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Aventuras y desventuras de Tintín hoy

Ayer, y con motivo del estreno hoy de la nueva película de Tintín, unos cuantos compañeros empezaron a preguntarse en Twitter cómo sería hoy en día la vida de Tintín como joven periodista. Daniel Burgui cuenta como Álvaro de Cozar (@AlvarodeCozar), Samuel Negredo (@negredo), Xavi Aldekoa (@xavieraldekoa) y él mismo (@caravinagre) empezaron a hacer coñas sobre el tema y acabaron creando el hash #TintínHoy. Y como ocurre con las buenas coñas, en este caso el sentido del humor sirvió también para revelar muchas de las amargas realidades de la profesión periodística hoy en día.

Yo llegué tarde y no me enteré del tema hasta esta mañana, cuando he estado leyendo los tweets entre risas. Y no me he podido resistir y gracias a Storify he creado la siguiente historieta con una selección de los tweets que más gracia me han hecho (y, sí, incluyo varios míos, como un campeón).

La dejo aquí y, por supuesto, proponed otros tweets para actualizarla o comentad o criticad o lo que queráis, que al fin y al cabo de eso se trata.

(Parece que Storify no funciona muy bien en WordPress, estoy intentando arreglarlo pero, si no ves nada abajo, prueba a recargar o actualizar la página, y también puedes visitar el post original en Storify.)

‘Condenado a muerte con 14 años’ (5)

Le pregunto cómo se llama y cuántos años tiene y en voz muy baja y con timidez dice que su nombre es James Kenyi Wan y que tiene ocho años. James tiene los ojos grandes y una bonita sonrisa y no puedo evitar pensar que sería perfecto para anuncios de televisión o en revistas. Le pregunto que porqué está en la cárcel. “Cogí 200 libras del dinero de mi padre y él me llevó al cuartel de policía de Malakia (una de las zonas de Juba) y luego me trajeron aquí”, responde él. Fabian me dice que fue en diciembre y que James aún no ha sido presentado ante un juez.

“¿Por qué cogiste el dinero?”, le pregunto yo. “Para comprarme ropa, dulces y otras cosas”, dice James, que está constantemente tocándose y masajeándose los pies descalzos. Además, me fijo que tiene las delgadas piernas llenas de marcas. “¿Por qué te tocas los pies?, ¿te duelen, te pasa algo?”, le pregunto. Él me mira divertido: “Me duelen porque no tengo sandalias y tengo que andar descalzo y jugaba a fútbol descalzo”, responde mientras los demás niños ríen. Le pregunto cuál es su equipo favorito y James dice que el Arsenal. “¿Y quién es tu jugador favorito del Arsenal?” “¡Adebayor!”, responde él con una gran sonrisa. El togolés Emanuel Adebayor fue jugador del Arsenal hasta hace más de dos años, cuando fichó por el Manchester City. Cuando hablé con James, Adebayor acababa de ser cedido al Real Madrid hasta final de esa temporada.

Les pregunto en general a todos que cuáles son sus equipos favoritos. Todos quieren hablar a la vez y se arma algo de revuelo: “¡Arsenal!”, dice la mayoría. “¡No, Manchester United!”, dicen otros. Unos pocos responden que Chelsea o Liverpool y de repente Mangar dice: “¡Pero también nos gusta Ghana!”, y todos rugen y aplauden mientras repiten: “¡Ghana, Ghana!”. La selección de fútbol de Ghana fue el equipo africano que llegó más lejos en el pasado Mundial, del que fue eliminada en cuartos de final por Uruguay.

Poco a poco la cosa se calma y yo sigo interrogando a James. Le pregunto si sus padres lo visitan y él niega con la cabeza. Fabian me dice que los padres de los menores pueden venir a visitarlos a diario pero que los de James no han venido ni una sola vez.

Le pregunto a James qué tal es la vida en prisión. “Cuando tenemos balón de fútbol y cuando hay escuela, aquí no se está mal”, responde él sonriendo. “Aunque la comida podría ser mejor”.

Le pregunto cómo se llevan entre ellos los niños. “Aquí todos somos hermanos, entre nosotros no nos peleamos”, responde James. “A veces, los mayores sí que nos pegan cuando vamos al patio grande donde están ellos, no les gusta que vayamos por allí”.

Se acaba el tiempo y nos tenemos que marchar. Fabian y otro funcionario reparten los paquetes de galletas y la mayoría de los niños no parecen muy emocionados. Me despido de ellos y les agradezco que hayan hablado conmigo y ellos se despiden y algunos aplauden otra vez.

Le digo a Fabian que quiero ver las celdas en las que duermen los menores y me conduce a la entrada de la estancia junto a la que hemos estado sentados. Dentro, se trata de una sola habitación de unos cuatro metros de ancho por unos 15 de largo. A lo largo de las dos paredes se aprietan unos 15 colchones de espuma, son muy finos y están raídos y cubiertos por sábanas viejas y sucias. Algunos niños nos han seguido al interior. Mangar señala uno de los colchones y dice que en cada uno duermen tres niños. Algunas redes mosquiteras penden del techo sobre los colchones, aunque no hay suficientes y están llenas de agujeros.

Cuando salimos de la habitación, Fabian señala frente a nosotros, donde unos trabajadores están realizando una obra en una estancia casi igual a la que acabamos de dejar. Me dice que cuando esté lista, la mitad de los niños se trasladarán a ésa y así todos tendrán más espacio. Cuando nos vamos a ir y me estoy despidiendo otra vez de los niños, uno de ellos viene y me dice tímidamente y con educación: “Por favor, señor, ¿nos puede traer pilas la próxima vez que venga?”, mientras me enseña un anticuado aparato de radio y continúa, “es para que así podamos escuchar las noticias”. Le digo que de acuerdo y entonces Mangar grita desde detrás: “¡Cuatro, necesitamos al menos cuatro pilas, por favor!”.

Salimos del ala donde están los menores y cuando andamos por el patio hacia el portón, Fabian me dice que es aquí donde los niños juegan a fútbol. “Pero a los mayores no les gusta y les pegan, ¿no?”, digo yo, y Fabian sólo ríe.

De vuelta en su oficina, le sigo preguntando a Fabian por la tortura y él me cuenta: “En los cuarteles de policía te pegan, utilizan fuego u otros objetos para que digas la verdad. De hecho, los arrestados quieren que los traigan a la cárcel lo antes posible porque saben que aquí no torturamos a nadie”.

Pero Fabian insiste en que tengo que irme y quedamos en vernos mañana para ir a la Comisión médica a intentar conseguir el certificado con la edad real de Alphonse y al Tribunal Supremo para intentan revisar el caso de los seis menores que fueron arrestados en agosto y aún no han ido a juicio. Yo le recuerdo que aún tengo que entrevistar a Alphonse y a esos seis menores de los cuales uno de ellos señaló a los otros bajo tortura. “Mañana no puede ser, los verás pasado mañana, el viernes”, me asegura él y espero que sea verdad, porque dos días después, el domingo, me he de marchar de Juba.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (4)

Vamos y cruzamos el portón que da acceso al patio y a las celdas. El patio es amplio, tiene el suelo de tierra y está dividido en dos partes por una verja. De nuevo, el calor, la luz, el polvo. Dentro de la parte separada por la verja, a nuestra derecha, hay unos pocos árboles y un toldo de metal que dan algo de sombra. Los presos se concentran allí, sentados en el suelo, intentando huir del sol cegador de Juba. Otros reclusos están sentados junto al muro a nuestra izquierda, donde también hay una estrecha franja de sombra. Apenas hay movimiento, casi nadie camina y las conversaciones lo son en voz baja. Cuando entramos, todos nos miran, me miran, con una cierta curiosidad resignada. Nadie me saluda o me dedica ningún gesto. Avanzamos por el patio y cuando nos vamos a introducir entre dos estancias a la izquierda, uno de los presos sí se levanta, se acerca y me saluda con educación y me tiende la mano. Le doy la mano y le respondo el saludo y continuamos hacia el ala donde están los menores.

Entonces Fabian ríe y me dice que el único recluso que me ha saludado es uno de los enfermos mentales.

Cruzamos una puerta que da acceso al ala de los presos políticos. Seguimos hacia detrás de una de las estancias y, bajo un toldo metálico, están los menores de pie, en filas, esperando. Llevan ropas sucias y rotas. Algunos son bastante altos y todos tienen cara de niño, están muy delgados y me miran expectantes. En cuanto me ven, empiezan a cantar una canción mientras dan palmas y se mueven rítmicamente. Tengo la sensación de estar en una escuela y este recibimiento me hace sentir de nuevo algo mezquino.

Cuando la canción acaba, todos se sientan en el suelo en filas y me siguen mirando con ojos enormes, con intensidad, algunos con la boca abierta, otros con sonrisas de emoción. Me llama la atención un niño sentado al frente. Por su cara, podría tener 9 ó 10 años y me mira sin dejar de sonreír y con los ojos brillantes.

Fabian les dice que soy amigo de Fernando y que les he traído algunos regalos de navidad. Todos aplauden. Los niños apenas hablan inglés. A través de Fabian, les agradezco la canción y el baile y les digo que Fernando les dice hola y todos vuelven a aplaudir.

Ya sentados frente a ellos, les digo que me gustaría oír sus historias y pregunto que quién quiere hablar conmigo. Uno de los que parecen más mayores levanta la mano y luego se pone en pie. Es más alto que yo. Le pregunto cómo se llama y dice con confianza y energía: “¡Mangar Abuc Malnal!”. Los demás niños ríen y algunos empiezan a corear su nombre: “¡Mangar Abuc Malnal, Mangar Abuc Malnal!”

“¿Qué hiciste, por qué estás en prisión?”, le pregunto a Mangar, que dice tener 16 años. “Soy un dinka y maté a otro chico de mi tribu, nos peleamos y lo maté con una lanza”, responde él con naturalidad y Fabian y algunos de los niños ríen tras la respuesta.

Mangar dice que se entregó él mismo a la policía en julio de 2009 en Kaya, su poblado natal, cerca de la frontera con Uganda. Tras pasar 13 días en la comisaría, donde dice que la policía le pegó, lo enviaron a esta prisión y estuvo aguardando juicio hasta diciembre pasado. Entonces, fue condenado a pagar 30.000 libras como “dinero de sangre” y a tres años de cárcel, que empezaron a contar desde diciembre.

Le pregunto a Mangar cómo es la vida en prisión. “El balón de fútbol que teníamos está estropeado y ahora no tenemos nada que hacer, así que nos pasamos el día sin hacer nada y pensando”. Fabian me dice entonces que fue precisamente Fernando quien trajo el balón que ahora está pinchado.

Pero Mangar continúa: “Antes, cuando podíamos jugar a fútbol, me podía olvidar del problema que me trajo aquí pero ahora pienso mucho sobre este problema. Me arrepiento de lo que hice porque fuera podía andar adonde quisiera y podía hacer lo que quisiera”.

“La comida tampoco es buena”, sigue contando Mangar, “no está bien cocinada y a veces encontramos gusanos en la salsa, además, nos dan de comer cosas que yo nunca había visto fuera de aquí”. La comida consiste en una taza de té por las mañanas y en “posho” (harina de maíz), tapioca y judías a mediodía y por la noche. Una vez por semana, comen arroz con verduras y a veces algo de carne.

“Pero lo peor es la falta de educación”, asegura Mangar. “Necesito que me enseñen desde la mañana a la noche, quiero seguir estudiando y cuando salga de aquí y me gradúe, ¡llegaré a ser presidente o ministro!”, dice mientras los demás niños y Fabian se ríen.

Le pregunto a Mangar qué le gustaría que cambiara en la prisión y él responde sin dudar y de carrerilla: “Que nos cambien las sábanas y los colchones, que mejoren el alojamiento, que nos den un balón de fútbol y que vuelva a abrir la escuela para que podamos olvidar”.

Las clases han parado hasta febrero por las vacaciones de navidad y por la celebración del referéndum. Cuando hay escuela, los niños tienen hora y media de clase al día de lunes a viernes y en la cárcel se ofrecen sólo los cuatro primeros cursos de primaria. La mayoría de los profesores son presos adultos.

Mangar se sienta satisfecho, yo pregunto entonces quién es el más pequeño de entre todos ellos y varios niños señalan precisamente al que está sentado en la primera fila y me mira sin dejar de sonreír.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (3)

“Bueno, a ver qué has traído para los niños”, me suelta entonces Fabian de repente. Yo les enseño el contenido de las bolsas de plástico: “He traído cuadernos, bolígrafos, jabón y galletas”. “Mmm”, empieza Fabian, “el jabón no es una buena idea, nos tendrías que haber preguntado antes de comprarlo”. “Ah…”, digo yo. “Porque es muy caro y tendrías que haber traído uno para cada uno y, de todas formas, no es una buena idea. Y lo mismo con los cuadernos, tendrías que haber traído uno para cada uno y de todos modos no los utilizarían”, me dice Fabian.

Además de las galletas, he comprado seis pastillas grandes de jabón, varios cuadernos y un buen puñado de bolígrafos. Me siento como un estúpido. “¿Y cuántos paquetes de galletas has traído?”, me pregunta Fabian. “Ehm, he comprado diez”, respondo. “Tampoco es suficiente, tienes que traer uno para cada uno de ellos y hay 47 niños”, me dice él con cierta condescendencia pero enseguida vuelve a reír: “A Fernando también le pasó, vino con unos pocos cuadernos y galletas y tuvo que ir y comprar más”. “Yo también compraré más y se las daré a los niños mañana u otro día”, digo mientras empiezo a guardar las galletas, el jabón, los bolígrafos y los cuadernos. Pero Fabian me coge del brazo y me hace parar. “En realidad, los cuadernos y los bolígrafos nos vendrían muy bien a nosotros, para tomar notas y hacer nuestro trabajo”, dice, y se vuelve a reír. Lo miro durante unos instantes y después digo: “Vale os los podéis quedar”. “Muy bien”, dice Fabian sonriente, “entonces vamos para dentro a ver a los menores”.

“Por fin”, pienso. Recojo todas mis cosas, salimos de la oficina –fuera el calor es tremendo, la luz es intensa, el polvo se te mete en los pulmones y las moscas te comen excitadas– y vamos hacia el portón que da acceso al patio y a las celdas de los presos. Pero cuando llegamos, vemos por la rendija que el director de la prisión está echando un discurso a los reclusos, que lo miran en silencio sentados en el suelo en filas bajo el sol, y los guardas no nos dejan pasar.

Volvemos a la oficina. “No pasa nada”, me dice Fabian, “en cuanto acabe el discurso, entramos”. Le digo entonces que voy a aprovechar para comprar más galletas. Me levanto, cojo la mochila y salgo corriendo de la cárcel entre las miradas de sorpresa de policías y guardas. Llego a uno de los puestos al final de la calle, compro otros 37 paquetes de galletas e intento devolver las pastillas de jabón. Tras discutir medio en inglés y medio en gestos, el chico del puesto accede a devolverme parte del dinero del jabón. Vuelvo corriendo a la prisión, entro en la oficina y Fabian me dice que el director sigue hablando a los presos, así que toca seguir esperando.

Fabian vuelve a su papeleo y ahora es James quien me cuenta cosas sobre la cárcel. La prisión tiene una capacidad para unas 750 personas pero suele haber alrededor de 1.000 presos. Las celdas están separadas por grupos. Por un lado, están los presos comunes que aún esperan juicio y cuyos delitos habituales son robos, adulterio y violaciónes. Por otro lado, están los acusados de asesinato que aún no han tenido juicio. Luego están, igualmente separados, los presos condenados por delitos comunes y aquellos condenados por asesinato. Y también hay alas separadas para los condenados a muerte, los enfermos mentales y los menores. “Pero durante el día todos están juntos, pasean por el patio, comen juntos”, me explica James.

El caso de los condenados por asesinato es particular. “La pena depende de la decisión de los familiares de la víctima”, comienza a describir James. Los familiares le piden al asesino una cantidad de dinero como compensación. Es lo que aquí en árabe llaman “dia” y en inglés “blood money”: dinero de sangre. En Sudán, la ley establece que los familiares pueden pedir como máximo 30.000 libras (unos 8.800 euros) y ésta es la cantidad solicitada en casi todos los casos. “Aunque depende de las tribus”, interviene Fabian, “por ejemplo, los dinka pueden pedir 30 vacas en lugar de 30.000 libras”. Cuando se fija esa cantidad, entonces el juez le impone una nueva sentencia, de hasta cinco años si es un menor y de hasta 10 si es un adulto.

“Pero si los familiares de la víctima dicen que quieren al asesino muerto, entonces ya está, son los familiares los que deciden y no hay nada que hacer, aunque si el condenado es un menor, entonces la ley dice que no puede ser ejecutado”, concluye James. En la prisión central de Juba, además del caso de Alphonse, hay cinco menores que cumplen penas de cárcel por asesinato.

En ese momento, entran otros dos guardas en la oficina. Uno, que tiene mal aspecto, se sienta en una silla y el otro le pone una inyección en el brazo. Me dicen que se trata de un caso de malaria y que el que está administrando la medicina es el psiquiatra de la prisión.

Entonces alguien empieza a reproducir música con el teléfono móvil y la conversación cambia. Me preguntan sobre España y de inmediato recuerdan la victoria de la selección en el Mundial. “Aunque en la final yo iba con Holanda”, me dice James entre risas.

Pero yo insisto y sigo preguntando sobre los menores: “¿Cómo son sus celdas?” Curiosamente, me cuentan, las celdas que ocupan los niños son las reservadas a los prisioneros políticos. “Durante la guerra, el reformatorio de Lologo fue destruido, así que empezaron a traer a los menores a esta cárcel y los metieron en las celdas para los presos políticos, que se supone son las mejores de la prisión”, explica James.

Entonces, Fabian va al portón a preguntar y cuando vuelve nos dice que finalmente podemos entrar a ver a los niños.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (2)

Fue ayer cuando conocí a Fabian. Es un hombre no muy alto y de sonrisa fácil. Tiene una cara simpática y, a pesar del calor, viene al trabajo con pantalones de traje y una camisa de manga larga. Fabian suda constantemente y lleva un pañuelo en el bolsillo que se pasa por la cara cada pocos minutos. Le gusta hablar y, en ocasiones, cuando te está contando algo importante o que él considera una confidencia, te coge del brazo y te mira fijamente con sus ojos enrojecidos mientras baja la voz.

“Un grupo llamado ‘Niggers’ solía ir por la ciudad matando a la gente. Fueron arrestados y torturados y la policía los obligó a que señalaran a sus secuaces por la calle, y fue entonces cuando señalaron a Alphonse”, me dice Fabian en voz baja. “¡Pero él es inocente, y además es un niño!”, se exalta. “Así que lo llevamos al médico y el doctor dijo que tenía 14 años, y ahora estamos intentando cambiar oficialmente su edad para quitarle la condena a muerte”. En enero de 2010, Sudán cambió sus leyes y aumentó de 15 a 18 años la edad mínima para que un criminal pueda ser sentenciado a muerte.

En Juba y Jartum, la gente llamaba “Niggers” a grupos de jóvenes más o menos organizados que cometían robos y asesinatos y empezaron a aparecer en el país en 2008. Pero ya apenas se oye hablar de ellos.

Alphonse fue arrestado el 10 de agosto de 2009 y, en un principio, estaba alojado con el resto de menores en la cárcel. Cuando finalmente el juicio tuvo lugar en octubre de 2010, fue sentenciado a muerte junto con otros presuntos “Niggers” y, desde entonces, se encuentra en el ala de los condenados a muerte. Aunque durante el día es libre de moverse por el patio que comparten todos los presos, Alphonse lo ha de hacer arrastrando la cadena que une los grilletes de sus tobillos y que apenas le deja caminar. Los condenados no tienen fecha de ejecución y es el presidente del gobierno de Sudán del Sur, en la actualidad el ex líder rebelde Salva Kiir Mayardit, quien decide con su firma cuándo un prisionero ha de ser ahorcado. Fue ese mismo mes de octubre de 2010 cuando Fabian consiguió el informe médico que confirma que Alphonse tiene 14 años. Pero ni el director de la prisión ni el juez aceptaron el documento y es por eso que Fabian tiene que conseguir un certificado de la Comisión médica, algo que no ha hecho hasta ahora.

“Fabian, tengo que entrevistar a Alphonse y a los demás menores”, le digo por enésima vez. “Mmm, más tarde, o quizá mañana o pasado”, me responde él a mí por enésima vez y sigue hablando sobre los niños encarcelados. “En teoría, los menores deberían estar en el reformatorio de Lologo, donde además irían a la escuela, pero el edificio fue destruido durante la guerra y aún no ha sido renovado, por eso tenemos a los menores aquí junto con los adultos”. Hace más de seis años del final del conflicto.

Hace casi tanto calor y hay casi tantas moscas en la pequeña oficina como fuera. Aparte de la de Fabian, hay otras dos mesas: una es para Betty, la asistenta social, que apenas habla inglés y no responde a mis preguntas. Y en la tercera mesa, dos funcionarios acaban de poner en marcha un viejo ordenador que la ONU ha donado a la cárcel e intentan sin mucho éxito usar el programa Word. Fabian aprovecha y revisa unos papeles: todos los informes y documentos están en papel y manuscritos en una mezcla de inglés y árabe. Junto a Fabian, en la misma mesa, se siente James, un joven de 28 años aliado de Fabian y encargado de las cuentas de esta oficina de los menores y la libertad condicional.

Le pregunto sobre los papeles que está mirando y Fabian me explica que, además del de Alphonse, hoy tienen otro caso entre manos. “El 31 de agosto, seis chicos fueron arrestados. La ley dice que tienen que ser llevados ante el juez en un máximo de 20 días, así que el 19 de septiembre se renovó su arresto pero llevan desde entonces en la cárcel y no han vuelto a ver al juez”. Fabian me cuenta que ha escrito un informe y quiere llevarlo al Tribunal Supremo junto con los informes del arresto. Le pregunto que si puedo ir al tribunal con él y me dice que de acuerdo.

“¿Y qué hicieron estos chicos?”, pregunto. “Uno entró en una casa, robó 600 libras (unos 175 euros), fue arrestado, lo torturaron, lo llevaron a la calle para que señalara a sus compinches y él señaló a otros cinco, que también fueron arrestados”, responde Fabian con normalidad. “¿Lo torturaron?”, repito yo. Fabian me coge del brazo y se ríe: “Claro, aquí eso es normal, los policías torturan a los arrestados para que digan la verdad, les pegan, los queman, los cuelgan boca abajo…”, relata él con naturalidad. “¿Le hicieron eso a un niño?, ¿y el juez lo sabía?”, le sigo interrogando yo. Fabian vuelve a reír y me responde: “Lo hacen con todo el mundo y si el juez pregunta, los policías le dicen que es la única forma de que los arrestados digan la verdad”. “¿Y qué hacéis vosotros cuando os traen a gente con heridas por la tortura?”, le pregunto. “No, aquí no puede entrar nadie herido o enfermo, si alguien está mal, la policía lo lleva al hospital y sólo lo traen cuando está curado”.

Fabian vuelve al caso que lo ocupa hoy. “El chico al que pillaron robando es culpable, ¡pero los otros fueron arrestados sin pruebas!”, dice, “aunque, claro, cuando te torturan, tú dices lo que sea y acusas a quien sea para que paren”. Los seis menores, que llevan en la cárcel desde el 31 de agosto y aún no han ido a juicio, tienen 13 y 14 años, me dice Fabian.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (1)

Actualización (5 julio 2012): La Fundación Marco Luchetta ha concedido el premio Dario D’Angelo a la versión de este reportaje publicada en el suplemento Domingo de El País, ‘A la horca con 14 años’. Además de leer la versión original y más larga en el blog a partir de este post, también puedes descargártela en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Nota: Hoy sale publicado en El País un reportaje en el que he trabajado durante bastante tiempo, ‘A la horca con 14 años‘. Cuenta la historia de Alphonse Kenyi, un niño que fue condenado a muerte en Juba, en Sudán del Sur, cuando tenía 14 años, así como otras historias de otros menores presos en esa cárcel. El que descubrió la historia de Alphonse fue el fotógrafo Fernando Moleres, cuando él y yo éramos dos de los muchos periodistas que poblaban las calles de Juba en los días previos al referéndum de independencia en enero de este año. Tras bastantes visitas a la prisión, haber copiado allí todos los documentos en inglés que encontré sobre el caso y otras conversaciones fuera de la cárcel, me fui de Juba a mediados de enero con el cuaderno lleno de páginas con esta historia. Mantuve el contacto por teléfono con Fabian Serit, el oficial encargado de los menores en la prisión, y con un oficial de la ONU que estaba en la cárcel como asesor y que también me fue de mucha ayuda. Y ya en Nairobi escribí un texto de más de 8.000 palabras a partir de mis notas. Llegó la independencia de Sudán del Sur en julio y regresé a Juba, como muchos otros periodistas. Volví varias veces a la prisión, actualicé la historia  y he seguido en contacto con Fabian por teléfono. Y hoy finalmente sale publicada.

Me sigue gustando el texto larguísimo que escribí hace meses y creo que puede ser interesante para la gente a la que le ha llamado la atención esta historia. Así que voy a publicarlo aquí en varias partes. Las cifras sobre los presos pueden ser diferentes porque el artículo de El País contiene los números más actualizados, que me dio Fabian por teléfono hace unos días.

***

Es miércoles y son las 8 y 40 de la mañana. Estoy sentado en un sillón viejo y destartalado, con lo que le queda de tapicería a rayas negras y grises, junto a la oficina de Fabian Serit, el funcionario encargado de los menores y de la libertad condicional en la prisión central de Juba. Me comen las moscas y ya a esta hora hace bastante calor. Estoy sentado fuera, el sillón está al aire libre entre la tierra, las piedras, el polvo y bajo una luz ya cegadora. Hay algún que otro sillón más aquí fuera e incluso un sofá, todos viejos y raídos como en el que yo estoy sentado. No podrían estar más fuera de lugar pero, por alguna razón, no desentonan con la escena en la cárcel de Juba, la capital de Sudán del Sur.

La prisión está en el mismo centro de la ciudad que se va a convertir en la capital del país más joven del mundo. Al recinto, de grandes muros coronados por alambre de púas, se llega por una de las principales calles de Juba. Caminando por ella, te asaltan jóvenes con grandes fajos de billetes que te ofrecen libras sudanesas a cambio de dólares. Pequeños puestos de mercado venden desde chanclas polvorientas hasta falsificaciones de perfumes y maquillaje. Hay muchos grupos de hombres que beben té sentados en sillas de plástico sea cual sea la hora del día. Otros puestos venden crédito para los teléfonos móviles, galletas, bolígrafos. En la esquina, hay que girar a la derecha para bajar hacia la puerta principal del recinto de la prisión, dejando a la derecha un descampado amplio y sucio. Policías en distintos uniformes caminan pesadamente junto a la entrada de la cárcel, otros se sientan en el suelo o en sillas de plástico, sus fusiles apoyados en la pierna. Cuando he llegado esta mañana, como en cada una de mis visitas a la cárcel, todos me han seguido con la mirada pero ninguno me ha dicho nada ni me ha preguntado qué vengo a hacer aquí.

Es sorprendente la cantidad de moscas que hay aquí en la cárcel. Huele a meado. He vuelto a la prisión para intentar ver y entrevistar a los menores encarcelados. Cómo viven, qué comen, qué crímenes cometieron. Y, en particular, para seguir el caso de Alphonse Kenyi, condenado a muerte por pertenecer a una banda organizada de asesinos, según me contó ayer Fabian. Alphonse tiene aspecto de niño pero el juez dijo que tenía 18 años y lo condenó a la horca, el método de ejecución que se utiliza en Sudán del Sur. Fabian lo llevó a un médico que dijo que Alphonse tenía 14 años pero su sentencia a muerte sigue en pie. La última ejecución en esta cárcel fue el pasado septiembre, cuando dos hombres condenados por asesinato fueron ahorcados. En 2010 hubo en total ocho ejecuciones en la prisión central de Juba.

Incluyendo a Alphonse, en el corredor de la muerte hay ahora 52 condenados, todos por asesinato. Y además de Alphonse, en esta cárcel hay otros 47 menores que conviven con unos 1.000 reclusos adultos. La gran mayoría, al igual que casi todos los policías y guardas, son exguerrilleros que lucharon en la guerra civil que enfrentó al norte y al sur de Sudán entre 1983 y 2005. Entre los presos adultos, los delitos más comunes son robo, adulterio, violación y asesinato. Entre los niños, se trata de robos menores y algunos asesinatos.

Aquí fuera hay docenas de guardas y policías que parecen no tener mucho que hacer. Pasean lentamente secándose el sudor de la cara, se sientan en los otros sillones o en el suelo, algunos lucen con desgana sus viejos rifles AK-47. Varios se me acercan y me saludan en inglés. En los últimos dos meses, he venido tantas veces a esta cárcel que muchos de ellos ya me conocen. Una mujer me dice: “Salaam”. Yo le respondo: “Salaam aleikum” y ella se ríe. Ése es casi todo mi árabe. En Sudán, en el norte y en el sur, el idioma más común es el árabe. La población del norte de Sudán es mayoritariamente árabe y musulmana pero la del sur es negra africana y sigue religiones tradicionales en ocasiones mezcladas con creencias cristianas. Además, el sur es rico en recursos petrolíferos y cuenta con tierras más fértiles. El norte intentó islamizar y mantener el control del sur y ambas partes se enfrentaron en una guerra abierta entre 1955 –un año antes de la independencia de Sudán del Reino Unido y Egipto– y 1972 y otra vez desde 1983 y 2005.

Ese año se firmó un acuerdo de paz que otorgaba al sur la celebración de un referéndum de independencia en enero de 2011. La votación tuvo lugar del día 9 al 15 del y casi el cien por cien de los electores votaron por separarse del norte de Sudán. En la ciudad, al otro lado de los muros de la cárcel, el ambiente es de fiesta, de celebración por la próxima independencia.

Aquí en la prisión, mientras sigo esperando a Fabian, las moscas se pelean por posarse en mi cara, en mis brazos, en el bloc de notas. He comprado cuadernos, bolígrafos, galletas y jabón para los niños, por si finalmente puedo cruzar el gran portón que da entrada al patio y a las celdas de los presos y ver a los menores. Me siento algo mezquino, como si estuviera intentando comprar la historia por unas miserables galletas.

En realidad, gran parte del mérito es de Fernando Moleres, un fotógrafo español cuya vida podría llenar varias películas de aventuras. Fernando tiene un encanto enorme y es el mejor a la hora de hacerse gustar y querer y conseguir que le dejen entrar a cualquier parte a hacer fotos. Durante años, ha documentado las condiciones de trabajo forzado a las que se ven sometidos niños de diferentes partes del mundo. Y ahora lleva ya un tiempo trabajando sobre las condiciones de niños presos en cárceles de África. Él entró primero en la prisión, hizo las fotos y descubrió la historia de Alphonse.

Me siguen asediando las moscas cuando, poco más tarde de las 9 de la mañana, llega Fabian y pasamos a su oficina para seguir hablando del tema.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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