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Nada detiene a los ‘minerales de conflicto’ de la RD Congo

Hoy sacamos en El País un reportaje sobre los llamados minerales de conflicto de la República Democrática del Congo (RDC). Lo trabajé durante mi estancia en Goma, en la zona este de la RDC, entre noviembre y diciembre del año pasado. Y luego lo completé con más trabajo documental y más entrevistas desde Nairobi.

Por motivos de espacio, parte del texto original se ha quedado sin aparecer. Así que copio aquí el reportaje original entero por si a alguien le pudiera interesar. Incluyo también más enlaces para quien quiera leer más sobre el tema.

 

La zona este de la República Democrática del Congo (RDC) es de una belleza natural exuberante. Sin embargo, sus montañas, bosques y volcanes esconden otro atractivo menos agradable para la vista pero más útil para el bolsillo: una riqueza mineral extraordinaria.

En las numerosas minas esparcidas por la región de los Kivus, hombres, mujeres y niños excavan con sus manos o con herramientas muy básicas, durante larguísimas jornadas, en ocasiones 300 metros bajo tierra con apenas seguridad. Por esto suelen cobrar algo menos de un dólar al día.

Buscan minerales con nombres exóticos pero de una realidad muy cercana: el famoso coltán, la casiterita y la wolframita. De ésta se obtiene tungsteno, usado en los filamentos de las bombillas, en los componentes que hacer vibrar los teléfonos móviles y en ciertos tipos de misiles. El tantalio del coltán y el estaño que se extrae de la casiterita –actualmente más rentable que el coltán- son necesarios para la producción de casi cualquier aparato electrónico moderno, desde armamento a ordenadores y tabletas pasando por máquinas para hospitales.

Para los habitantes de la región, esta riqueza mineral ha demostrado ser una maldición para la que parece no haber cura. Varios grupos armados congoleños, ruandeses y ugandeses siguen presentes en los Kivus tras la guerra que asoló la RDC entre 1998 y 2003 y que provocó la muerte de unos 4,5 millones de personas.

Estos grupos obligan a las poblaciones locales a trabajos forzados en minas bajo su control, extorsionan a los mineros mediante impuestos ilegales o directamente se quedan con parte de los minerales que éstos encuentran. El propio ejército congoleño, corrupto y mal pagado, participa de estas actividades. Los que proceden de estas minas son los llamados minerales de conflicto o de sangre.

Los minerales de los Kivus salen de la RDC a través de los comptoirs (mostradores, en francés) de Goma y Bukavu. Los comptoirs son empresas registradas legalmente que compran los minerales a las minas o a intermediarios y los exportan a empresas internacionales, que los funden y refinan y los dejan listos para su uso industrial.

“No sé de ninguna mina en los Kivus en la que grupos armados no tengan alguna influencia”, asegura Dominique Bikaba, director de Strong Roots, una ONG congoleña que trabaja con comunidades rurales. “Quizá no estén totalmente involucrados pero siempre hay soldados alrededor y, en cuanto pueden, aprovechan para extorsionar o quedarse con minerales”, añade.

La ONG británica Save the Congo calcula en 85 millones de dólares anuales los beneficios de los grupos armados por el comercio de estaño (de la casiterita) y en 8 millones por el comercio de tántalo (del coltán).

Probablemente, el mayor beneficiado es el general Bosco Ntaganda, líder de una antigua milicia rebelde hoy integrada en el ejército congoleño. Ntaganda, sobre quien pende una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, controla el tráfico ilegal de minerales hacia Ruanda, lo que le reporta unos 15.000 dólares semanales, según detalla un informe (pdf, 14 megas) publicado en enero por el Grupo de Expertos en la RDC de Naciones Unidas.

Otro de los grandes beneficiados es Ntabo Ntaberi Sheka, comandante del grupo rebelde Mai Mai Sheka. Naciones Unidas lo nombró responsable de haber organizado las violaciones en julio y agosto de 2010 de al menos 387 personas, incluyendo niñas y niños, en la zona de Walikale en Kivu Norte, una de las más ricas en minas. Sheka, que financia su milicia gracias a los minerales de Walikale, se presentó a las elecciones parlamentarias del 28 de noviembre, aunque finalmente no ha resultado elegido. En caso contrario, habría conseguido inmunidad como diputado.

“Cuando Sheka aparece, nos pide comida o 10 dólares a cada uno de los que estamos allí. Y cuando te piden dinero con un fusil, ¿cómo te vas a negar?”, dice con una sonrisa amarga Christophe Bahati, un négociant o intermediario que comercia con casiterita procedente de Walikale. El informe de la ONU corrobora éste y otros métodos de extorsión por parte de Sheka, aunque señala que las cantidades de dinero exigidas son mayores.

Tanto las autoridades congoleñas como actores internacionales han intentado mejorar esta situación pero con escasos y discutibles resultados, según confirma el informe de Naciones Unidas.

Entre septiembre de 2010 y marzo de 2011, el Gobierno prohibió la minería en los Kivus con el objetivo de desmilitarizar las minas. Sin embargo, los únicos resultados visibles fueron que muchos mineros perdieron su única fuente de ingresos y que parte del comercio de minerales pasó al mercado negro.

Por otro lado, la EICC, una coalición internacional de empresas de la industria electrónica, anunció entonces que en abril de 2011 dejaría de comprar materiales que no pudiesen demostrar que no incluían minerales de conflicto congoleños. La EICC está formada por las principales empresas de esta industria, como Apple, HP, Philips o Sony.

Pero esto dejó un pequeño resquicio: cuando el Gobierno congoleño levantó su prohibición en marzo, “los comptoirs se apresuraron a exportar minerales procedentes del este de la RDC antes de la fecha tope del 1 de abril”, según el informe de la ONU.

La “Ley Obama” y los minerales de conflicto

La EICC tomó su decisión debido a la Dodd-Frank Act, una normativa estadounidense que exige a empresas registradas en este país desvelar si han hecho todo lo posible para asegurarse de que no utilizan minerales de conflicto congoleños. Curiosamente, esta norma fue creada en un principio para regular las instituciones financieras de Estados Unidos.

Desde abril hasta ahora, la producción y exportación oficial de minerales de los Kivus ha descendido notablemente. Aunque, de nuevo y según el informe de la ONU, la parte de la producción y comercio que acaban en el mercado negro ha vuelto a aumentar.

El informe documenta cómo sólo entre mayo y agosto llegaron a Goma 947 toneladas de casiterita. “Sin embargo, las exportaciones oficiales desde Goma en el mismo periodo ascendieron a 361 toneladas, y salieron en su mayor parte hacia China, lo que dejaba 586 toneladas de mineral de estaño sin justificar”, dice el informe. Las autoridades mineras congoleñas consideran que la mayor parte de estos minerales abandonó la RDC ilegalmente a través de Ruanda.

“Los que más se están beneficiando de la ‘Ley Obama’ (la Dodd-Frank Act) son los chinos”, dice Bahati a las puertas del comptoir Huaying, cerca del centro de Goma. Diversas empresas chinas no preguntan sobre su procedencia y son las mayores compradores de minerales de los Kivus desde abril. De hecho, el comptoir Huaying es de propiedad china y es uno de los pocos que oficialmente siguen funcionando en Goma.

Expertos congoleños están divididos sobre las consecuencias de la Dodd-Frank Act. “Compañías como Apple o HP no pueden asegurarse que sus materiales no tengan estos minerales y directamente dejan de comprar, pero dos tercios de los ingresos del Gobierno por exportaciones vienen de los minerales. Si este comercio muere, ¿de dónde sacará el Gobierno el dinero?”, se pregunta indignado Aloys Tegera, director del Pole Institute, una organización académica congoleña.

Tegera admite las malas condiciones en las minas y el que los grupos armados se benefician con estos minerales, pero señala que entre 10 y 16 millones de congoleños viven directa o indirectamente de la minería y que la falta de trabajo los hundirá aun más en la pobreza o los arrastrará al comercio ilegal.

Otros, como Isaac Mumbere, del Centro de Investigación sobre el Medio Ambiente, la Democracia y los Derechos Humanos (CREDDHO), y Fidel Bafilemba, del Enough Project, consideran que la Dodd-Frank Act es positiva.

“Yo soy congoleño y sé que esta ley no es de mi país pero me gusta porque es buena, porque puede poner fin al negocio de los minerales de conflicto en la RDC”, comenta Bafilemba.

Mientras tanto, estos minerales siguen vendiéndose de una forma u otra y los perjudicados por este comercio son los de siempre: la población civil de una de las zonas más ricas en recusos naturales del planeta.

“África no es lo que era”

Debo reconocer que el día de Navidad me permití remolonear en la cama y levantarme más tarde. Algo que llevaba deseando un tiempo. Al fin y al cabo, como buen mediterráneo, mi naturaleza tiende a ser horizontal.

Ante mí se planteaba un día tranquilo, perfecto para disfrutar de una tarde soleada en Nairobi y, probablemente, ir a tomar algo esa noche. Pero un e-mail lo cambió todo.

El grupo terrorista Boko Haram había atentado contra una serie de iglesias y un edificio público en Nigeria. Desde Madrid me pedían una pieza y, ya que estábamos, un obituario sobre Jalil Ibrahim, un opositor sudanés que fue asesinado en Nochebuena.

La información sobre Nigeria no era muy clara y tuve que tirar desesperadamente del teléfono. Recurrí a todos mis contactos oficiales que tengo en el país (que no son demasiados. De hecho, sólo son dos). Pero, bien porque era Navidad o tal vez por la confusión, ninguno me respondió…

Para Natxo Marcet, África no es lo que era.

Natxo lleva aún no hace mucho en Nairobi, donde colabora con el diario El Mundo y ha empezado a escribir un blog. Se le nota la frescura y la capacidad de sorpresa del que acaba de llegar. Y eso es bueno. Sus textos son divertidos e informativos y habrá que echarle un ojo.

Escribir con el propósito de informarse después

“Igual un policía no ve la misma realidad que un periodista, con perdón -dijo, y sonrió-. Ya sé que ustedes escriben con el firme propósito de informarse después. -Lo miró sonriendo pero Renzi, que estaba comiendo, no pudo contestarle, aunque estaba de acuerdo-.”

Le dice el comisario Croce al periodista Emilio Renzi en Blanco nocturno, de Ricardo Piglia, mientras cenan y el comisario comenta cómo hay diferentes formas de ver las mismas cosas.

“¿Cómo es aquello? ¿Cómo es realmente África?”

Cuando llegas a España tras pasar por primera vez una temporada en el África subsahariana, los amigos siempre se quedan mirándote como evaluándote y luego te preguntan: “Bueno… ¿y cómo es aquello? ¿Cómo es realmente África?”

Es una cuestión demasiado amplia, claro. África es un continente enorme en todos los sentidos -como precisamente decimos en la introducción a este blog-, más grande que Europa y con una mayor diversidad cultural y lingüística, por compararlos de alguna forma. Es como si -por ejemplo- quisiéramos que alguien que vuelve de Corea del Sur nos hablara de toda Asia. O mejor, como si un keniano le preguntara sobre Europa a otro que sólo ha estado en Finlandia y esperara que éste le hablara también de España, Grecia y Reino Unido y de toda Europa.

Pero uno de los lugares que yo sí puedo describir es Nairobi, la capital de Kenia y, con unos tres millones de habitantes, la mayor ciudad y centro económico y comercial de toda el África oriental.

Algo que suele sorprender a los que vienen por primera vez es el centro de Nairobi. Está coronado por varios rascacielos, algunos con nombres de bancos, y a su alrededor crecen cada vez más edificios modernos llenos de oficinas acristaladas. Hoteles con nombres históricos compiten por los turistas y hombres y mujeres de negocios que visitan la ciudad: Hilton, Sheraton, Intercontinental… Las calles y avenidas del centro financiero están absolutamente repletas de gente a todas horas durante el horario laboral. Y es el mismo tipo de gente que uno se encontraría en la misma parte de la ciudad en Madrid, Londres o París. Son hombres y mujeres -en buena parte jóvenes- que caminan rápidos y decididos, enfundados en trajes, en una mano el maletín y junto a la oreja la BlackBerry o el smartphone o el ‘manos libres’ o los auriculares del mp3 o el dispositivo Bluetooth. Esta parte del centro de Nairobi no desentonaría en cualquier país occidental. Quizá mucha gente no pensaría precisamente en Nairobi al ver una fotografía de su ‘skyline’, del perfil de sus edificios recortados contra el horizonte.

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Parte del centro de Nairobi durante la noche (imagen en el dominio público)

(Sigue en el blog África no es un país)

Somalia sigue teniendo hambre

Ya no hablamos de Somalia. Y cuando hasta hace poco aún lo hacíamos era en términos de guerra. Hablábamos de la ofensiva keniana en territorio somalí contra la milicia islamista Al Shabab, a la que Kenia acusa de los secuestros de ciudadanos europeos en su territorio, incluyendo a las dos cooperantes españolas Blanca Thiebaut y Montserrat Serra. Pero el hambre, esa vergonzante hambruna que nos sonrojó a todos en verano, sigue presente en Somalia. Hay gente que sigue muriendo allí porque literalmente no tiene nada que llevarse a la boca.

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Un niño desnutrido en el hospital Benadir de Mogadiscio (Foto: J.M.C.)

Ocurre, claro, que el público se cansa, se hastía de leer sobre el hambre y ocurre, claro, que los periodistas también nos aburrimos (unos más que otros) y también nos fatigamos al escribir sobre ella. Y quien no, lo tiene difícil: viajar a Somalia, a Mogadiscio, para informarse e informar desde el terreno es muy difícil. No tanto por la seguridad, ya que un viaje bien preparado es suficientemente seguro, sino por otro problema, el de siempre y más ahora con la crisis: por el dinero. Pasar unos días en Mogadiscio es posible pero muy caro y el mundo es muy grande y está lleno de historias.

¿Por qué seguir informando sobre Somalia?

(Sigue en el blog ‘África no es un país’)

Aventuras y desventuras de Tintín hoy

Ayer, y con motivo del estreno hoy de la nueva película de Tintín, unos cuantos compañeros empezaron a preguntarse en Twitter cómo sería hoy en día la vida de Tintín como joven periodista. Daniel Burgui cuenta como Álvaro de Cozar (@AlvarodeCozar), Samuel Negredo (@negredo), Xavi Aldekoa (@xavieraldekoa) y él mismo (@caravinagre) empezaron a hacer coñas sobre el tema y acabaron creando el hash #TintínHoy. Y como ocurre con las buenas coñas, en este caso el sentido del humor sirvió también para revelar muchas de las amargas realidades de la profesión periodística hoy en día.

Yo llegué tarde y no me enteré del tema hasta esta mañana, cuando he estado leyendo los tweets entre risas. Y no me he podido resistir y gracias a Storify he creado la siguiente historieta con una selección de los tweets que más gracia me han hecho (y, sí, incluyo varios míos, como un campeón).

La dejo aquí y, por supuesto, proponed otros tweets para actualizarla o comentad o criticad o lo que queráis, que al fin y al cabo de eso se trata.

(Parece que Storify no funciona muy bien en WordPress, estoy intentando arreglarlo pero, si no ves nada abajo, prueba a recargar o actualizar la página, y también puedes visitar el post original en Storify.)

Cada vez hay más gordos en Kenia mientras otros se mueren de hambre

Hace unos días, el Daily Nation keniano alertó de que la obesidad se está convirtiendo en un problema cada vez más grave en Kenia. Un 13 por cien de los hombres y un 24 por cien de las mujeres son obesos en este país.

Al mismo tiempo que cada vez hay más gordos, en Kenia también hay 3,75 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria. De éstos, y en una escala del 1 al 5 en la que 5 es hambruna, 1,4 millones se encuentran ahora en situación de emergencia, que es el nivel 4. Y 2,35 millones están en situación de crisis, que es el nivel 3.

Junto a Kenia, en Somallia hay unas 750.000 personas que podrían morir debido a la hambruna que afecta a la región.

El problema no es la falta de comida, y la sequía no ha sido la causante de la hambruna sino la última gota de un vaso lleno de problemas estructurales y particulares a cada zona de cada país.

Unethical journalism

Yesterday, the Independent’s columnist Johann Hari apologised publicly for wrongdoing. It turns out for the last weeks Hari was being accused in the blogosphere and on Twitter of plagiarism and factual embellishment. After repeatedly denying those allegations, Hari has admitted to plagiarism and the online harrassment of rival journalists by editing their Wikipedia entries using an alias. However, the apology is soft and it even seems Hari is taking the blame off himself and putting it onto his interviewees.

There have been many takes on this apology, many commentators praising Hari and as many (or more) criticising him again. The best comment I’ve seen is on Bagehot’s notebook in the Economist. The text perfectly summarises how and where the responsibility lies when interviewing people and goes on to discuss the related temptations when reporting from faraway countries. It’s a must read. I subscribe every word and, of course, couldn’t say it better myself. So here’s a big chunk of Bagehot’s article:

It is a nifty defence: there he was, travelling the world to meet all these famous and brilliant people, conducting all these excellent interviews, only to find, on returning to his hotel room to transcribes his tapes, that time and again his subjects had garbled their lines.

I do not recognise the phenomenon Mr Hari is describing. Some interviews go well, others less well. But in the midst of each conversation, as I write my notes, I am aware (sometimes heart-sinkingly aware) whether my subjects are saying interesting things or not. I also know something else: if you go to interview someone who is famous or important or witty or wise (as opposed to a member of the public swept up in a news event) and they say only boring or incoherent things, it is mostly your fault.

This is what baffles me about those colleagues leaping to Mr Hari’s defence. It is as if they imagine conducting an interview is mostly an act of stenography: you find someone interesting, ask them things, and then write down what they say. It is not stenography. Perhaps 80% of the knack of interviewing involves the ability to get people to open up and say striking things. When a subject is bored, or tired, or hostile your job is to charm or provoke them. It can be hard work. Surprisingly often, it can feel like (non-sexual) flirtation.

If you come away with gems, you know it, and may call your editor to say: “It went really well, he gave me some really great quotes.” If you come away with a notebook full of mush, you are not allowed to go to another interview conducted by someone else who was given better quotes and take them without attribution. If you do, that is stealing.

One of the things you find out fast as a foreign correspondent, especially reporting from the developing world, is that there is very little to stop you making things up, except your own conscience. Out in a Chinese field, interviewing a peasant who has had his land stolen, or out in an Afghan refugee camp speaking to victims of Taliban brutality, it soon becomes obvious that if you embellish and improve quotes, nobody is going to find out. Chinese peasants and Afghan refugees are not going to read your work, and are not going to shop you to your editors.

As it happens, and you are going to have to take this on trust I fear, I am a fantastic prig and Puritan on this subject, and fanatical about getting quotes straight and reporting only what I have seen, or if I am quoting what a local or a photographer or a wire agency saw, saying so. That is not because I am a saint. It is more about managing the existential angst of being a reporter a long way away from home: once you start making things up a bit, you might as well start making it all up and file without even getting on a plane. And then you quickly feel the ground vanishing beneath your feet: if you are inventing things, why be a journalist at all?

I know some foreign correspondents who have gone down that route, and have had priggish arguments with some of them. Plagiarists, liars, make-it-up merchants, they all exist. The war correspondent solemnly announcing to television viewers that he is on the front line, when he is 20 miles from the fighting and his colleagues are mocking him just out of shot. The foreign correspondent who wrote a vivid portrayal of an Asian dog meat restaurant, complete with descriptions of brutal dog-killing, callous chefs and hungry punters, without actually visiting the country in question, and who—when I challenged him–told me “oh that, it was a bit of imagineering”. The gentler souls who use foreign languages to cut corners. (I once knew a correspondent with the amazing gift of diving into a Chinese crowd and coming out, 30 seconds later, with the perfect quote, despite pretty limited Mandarin. I never had the heart to say: great quote, now tell me how you say that in Chinese.)