The Economist tiene un artículo muy interesante sobre la evolución de las relaciones entre África y China. El texto empieza con un par de citas de Zhu Liangxiu, un zapatero que ha viajado por segunda vez a África. Zhu le dice al periodista que en ningún sitio del mundo se sintió tan bien recibido como en África: “He estado en muchos continentes y en ningún sitio el recibimiento fue tan cálido (como en África)”. Dejando de lado el que sólo hay cuatro continentes además de la Asia natal de Zhu (o cinco si, como los estadounidenses, cuentas América del Norte y América del Sur como dos continentes), la cita es ilustrativa. China, los chinos, solían ser bien recibidos en África. Venían con dinero, con trabajadores que daban ejemplo currando como negros (ja, gran chiste), hacían el trabajo (construir la carretera, la escuela o el hospital) y se iban. Nada de poner condiciones a los gobiernos o a las empresas locales sobre el respeto a los derechos humanos o a ciertas normas laborales, como molestamente suelen hacer los occidentales. Así que los africanos, en general, estaban encantados.
Por supuesto, la cosa no era ni es tan simple. Ni en el caso de los occidentales, que muchas veces se comportan como aves rapaces a las que no les importa apoyar regímenes corruptos con tal de conseguir un buen acuerdo o contrato; ni en el caso de los chinos, que también muchas veces aprovechaban para imponer condiciones muy desfavorables para los africanos en sus contratos de trabajo. Y por supuesto, tanto chinos como europeos como americanos babeaban y babean ante la posibilidad de conseguir petróleo y recursos minerales baratos en África -para eso sí que somos todos humanos e iguales-, sin importar las consecuencias sociales, políticas, económicas o medioambientales para el país africano en cuestión.
Pero en gran parte de África sí que había una imagen general de que los occidentales seguían manteniendo una actitud colonialista y paternalista que sólo buscaba el propio beneficio. Y de que los chinos venían a hacer negocios sin más, de que trataban a los africanos como socios, con las cartas sobre la mesa y sin tonterías colonialistas de por medio.
Y parece que esa imagen de China como mero socio comercial está cambiando – para peor.
Pero la actitud de los africanos ha cambiado. Sus socios dicen que (Zhu Liangxiu) los está timando. Productos chinos son considerados trabajos chapuceros. La política se ha colado en las reuniones. La palabra ‘colonial’ ha empezado a circular. Los niños se burlan y sus padres hacen comentarios sobre perros callejeros que desaparecen en los pucheros.
Estén más o menos fundadas, ¿te suenan estas imágenes? Como yo no puedo decirlo más claro y con mejor estilo que The Economist, traduzco más párrafos significativos (y si The Economist se llegara a enfadar, pues yo lo estiraría un poco y me amparía en el derecho de cita y a esperar que colara):
En parte, tienen la culpa las pobres prácticas empresariales importadas junto con bienes y servicios. Los trabajos de construcción chinos pueden ser chapuceros y en ocasiones se han derrumbado edificios erigidos por firmas de la China continental [que no incluye Hong Kong].
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Los chinos en África vienen de una cultura empresarias sin respeto por las reglas y en la que todo vale, donde importan poco normas y regulaciones. El sentimiento local se ignora rutinariamente en China y en el extranjero.
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A veces, a los empleados (africanos) les va poco mejor que al medio ambiente. En las minas administradas por empresas chinas en el cinturón de cobre en Zambia, los mineros deben trabajar durante dos años para poder recibir cascos de seguridad. La ventilación bajo tierra es pobre y accidentes mortales ocurren casi a diario. Para evitar las críticas, los mánagers chinos sobornan a los jefes de los sindicatos y los llevan en ‘viajes de estudios’ a ‘salones de masaje’ en China. Representantes sindicales obstruccionistas son despedidos y empleados que se reúnen en grupos son dispersados violentamente. Cuando los casos acaban en el juzgado, los testigos son intimidados.
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También hay enfado y decepción en el lado chino. En la ciudad sudafricana de Newcastle, fábricas textiles chinas pagan sueldos de unos 200 dólares al mes, mucho más de lo que pagarían en China pero menos del salario mínimo en Sudáfrica. Los sindicatos han intentado cerrar las fábricas. Los dueños chinos ignoran a los sindicatos o hacen como que no hablan inglés. Señalan que muchas empresas sudafricanas también pagan menos del salario mínimo, que es demasiado alto para que la producción valga la pena. Sin los chinos, el desempleo en Newcastle sería aun mayor que el actual 60 por cien.
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“Fíjate en nostoros”, dice Wang Jinfu, un joven dueño de una fábrica. “No somos tratantes de esclavos”. Él y su mujer llegaron hace cuatro años desde la provincia de Fujian en el sur de China con sólo 3.000 dólares. Duermen en sucios colchones en el suelo de la fábrica. Mientras sus 160 empleados trabajan 40 horas a la semana, el matrimonio empaqueta cajas, comprueba el inventario y envía pedidos desde el amanecer hasta la medianoche cada día del año. “¿Por qué nos odian por eso?”, se pregunta Wang. [...] Una respuesta a su pregunta es que la competición, sobre todo si viene de extranjeros, no es nada popular. Cientos de fábricas textiles en Nigeria han quebrado en los últimos años porque no podían competir con prendas chinas baratas. Se perdieron miles de empleos.
Gran parte de las críticas a China son proteccionismo disfrazado. Negocios establecidos intentan mantener sus posiciones de privilegio – a costa de los consumidores. La reciente llegada de comerciantes chinos a los mugrientos callejones del mercado de Soweto en Lusaka redujeron a la mitad el precio del pollo. El precio de la col cayó un 65 por cien. Los comerciantes locales enseguida llevaron sus jaulas llenas de animales a la comisión local de competición para quejarse.
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La economía de la China continental está plagada de corrupción, incluso para los estándares africanos. Clasificaciones internacionales de sobornos pagados ponen a los mánagers chinos cerca de los primeros puestos. Cuando estos mánagers se van al extranjero, continúan sobornando y socavando el buen gobierno en los países adonde llegan.
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Los africanos dicen que se sienten acosados. Decenas de miles de emprendedores de una de las economías modernas más exitosas se han diseminado por el continente. Sanou Mbaye, un antiguo alto cargo en el Banco de Desarrollo Africano, dice que han llegado más chinos a África en los últimos 10 años que europeos en los últimos 400 años.
En mi opinión, no es que los chinos sean inherentemente mejores o peores que los occidentales a la hora de venir a África a hacer negocios. Por supuesto, toda empresa busca maximizar sus beneficios. Y las empresas extranjeras que vienen a África no son una excepción. Simplificando mucho, las occidentales provienen de una cultura empresarial donde es más complicado saltarse las leyes y donde es más fácil que las comunidades afectadas y los clientes protesten si no están de acuerdo con las prácticas de la empresa. Como dice The Economist, las chinas vienen de una cultura empresarial diferente, donde la corrupción es más común y las comunidades afectadas tienen mucha menos voz. Además, en el caso de las empresas occidentales, y en parte debido al pasado colonial, sus sociedades de origen las ‘obligan’ a contribuir al desarrollo del país africano en cuestión y a no colaborar con regímenes políticos no democráticos.
Todas llegan a África, donde la corrupción suele ser generalizada y los recursos humanos y materiales abundantes y baratos.
Las empresas occidentales se pueden ver tentadas a pasarse por el forro la ley y los derechos de la población local con tal de conseguir más beneficios, pero al mismo tiempo tienen una cierta presión e incentivos para ser percibidas -’en casa’ y fuera- como cumpliendo con unos mínimos de respeto a unas condiciones laborales justas. Puede haber dos resultados: que las empresas occidentales sobreexploten a los africanos y sus recursos de un modo más sofisticado para mantener esa percepción positiva, o que de hecho acaben imponiendo unas prácticas laborales más o menos justas.
A las empresas chinas les preocupa menos cómo son percibidas y no tienen la ‘carga’ del tener que contribuir al desarrollo del país africano y de no poder llegar a acuerdos con regímenes no democráticos. Por lo que vienen a hacer negocios ‘sin más’ y directamente buscarán su máximo beneficio sin apenas consideraciones por los africanos y sus recursos materiales.
Los africanos no están muy felices con los productos chinos -porque son malos o porque son más baratos que los producidos por los africanos- ni con la poca transferencia de capital humano y tecnológico, así que empiezan a exigir unos mejores estándares a los chinos.
Y en ocasiones, las empresas chinas se sorprenden de que los africanos se quejen por condiciones que los chinos encuentran adecuadas.
Repito que lo anterior se trata de una burda simplificación, pero creo que sí ilustra significativamente las diferencias que puede haber entre empresas occidentales y chinas en África.
Conclusión: qué complicada es la economía del desarrollo y las relaciones -de cualquier tipo- entre países o instituciones con enormes diferencias económicas.
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Uno que sabe del tema es Javi, corresponsal de Efe en Kenia y que antes lo fue en China. Él ya ha escrito un par de veces sobre los chinos en África.





















