Actualización (5 julio 2012): La Fundación Marco Luchetta ha concedido el premio Dario D’Angelo a la versión de este reportaje publicada en el suplemento Domingo de El País, ‘A la horca con 14 años’. Además de leer la versión original y más larga en el blog a partir de este post, también puedes descargártela en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).
Nota: Hoy sale publicado en El País un reportaje en el que he trabajado durante bastante tiempo, ‘A la horca con 14 años‘. Cuenta la historia de Alphonse Kenyi, un niño que fue condenado a muerte en Juba, en Sudán del Sur, cuando tenía 14 años, así como otras historias de otros menores presos en esa cárcel. El que descubrió la historia de Alphonse fue el fotógrafo Fernando Moleres, cuando él y yo éramos dos de los muchos periodistas que poblaban las calles de Juba en los días previos al referéndum de independencia en enero de este año. Tras bastantes visitas a la prisión, haber copiado allí todos los documentos en inglés que encontré sobre el caso y otras conversaciones fuera de la cárcel, me fui de Juba a mediados de enero con el cuaderno lleno de páginas con esta historia. Mantuve el contacto por teléfono con Fabian Serit, el oficial encargado de los menores en la prisión, y con un oficial de la ONU que estaba en la cárcel como asesor y que también me fue de mucha ayuda. Y ya en Nairobi escribí un texto de más de 8.000 palabras a partir de mis notas. Llegó la independencia de Sudán del Sur en julio y regresé a Juba, como muchos otros periodistas. Volví varias veces a la prisión, actualicé la historia y he seguido en contacto con Fabian por teléfono. Y hoy finalmente sale publicada.
Me sigue gustando el texto larguísimo que escribí hace meses y creo que puede ser interesante para la gente a la que le ha llamado la atención esta historia. Así que voy a publicarlo aquí en varias partes. Las cifras sobre los presos pueden ser diferentes porque el artículo de El País contiene los números más actualizados, que me dio Fabian por teléfono hace unos días.
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Es miércoles y son las 8 y 40 de la mañana. Estoy sentado en un sillón viejo y destartalado, con lo que le queda de tapicería a rayas negras y grises, junto a la oficina de Fabian Serit, el funcionario encargado de los menores y de la libertad condicional en la prisión central de Juba. Me comen las moscas y ya a esta hora hace bastante calor. Estoy sentado fuera, el sillón está al aire libre entre la tierra, las piedras, el polvo y bajo una luz ya cegadora. Hay algún que otro sillón más aquí fuera e incluso un sofá, todos viejos y raídos como en el que yo estoy sentado. No podrían estar más fuera de lugar pero, por alguna razón, no desentonan con la escena en la cárcel de Juba, la capital de Sudán del Sur.
La prisión está en el mismo centro de la ciudad que se va a convertir en la capital del país más joven del mundo. Al recinto, de grandes muros coronados por alambre de púas, se llega por una de las principales calles de Juba. Caminando por ella, te asaltan jóvenes con grandes fajos de billetes que te ofrecen libras sudanesas a cambio de dólares. Pequeños puestos de mercado venden desde chanclas polvorientas hasta falsificaciones de perfumes y maquillaje. Hay muchos grupos de hombres que beben té sentados en sillas de plástico sea cual sea la hora del día. Otros puestos venden crédito para los teléfonos móviles, galletas, bolígrafos. En la esquina, hay que girar a la derecha para bajar hacia la puerta principal del recinto de la prisión, dejando a la derecha un descampado amplio y sucio. Policías en distintos uniformes caminan pesadamente junto a la entrada de la cárcel, otros se sientan en el suelo o en sillas de plástico, sus fusiles apoyados en la pierna. Cuando he llegado esta mañana, como en cada una de mis visitas a la cárcel, todos me han seguido con la mirada pero ninguno me ha dicho nada ni me ha preguntado qué vengo a hacer aquí.
Es sorprendente la cantidad de moscas que hay aquí en la cárcel. Huele a meado. He vuelto a la prisión para intentar ver y entrevistar a los menores encarcelados. Cómo viven, qué comen, qué crímenes cometieron. Y, en particular, para seguir el caso de Alphonse Kenyi, condenado a muerte por pertenecer a una banda organizada de asesinos, según me contó ayer Fabian. Alphonse tiene aspecto de niño pero el juez dijo que tenía 18 años y lo condenó a la horca, el método de ejecución que se utiliza en Sudán del Sur. Fabian lo llevó a un médico que dijo que Alphonse tenía 14 años pero su sentencia a muerte sigue en pie. La última ejecución en esta cárcel fue el pasado septiembre, cuando dos hombres condenados por asesinato fueron ahorcados. En 2010 hubo en total ocho ejecuciones en la prisión central de Juba.
Incluyendo a Alphonse, en el corredor de la muerte hay ahora 52 condenados, todos por asesinato. Y además de Alphonse, en esta cárcel hay otros 47 menores que conviven con unos 1.000 reclusos adultos. La gran mayoría, al igual que casi todos los policías y guardas, son exguerrilleros que lucharon en la guerra civil que enfrentó al norte y al sur de Sudán entre 1983 y 2005. Entre los presos adultos, los delitos más comunes son robo, adulterio, violación y asesinato. Entre los niños, se trata de robos menores y algunos asesinatos.
Aquí fuera hay docenas de guardas y policías que parecen no tener mucho que hacer. Pasean lentamente secándose el sudor de la cara, se sientan en los otros sillones o en el suelo, algunos lucen con desgana sus viejos rifles AK-47. Varios se me acercan y me saludan en inglés. En los últimos dos meses, he venido tantas veces a esta cárcel que muchos de ellos ya me conocen. Una mujer me dice: “Salaam”. Yo le respondo: “Salaam aleikum” y ella se ríe. Ése es casi todo mi árabe. En Sudán, en el norte y en el sur, el idioma más común es el árabe. La población del norte de Sudán es mayoritariamente árabe y musulmana pero la del sur es negra africana y sigue religiones tradicionales en ocasiones mezcladas con creencias cristianas. Además, el sur es rico en recursos petrolíferos y cuenta con tierras más fértiles. El norte intentó islamizar y mantener el control del sur y ambas partes se enfrentaron en una guerra abierta entre 1955 –un año antes de la independencia de Sudán del Reino Unido y Egipto– y 1972 y otra vez desde 1983 y 2005.
Ese año se firmó un acuerdo de paz que otorgaba al sur la celebración de un referéndum de independencia en enero de 2011. La votación tuvo lugar del día 9 al 15 del y casi el cien por cien de los electores votaron por separarse del norte de Sudán. En la ciudad, al otro lado de los muros de la cárcel, el ambiente es de fiesta, de celebración por la próxima independencia.
Aquí en la prisión, mientras sigo esperando a Fabian, las moscas se pelean por posarse en mi cara, en mis brazos, en el bloc de notas. He comprado cuadernos, bolígrafos, galletas y jabón para los niños, por si finalmente puedo cruzar el gran portón que da entrada al patio y a las celdas de los presos y ver a los menores. Me siento algo mezquino, como si estuviera intentando comprar la historia por unas miserables galletas.
En realidad, gran parte del mérito es de Fernando Moleres, un fotógrafo español cuya vida podría llenar varias películas de aventuras. Fernando tiene un encanto enorme y es el mejor a la hora de hacerse gustar y querer y conseguir que le dejen entrar a cualquier parte a hacer fotos. Durante años, ha documentado las condiciones de trabajo forzado a las que se ven sometidos niños de diferentes partes del mundo. Y ahora lleva ya un tiempo trabajando sobre las condiciones de niños presos en cárceles de África. Él entró primero en la prisión, hizo las fotos y descubrió la historia de Alphonse.
Me siguen asediando las moscas cuando, poco más tarde de las 9 de la mañana, llega Fabian y pasamos a su oficina para seguir hablando del tema.
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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.
También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).
Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.