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Bienvenido al centro del mundo – con un mes de retraso

Vale, estoy borracho. Pero no es (sólo) por las no sé cuántas cervezas y por los dos tres vodkas polacos con zumo de manzana.

El desierto, desde el avión, parecía otro planeta. Inabarcable. Como una tierra futura o como una tierra pasada que ya no existe.

El Cairo, desde el avión, tenía el aspecto de una ciudad apocalíptica o post apocalíptica. Una visión desde el futuro. Deteriorada, ruinosa, irregular, abandonda, cansada. El Cairo es el centro del mundo – con un mes de retraso.

Desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, con un taxista loco conduciendo a toda hostia, El Cairo es grande, marrón, sucia y tiene ese aspecto – desesperado, salvaje, como si fuera un animal luchando por salir de la tierra y alcanzar el cielo. Es, parece, una ciudad vieja, fatigada, como si nadie la cuidara.

Me gusta.

Más tarde, en Tahrir Square…

Cada viernes, su día sagrado, la gente, el pueblo, las personas se juntan en Tahrir Square, la Plaza de la Liberación, el lugar desde donde echaron a su dictador.

Salgo del piso. Entro en la parada de metro. Llega el tren, todos los vagones están a rebosar. Ah, no, uno no. Entro. Silencio tenso. Todo el mundo me mira. Yo miro a mi alrededor. Mmm, todos los pasajeros son, de hecho, pasajeras. El vagón está lleno de chicas, mujeres – y yo. Todas me miran. Una señala al vagón contiguo. Yo asiento con la cabeza y mantengo la mirada en el suelo. Primera metedura de pata. Aunque apenas dura dos minutos, siento el trayecto entre El Dokki y Opera como una tortura inacable.

En Opera, me cambio de vagón. Ahora somos todos chicos y hombres y estamos hacinados entre el sudor y la expectación por llegar a Tahrir.

Todos salimos en la siguiente parada, Sadat. Tahrir Square. El centro del mundo.

La parada de metro es enorme, complicada. ¿Hacia dónde ir? Fácil. Sigue a las hordas de personas cargadas de banderas egipcias, pintadas con banderas egipcias en sus mejillas, en sus frentes, en sus muñecas, con cintas con la bandera egipcia en la cabeza.

Llego, llegamos, a la salida del metro. Las escaleras. Fuera, arriba, unos jóvenes piden algún tipo de identificación. Enseño mi pasaporte, me sonríen, Bienvenido a Egipto, me dicen en inglés. Salgo a Tahrir Square.

Miro a mi alrededor. Hace un mes, en Kampala, vi este lugar en televisión y por internet cada día. Los egipcios luchaban contra su gobierno, contra su presidente o dictador, contra su régimen, contra Mubarak. Y ganaron. Hoy, con un mes de retraso, estoy aquí.

Suena cursi al escribirlo en este plan – pero estar aquí pone los pelos de punta. Es caminar por los libros de historia, es caminar por la Wikipedia.

Es el momento del rezo. Cientos de miles de personas llenando Tahrir Square y las calles adyacentes se mueven a una. A la voz que surge de los altavoces en un árabe que no entiendo. El suelo cubierto de páginas de periódico, de pañuelos, de banderas. Todos se vuelven hacia La Meca y rezan a su dios. El silencio y el sonido de la oración lo llenan todo. Y no dejan espacio para nada.

Tahir Square

Tahir Square

Después, la manifestación. Cientos de miles de personas, quizá medio millón o quizá más, se manifestan en Tahrir Square, la Plaza de la Liberación, en el centro de El Cairo, en Egipto.

Avanzo hacia el podio desde donde los líderes, sean quiénes sean, gritan sus consignas, sean éstas las que sean. No entiendo ni una palabra. Mi árabe se limita a ‘hola’, ‘adiós’, ‘gracias’, ‘de acuerdo’. Pero, en realidad, claro, no hace falta entender las palabras.

No tengo nada que ver con ellos. Soy de otro país, de otra cultura, de otro mundo. Y sin embargo la comunicación es fácil. Una mirada cómplice, una sonrisa, un ‘welcome to Egypt’ que se repite una y otra vez, un saludo con la mano, una mirada de comprensión.

Esta gente ha echado a un dictador que llevaba más de 30 años atormentándoles. Mientras en occidente nuestros diplomáticos hacían su trabajo: mentían; y nuestros gobiernos hacían su trabajo: no hacían nada y decían estupideces y expresiones vacías a los periodistas.

Y nosotros, los periodistas, hace dos meses llamábamos a Mubarak ‘el presidente egipcio’. Pero, ay, hace un mes ya era ‘el dictador egipcio’ y encarnaba toda la maldad típica de un Hitler. Qué ciegos que fuimos, que no la vimos en 30 años. Pero con qué felicidad saltamos al bando de los buenos una vez los buenos tuvieron los huevos que nosotros, los periodistas, no tuvimos para decir, para mostrar, la verdad en 30 años.

Hago amigos entre la multitud. Me explican quién habla, me traducen qué dicen. Es el nuevo primer ministro. ‘Voy a trabajar para vosotros’, ‘Los culpables de la violencia no van a quedar impunes’. Ojalá esté diciendo la verdad, digo a mis nuevos amigos.

Tahir Square

Tahrir Square

Ahí dentro, rodeado de cientos de miles de personas que se sienten, que saben, que pertenecen a ese lugar y que ese lugar, por fin, les pertence – uno se siente invencible. Uno se siente, es, parte de algo tan grande que se cree, se sabe, capaz de todo. Uno, ahí dentro, lo puede todo, nada se le puede resistir porque uno no es uno sino medio millón que piensan, que actúan con una sola cabeza, con una sola meta. Uno es, sólo y tanto, parte de un monstruo infinitamente mayor que él mismo, de una bestia, de un leviatán al que nada se puede resistir. Al que nadie, nada, puede detener. Nada, excepto la bestia misma. Ella, no sólo es invencible sino inmortal. Pero tú, ay, tú eres sólo una célula prescindible. Los cientos de personas que te rodean, sólo un órgano sin el que se puede pasar. Un pisotón, un malentendido, un empujón, pueden provocar una pelea, una estampida, una reacción en cadena que te puede aplastar, matar, como si fueras una mosca.

Da miedo.

Pero es excitante.

Eres omnipotente.

Y tan frágil.

No has hecho nada.

Pero has eliminado a un dictador.

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Mañana, más. O no.