog.

War is boring

David Axe is a military correspondent, as he is introduced in the website he shares with some other people. This website is called War is Boring.

This website is interesting. In it, Axe and others post their own stories, pictures, drawings and videos from conflict zones. This is part of their mission statement:

We are citizen journalists with a deep interest in world and national security. We are opposed to violence but recognize the necessity and utility of war. We advocate diplomacy and compromise over force as a solution to conflict.

We are wary of partisan politics, skeptical of the military-industrial-media complex, calm in the face of extremists’ rhetoric and adamant that open debate almost always trumps secrecy.

We lament the passing of old media but embrace the emergence of New Media. As journalists, we abide by three simple rules:

* Be accurate
* Be honest
* As often as possible, observe first-hand

We are expeditionary, investing our own resources and those donated to us, in order to travel to current and emerging conflict zones.

(…)

I would add ‘Be transparent’ to those “simple rules”. Be transparent to both your sources and readers (viewers, whatever). Or at least be as transparent as you can be given the circumstances of the situation. But anyway, cool enough.

In 2006, Axe published a “graphic novel war memoir” called War Fix, drawn by Steve Olexa. And now he is publishing another graphic novel, this one called too War is Boring and illustrated by Matt Bors. This second one is a more personal account of his life as a conflict reporter for four years. During that time, Axe reported from East Timor, Afghanistan, Iraq, Lebanon, Somalia, Chad and a few other places.

It looks at least interesting, as the comic offers different possibilities than more traditional media to tell war stories (not that this is the first ‘war comic’ ever, but anyway).

He published this new book this month and so he’s giving interviews and stuff. Yesterday, Noah Shachtman posted an article about it in Wired’s Danger Room (DR). Axe has written for Wired, he and Shachtman are friends and this article is mostly made up of an email exchange between them. This offers a revealing -if short- insight into this guy’s experiences and is worth to read. I’m highlighting this for you to go there and read it in full:

DR: You’ve covered just about every war on the planet. Why don’t you like being called a war correspondent?

DA: (…) So I’m not a war correspondent in the truest sense of the word. I’m something else. I like to use the term “conflict reporter,” since I spend 2/3 of my time sitting on my ass in Columbia, S.C., writing about war and technology from a distance, rather than “corresponding” from the battlefield.

(…)

DR: You wrote that you started covering war zones, in part, to make you “smarter, sexier, and happier.” How’d that turn out?

DA: Not at all. I brought back one serious skin condition from Iraq and another from Africa. Two bouts of dysentery in Iraq mean I now have trouble digesting many foods. I can be rather volatile and depressive these days. I don’t always make for pleasant company.

I said this is revealing because I find it’s not the usual image most people may have of a war or conflict reporter. What do you think about this?

Is WikiLeaks’ Afghan diary “a bad precedent for the Internet’s future”?

Reporters Without Borders (RSF, in French) today published an open letter to Julian Assange, one of the founders of WikiLeaks, its spokesperson and recent worldwide media and internet celebrity. In it, RSF openly criticises him and WikiLeaks about the publication of the ‘Afghan War Diary, 2004-2010. WikiLeaks presented this as a “compendium of over 91,000 reports covering the war in Afghanistan from 2004 to 2010″. And it has its own website: Kabul War Diary.

This ‘diary’ was published by WikiLeaks last 26 July. But prior to this, WikiLeaks worked with the Guardian, the New York Times and the Spiegel, all of which published online and one day before their particular more journalistic version of the big leak.

On the same 26 July, the White House condemned the leak and accused WikiLeaks “of putting the lives of US, UK and coalition troops in danger and threatening America’s national security of the US“.

And a few days later, some US officials went personally for Assange and admiral Mike Mullen graphically said WikiLeaks could already have blood on their hands:

Mr Assange can say whatever he likes about the greater good he thinks he and his source are doing, but the truth is they might already have on their hands the blood of some young soldier or that of an Afghan family.

And then Assange defended WikiLeaks’ action and said it was the US itself that might have failed to its sources:

We are appalled that the US military was so lackadaisical with its Afghan sources. Just appalled. We are a source protection organisation that specialises in protecting sources and have a perfect record from our activities.

This material was available to every soldier and contractor in Afghanistan… It’s the US military that deserves the blame for not giving due diligence to its informers.

The debate went and goes on and one can only imagine how excited some journalism students -and how bored some others- may be while discussing the whole thing and drinking at the Queen Boadicea.

And now here it comes RSF joining the criticism. It’s an interesting text in itself and the arguments are mostly pragmatic and involve the security of the sources.

RSF begins its letter by saying the WikiLeaks’ logs disclosed “the names of Afghans who have provided information to the international military coalition that has been in Afghanistan since 2001″. Later it goes on and says that “revealing the identity of hundreds of people who collaborated with the coalition in Afghanistan is highly dangerous. It would not be hard for the Taliban and other armed groups to use these documents to draw up a list of people for targeting in deadly revenge attacks“.

Now, I don’t know if it’s that easy to identify the informants mentioned in the logs, so I’ll leave that point aside.

Then RSF offers a pragmatic argument about the consequences for the internet in democratic countries:

We are not convinced that your wish to “end the war in Afghanistan” will be so easily granted and meanwhile, you have unintentionally provided supposedly democratic governments with good grounds for putting the Internet under closer surveillance.

This is an interesting point for anybody publishing stuff in the internet. Should you not publish something that is worth knowing because democratic governments could find it uncomfortable and could put the internet under close surveillance? Mmm, that’s a difficult one. Or is it? I would go ahead and publish it. Then it’s up to the government. One can argue how much any particular information is worth knowing and if this outweighs the risk of the government then increasing internet surveillance – but that’s missing the point. I think the point is: are you responsible for the government’s move after your publication? I do not think so, not even considered from a purely pragmatic point of view. Also, doing otherwise and not publishing it would mean there is a red line you don’t want to cross and that, effectively, the possibility of the government knowing did stop you from publishing something. Which is bad.

Then, in my opinion, RSF goes to a key point:

Nonetheless, indiscriminately publishing 92,000 classified reports reflects a real problem of methodology and, therefore, of credibility. Journalistic work involves the selection of information. The argument with which you defend yourself, namely that Wikileaks is not made up of journalists, is not convincing. Wikileaks is an information outlet and, as such, is subject to the same rules of publishing responsibility as any other media.

I think the arguments Assange uses to defend himself and WikiLeaks are much more complex than only that. After all, Julian is one of the most intelligent people I’ve ever met. (Ups, there it goes, I didn’t want to say I know him but couldn’t help it.) Anyway. The main point is what I made in bold. I agree with it: anybody or anything that publishes information should be held to the same rules of “publishing responsibility” as any other person or organisation that also publishes stuff. What takes me back to the former point. I don’t think anybody should not publish something fearing the government’s reaction might be to increase the surveillance of the internet (which anyway governments try already to do).

Then RSF says Assange and WikiLeaks “cannot claim to enjoy the protection of sources while at the same time, when it suits you, denying that you are a news media”. Again, I think RSF misses the point. WikiLeaks does protect the identity of their sources. If we are to believe them, they say they even avoid knowing who their sources are and so they couldn’t reveal them even if they wanted to.

And finally, RSF makes the judgement:

The precedent you have set leaves all those people throughout the world who risk their freedom and sometimes their lives for the sake of online information even more exposed to reprisals. Such imprudence endangers your own sources and, beyond that, the future of the Internet as an information medium.

What? The Afghan informants who may be in danger didn’t become informants “for the sake of online information”. They did because they thought they were doing the right thing or because the US army paid them or whatever the reason. They probably didn’t think their information would end up freely available in the internet. And they were the US army’s sources. Apart from that, how does this whole thing actually affect whoever risks her freedom or her life for the sake of online information? I don’t think risking your freedom or your life for the sake of online information has become riskier, or less risky, because of this whole issue. In the occasions when it’s dangerous, wherever every time it happens to be, I think it remains as much as it was before.

And about the second point in that paragraph. This hasn’t endangered WikiLeaks’ sources. If Bradley Manning is a source of WikiLeaks’, as funny as the story looks like, then it was he who got himself into trouble by confessing to Lamo. Nothing to see with WikiLeaks. If it wasn’t him, nothing has happened to any source of WikiLeaks’ as far as we know. And I can’t see how the Afghan logs could endanger those who already are WikiLeaks’s sources or those who may become so in the future.

So I don’t really see the point of this letter – apart from the argument that I left aside: whether the publication of the logs does endanger the Afghan informants’ lives or not. Again, I don’t know enough about that issue to really discuss it. But I don’t think this very issue is one for RSF to send an open letter to Assange. I think it’s not the stuff RSF usually deals with or criticises people or organisations for.

But I think the more journalistic and media-related arguments RSF makes, about protecting the sources and being careful about not annoying the government, are mostly bullshit. Why did they say all this?

Anyway, an idea comes to my mind about the whole informants thing. If, as Assange claimed, “this material was available to every soldier and contractor in Afghanistan”, and if it’s that easy to identify informants in the text, then maybe whoever wrote the logs should’ve been more careful when mentioning the sources? Then maybe there should be different rules in place when writing these logs to protect the informants’ identities? Or maybe not, I don’t know.

WikiLeaks and the ‘Afghan diary’ may or may not be bad for a number of reasons and Julian Assange may be becoming too much of a celebrity himself. But, as much as I respect RSF, I think this letter is mostly bullshit. Even though, now that I think about it and to be honest, I don’t know that much about RSF. But anyway, I don’t understand why they wrote this letter and what they are actually after with it. We’ll see what Assange replies if he does.

I’m meeting some friends for dinner and cocktails and I’m already late. And so I wrote this very quickly and I’m sure I made mistakes and I hope I said outrageous things. Or maybe it’s not RSF but me who is missing the points here. And I could even be wrong about something, even if such a thing doesn’t usually happen to me. So c’mon, say it, point those things out in the comments and let’s begin an interesting debate for the first time in the history of this blog.

(All the bolding in the quotes is mine.)

Interview with Valentino Achak Deng

Valentino Achak Deng

Valentino Achak Deng

“Wow, he is very tall” – that’s the first thing that comes to your mind when you meet Valentino Achak Deng. And the second is, “So this is the real Valentino…”

Later, siting at the restaurant, I tell him, “Imagine that I don’t know anything about you and we just met”. “Ok…”, he says. “Cool”, I say, “then we just met and I don’t know you: so, what do you do?” And he replies, “I have built a secondary school in South Sudan”. “Really?”, I say, “then I guess you are an engineer or a builder”. “I’m not an engineer, I’m not a builder – but I have a vision to establish secondary schools to send children to school”, he replies.

We keep pretending I don’t know anything about him and the conversation goes on but he just talks about the value of education and won’t say anything about his past or about ‘What is the What’, the book that Dave Eggers wrote based on his life – neither he says anything about the film that Tom Tykwer is now making about it.

At some point, after I insist, there is a glimpse, “In my case, I have a story”, he tells me,  “I grew up in Sudan at the time when Sudan was at war with itself and I’ve seen many thousands of children sent out of school, all the schools in Southern Sudan were closed”.

Because even if he won’t say it, the thing is Valentino Achak Deng is one of the ‘Lost Boys of Sudan’, about 20.000 children who fled their villages in South Sudan during the first years of the war that between 1983 and 2005 caused 2 million deaths and left 4 million of people displaced, according to the ‘official’ UN figures.

It is believed that about half of these ‘lost boys’ never made it.

“I left Sudan in 1987 as an unaccompanied minor, I left my family and I walked across 1,200 kilometres approximately to go to Western Ethiopia”, Valentino finally starts telling me. “At a certain point we had to drink stagnant water because there was no water to drink and we had to eat whatever food there was, like leaves of trees, eatable and non eatable, anything we would see somebody feeding on.

“I have seen horrors, dead bodies, corpses along the road, sometimes in the middle of the road. People were being preyed on by wild beasts, it was war, it was chaotic at that time.

“And we had Sudanese elders who were giving us advice, every time we would see an image, a dead body, dead bodies, they would say, ‘Look at them, don’t be afraid of these pictures, have courage, because you have to go and come back to normal. These are our people who have been killed, our government is killing us, our own government, we have no protection but we cannot give up’.

“So we would walk day and night, tired, exhausted, thirsty, hungry, sometimes crying, sometimes not, sometimes laughing”.

I knew all this, I’ve read the book, I know the story – but he looks me in the eye while he is telling me those words with such a quiet pace and, even though I can see him saying them to many other people before me, still it takes me there, along the line of starving walking boys, walking, walking day and night for four months from Southern Sudan to a refugee camp in Ethiopia.

The war between North and South Sudan began ‘officially’ in 1983, although different conflicts had been going on for many years between the north, mostly Arab and muslim, and the south, non-Arab and christian and animist and with rich oil resources and more fertile lands.

By 1986 and 1987, the murahaleen, an Arab militia of horsemen from the north, were raiding small villages in the south, burning houses, killing people and abducting girls – many times, young boys would survive these attacks because they were out of the village tending the cattle.

Valentino was one of these boys and as he fled for his life he joined many others like him who, commanded by young men, would walk and walk in search of some kind of safety out of Sudan.

“After four months of walking I arrived in Ethiopia and I went to school, under a tree, my teacher did not have a chalkboard. I myself did not have a pen or a pencil or an exercise book”, Valentino quickly goes back to education, his favourite issue. “The Sudanese community decided that our future was going to be in education and so thousands of unaccompanied minors in Western Ethiopia started school under trees”.

Since then, Valentino would live at refugee camps in Ethiopia and Kenya for about 14 years, until 2001, when the US started a program to host a few thousands of the ‘lost boys’.

Believe it or not, Valentino was scheduled to flight to the States on the 11th of September that year and after the attacks his flight was cancelled – but after a short period waiting because of 9/11, he arrived in Atlanta, where a whole different kind of problems began.

There, through the Lost Boys Foundation, Valentino met Dave Eggers, a writer with a particular personal story and with a particular take on literature – as he himself made clear in his first book, A Heartbreaking Work of Staggering Genius.

The two of them met many times for three years and recorded hundreds of tapes with Valentino’s words telling his story.

Dave then had to decide how to write the book, whether just transcribing Valentino’s speech or whether authoring himself – and they finally went for a ‘novel’ in which everything that is told did happen but some things not to Valentino and some things in a different time or place.

(to be continued…)

De periodistas, catástrofes y el África subsahariana

El terremoto que ha devastado gran parte de Haití es el último ejemplo de catástrofe en la que los medios de comunicación se vuelcan de forma compulsiva. Imágenes, historias, análisis, opiniones llenan las páginas de los periódicos y, de repente, todo el mundo tiene algo que decir sobre Haití y los medios se pelean por ver quién envía más reporteros a la zona. No hay que ser muy cínico para ver a algún que otro director frotarse las manos ante la cantidad de páginas o minutos que se están llenando con la palabra Haití. Se presta una atención desmesurada a la desgracia que, aunque tiene efectos positivos y obliga al mundo a reaccionar, pronto se convierte en rutina que poco a poco va perdiendo su significado. 20.000 muertos es una cifra terrible, difícil de visualizar para mucha gente. Pero cuando tras una diaria pelea de cifras los muertos suman 50.000 y luego 90.000 y finalmente -con absurda precisión- 111.499, el número se ha convertido ya en algo abstracto, vacío, en una apuesta en las discusiones entre amigos. Cuando desayunamos, comemos y cenamos con espectaculares imágenes de destrucción durante 10 días seguidos, ya no se nos atragantan los cereales ni la pizza ni la copa de vino y apenas si miramos la pantalla mientras le contamos al amigo o al padre o a la novia las desgracias personales de cada día. Que al fin y al cabo son las que preocupan a la gente.

Aun así, esta gran cantidad de reporteros en Haití, esta desmesurada atención mediática al terremoto, contrastan con el escaso interés que otro tipo de catástrofes generan en los medios de comunicación.

El International Rescue Committee (IRC) estimó en 2008 que unos 5,4 millones de personas habían muerto en la República Democrática del Congo como consecuencia de la guerra civil que se inició en 1998. A ese ritmo, y jugando con los números, unas 45.000 personas habrían muerto cada mes, lo que en tres meses daría más muertos que los de Haití. En teoría, la guerra terminó en 2003 pero el conflicto sigue vivo, sobre todo en la zona este del país, donde diferentes milicias luchan por el control de lucrativos recursos minerales. Pero más allá de la ocasional referencia, este conflicto no existe ni en televisión ni en los periódicos.

Precisamente esta semana, la organización Human Security Report Project ha publicado un informe argumentando que las cifras de muertos en los conflictos contemporáneos podría estar sobrevaloradas, y en particular dicen que los 5,4 millones de muertos en la RD del Congo habrían sido más bien 1,5 millones. Tras este anuncio, un interesante debate sobre cómo medir la cantidad de víctimas en un conflicto se ha iniciado en internet, aunque el método usado por el IRC y la famosa cifra de los 5,4 millones sigue siendo aceptada por la mayoría de expertos.

Pero precisamente este debate ya apunta a varias de las razones por las que apenas se oye hablar de la República Democrática del Congo en los medios de comunicación. El conflicto se inició hace 12 años y por tanto es aburrido y no llama la atención. Además, no sólo la cantidad de víctimas es difícil de cuantificar sino que se trata de números tan enormes y tan repetidos que prácticamente pierden su sentido (¿te imaginas que muriera todo la gente que vive en Madrid y Barcelona? Pues según el Instituto Nacional de Estadística, se trataría “tan sólo” de unos 4,8 millones de personas). El conflicto en la RD del Congo es muy complejo. Incluye una indeterminada cantidad de actores y es muy complicado señalar quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Su desarrollo es lento y no se vislumbra ningún desenlace. No es una historia “sexy” sino difícil de explicar y de entender. Y en internet muchos denuncian que algunos gobiernos occidentales y grandes multinacionales no quieren que se hable del tema porque se están beneficiando de la expoliación de los recursos minerales.

Ahora mismo Haití es todo lo contrario. La desgracia acaba de suceder y el culpable es un terremoto, una catástrofe natural y que por tanto podría afectarnos a todos. Evidentemente, eso no es cierto y, de todos modos, un terremoto no afecta por igual a ricos y a pobres (afortunadamente, también hay artículos que intentan explicar porqué Haití ya era un desastre antes del terremoto). Es una historia simple y que encaja perfectamente en el discurso mediático. Hay héroes (los equipos de rescate) y víctimas y no hay un villano malvado responsable del desastre, lo que ayuda al espectador a identificarse con las víctimas. Con el desarrollo actual de internet y la gran cantidad de canales de televisión y radio disponibles, hoy es posible y relativamente fácil asistir en directo a la catástrofe, vivirla desde la cocina o el salón como si fuera una película – con el añadido de que todo es real (es el sueño de los programas de ‘tele-realidad’: ¿estoy siendo demasiado cínico si me temo que en un futuro exista algo así como “El terremoto de los famosos”?).

El conflicto en la RD del Congo es el ejemplo más conocido y, a su modo, el más “sexy” de catástrofe no mediática, pero no es el único. En Kenia, al menos 30 personas han muerto y 40.000 han resultado desplazadas por recientes inundaciones. También aquí, aún quedan decenas de miles de personas viviendo en algo parecido a cochambrosas tiendas de campaña tras ser desplazadas por la violencia post electoral de hace dos años (esto genera tan poca atención que no he encontrado ningún enlace reciente sobre la cuestión – pero yo mismo puedo atestiguarlo porque estuve en dos de estos campos en diciembre). En Etiopía, y según la Famine Early Warning Systems Network, hasta 6,2 millones de personas necesitan de ayuda humanitaria para poder comer. Por no hablar de Sudán, donde el año pasado la ONU calculaba en 300.000 los muertos y en 2,2 millones los desplazados dede que la guerra en Darfur se reactivó en 2003. O de Somalia, donde sólo en las dos primeras semanas de 2010 al menos 138 personas murieron y 63.000 resultaron desplazadas por el enfrentamiento entre el gobierno ‘oficial’ y las facciones islamistas enfrentadas a él. Según la ONU, en Somalia ahora hay alrededor de 1,5 millones de personas desplazadas y 3,6 millones necesitan ayuda humanitaria para poder comer. Somalia tiene una población total de 9,1 millones de personas (la proporción es como si casi 15 millones de personas en España no tuvieran qué comer). Pero, hey, Somalia sí que aparece en las noticias a menudo, ¿verdad? Lástima que para ello sea necesario que aparezca la palabra “piratas“.

Pero si hoy le pegas una patada a una piedra, te saldrán varios periodistas deseando volar a Haití. Muchos de ellos, quizá, porque se ven también en ese jugoso papel de héroe. Este deseo y el afán de muchos medios de comunicación de tener a alguien en la escena, o a cuanta más gente mejor, da lugar a situaciones como ésta:

¿Puede un periodista ponerse a llorar cagado de miedo nada más poner un pie en Puerto Príncipe al verse rodeado de negros? Sí.

Y es que, claro, como cuenta Jacobo García, hay periodistas y periodistas, como ocurre en cualquier otro oficio. En realidad, es comprensible el interés de tanto periodista y de todo medio de comunicación de estar en Haití, de ser testigo en primera persona, de vivir y ser -precisamente- parte de la historia. Es comprensible porque es humano.

Como también es comprensible que, en unas semanas, ningún periodista querrá estar en Haití, nadie hablará ya del terremoto y la verdadera magnitud de la catástrofe sólo la entenderán la gente de Haití y los pocos equipos de reconstrucción que se tengan que quedar allí. Y mientras tanto, el mundo estará atento a cualquier otro desastre o a la última declaración de Obama o al supuesto iSlate que Apple quizá haga público en unos días. En fin, pues sí, es comprensible porque las personas estamos hechas para prestar atención a lo espectacular y para aburrirnos pronto de cualquier cosa.

Pero ahora mismo, Haití es la noticia de moda. Así, por ejemplo, El País tiene a cuatro reporteros en Haití. Y sin embargo no tiene a ningún corresponsal en toda el África subsahariana y, lógicamente, ni siquiera tiene una sub sección sobre África en su sección de Internacional. Y esto a pesar de haber rebautizado su marca como “El periódico global en español”. Esto no es un ataque contra El País, que, con todos sus defectos, a mí me parece un buen periódico, pero su caso sí me ha parecido el más llamativo. De hecho, yo sólo sé de nueve periodistas pertenecientes a medios españoles en toda el África subsahariana. Habrá alguno más, supongo, espero, y también habrá periodistas que trabajen por su cuenta desde aquí y colaboren de vez en cuando con medios españoles, pero me sorprendería que la cantidad llegara a 20. Y esto para cubrir un continente más grande que Europa, con mucha más población (más de 800 millones de personas frente a cerca de 500), seguramente más diverso lingüística y culturalmente y que contiene a la gran mayoría de los países más pobres del mundo (curiosamente, Haití es el único país de América que también aparece en esta lista). Además, esta pobreza es una consecuencia más o menos directa del pasado colonial africano, cuando las potencias europeas explotaron el continente principalmente en su propio provecho.

Aquí hay muchísimas historias para contar pero África no interesa, no es “sexy”, se ha convertido en algo aburrido, en una tragedia demasiado larga, repetitiva y cansina, en la que ya las buenas noticias tampoco salen a la luz. Además, las historias en África son complicadas y ni a los medios les apetece trabajar en ellas ni al público le apetece leer sobre el tema. Eso sí, qué fotogénicos son los niños negritos con sus ojos y sus sonrisas enormes a pesar de todo. Estas fotos sí que les encantan a la gente de los países ricos.

“Y qué, ¿qué quieres decir con este texto, que además es demasiado largo?”

Pues poca cosa, en realidad, no hay ningún mensaje ni ninguna moraleja ni nada que leer entre líneas: simplemente me apetecía quejarme. Es normal, es comprensible, es humano que a la gente le dén igual las tragedias africanas y, en el fondo, tampoco le importe mucho la catástrofe en Haití. A todos lo único que en verdad nos preocupa son nuestros propios problemas y de ellos hablamos cuando nos quejamos. Pues eso.