Monthly Archives: June 2012

‘Condenado a muerte con 14 años’ (7)

Estoy de vuelta en la prisión, es viernes por la mañana y yo debo marcharme de Juba este domingo. Estoy sentado en el mismo sillón esperando que aparezca Fabian. He comprado un balón de fútbol, pilas y un par de chanclas para James, el niño de 8 años que lleva más de un mes en la cárcel porque le cogió dinero a su padre. Hace mucho calor y me comen las moscas. Llegan Fabian y James –el funcionario– y Fabian se disculpa y dice que ha de asistir a una reunión. Me quedo con James. “Tengo que entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la prisión porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura y aún no han ido a juicio”, repito automáticamente. Pero James parece más decidido que Fabian. “Sí, lo sé, déjame organizarlo y vamos a ver si podemos entrar”.

No mucho más tarde, James vuelve y me dice que ya han reunido a los menores y que me están esperando. Volvemos a cruzar el portón que da acceso al patio y a las celdas. Los presos me miran pero nadie se dirige a mí. Llegamos al ala de los menores, donde de nuevo todos los niños me aguardan en filas bajo el toldo. Esta vez no hay canción pero sí hay aplauso, lo que otra vez me hace sentir incómodo. Nos sentamos y le digo a James que tengo que entrevistar al menor al que pillaron robando en una casa y que fue obligado a señalar a otros bajo tortura.

Se trata de Diu Ajak, quien se acerca y se queda de pie junto a nosotros, alto, muy delgado y con un rostro infantil. A través de James, que hace de traductor, me dice que tiene 13 años pero, por su cara, aparenta 9 ó 10. “Tenía hambre, por eso entré en la casa”, empieza a contarme Diu, “cogí 120 libras (35 euros) y una cámara de fotos pequeña”. James y Fabian me habían dicho que Diu había robado 600 libras (175 euros), una cámara y una radio, pero Diu insiste en que sólo fueron 120 libras y la cámara.

“El dueño del dinero me pilló y me pegó con un palo, era un oficial del ejército. Me llevó a la comisaria de Malakia y, allí, los oficiales de la Seguridad pública (un departamento de la Policía) me pegaron, me dieron muchos latigazos. Me metieron en un coche y me llevaron para que señalara a alguien. Yo señalé a unos chicos porque los policías me habían pegado. Los que señalé son amigos míos pero no estaban conmigo cuando fui y robé en la casa”.

En su traducción, James usa el verbo “lash” en inglés, que puede significar “dar latigazos”, “pegar con un palo” o “azotar”. Le pregunto qué quiere decir exactamente y hace el gesto y el ruido de dar latigazos. Miro a Diu y éste se da la vuelta y se levanta la camiseta, aún se pueden ver señales en su espalda y lo que me acaba de contar ocurrió el 31 de agosto, hace más de cinco meses.

Diu señaló a cinco chicos y todos fueron arrestados y llevados a la comisaría de Malakia. El 2 de septiembre fueron llevados ante el juez, quien dijo que Diu tenía que quedarse en la cárcel pero los otros cinco tenían que ser liberados por falta de pruebas. No se trató de un juicio sino de una vista judicial.

“De entrada, trajeron a los seis chicos a la prisión y el fiscal de la comisaría de Malakia tendría que haber venido a la cárcel y liberar a los otros cinco chavales, pero no ha venido nadie y nosotros no podemos encontrarlo porque no había ningún nombre de fiscal en la orden de arresto de estos chicos y en la comisaría nadie sabe nada”, me explica James, corroborando lo que ya me había dicho Fabian.

“La vida en la prisión no es buena, no tenemos ropa, la comida es mala, no tenemos un sitio adecuado para asearnos”, continúa Diu, que habla con mucha timidez, en voz muy baja. Se lo ve muy frágil, destila tristeza, tiende a mirar al suelo y apenas levanta la vista.

Mientras hablábamos con Diu, varios de los niños se han aburrido, se han levantado y se han ido. La escena es ahora más informal: James y yo sentados en sillas de plástico, Diu de pie frente a nosotros, algunos menores sentados o tumbados cerca de nosotros siguiendo la conversación y el resto de niños en grupos jugando, hablando, peleándose de broma, yendo de aquí para allá.

Le pregunto a James quiénes son los otros niños a los que Diu señaló. Él traduce mi cuestión y cuatro chicos levantan la mano y empieza a revolverse. Diu no los mira y lentamente se hace a un lado y se sienta en el suelo. Uno de los que había alzado la mano se adelanta, se pone en pie y comienza a hablar con indignación.

Se llama Angok Mum y dice tener 14 años. “Cuando la Seguridad pública vino al mercado de Custom (el mayor de Juba) con Diu, nosotros estábamos bebiendo soda en una bar. Diu dijo que éramos sus amigos, dijo que estábamos siempre juntos, pero nosotros no lo conocíamos. Nos metieron en el coche y nos llevaron a la comisaría de Malakia, nos torturaron para que aceptáramos que habíamos cogido el dinero, que Diu lo había compartido con nosotros”.

“Los de Seguridad pública nos pegaron en el bar, nos llevaron a la comisaría de Malakia y allí nos dieron latigazos. Pasamos allí la noche, por la mañana nos volvieron a pegar, nos llevaron al tribunal y el juez dijo que teníamos que ser liberados pero nos trajeron aquí y desde entonces no hemos vuelto al tribunal”, cuenta Angok hablando rápidamente, enfadado, mirando de vez en cuando a Diu. “Nos pegaron tantas veces que perdimos la cuenta”.

Mientras yo tomo notas en mi cuaderno, la mayoría de los niños que aún quedan se empiezan a aburrir, se levantan, se van. Diu sigue sentado en el suelo, triste, con la mirada baja.

“No hay nada bueno aquí en la cárcel, me han dejado aquí tirado y no estoy contento”, prosigue Angok. “No sé porqué me identificó, no somos amigos, aquí él va por su cuenta y yo voy por mi cuenta”.

Le agradezco su intervención y pido hablar con otro de los chicos identificados por Diu. Se levanta otro de ellos, dice que su nombre es Chol Achek y que también tiene 14 años. Repite la historia que ha contado Angok y añade algunos detalles:

“La Seguridad pública apareció con pistolas y nos encadenó juntos allí en el bar. No conocíamos a Diu, aunque sí lo veíamos por la calle. También arrestaron al dueño del bar, aunque luego lo liberaron”, asegura Chol.

Mientras hablábamos con Diu, Angok y Chol, un funcionario ha traído a Alphonse, que se ha sentado en una silla de plástico no lejos de nosotros. Alto, delgado, cabizbajo, de rostro amplio y con grandes ojos, no deja de tocarse los pies y los grilletes que le atenazan los tobillos. Los demás niños lo miran con respeto y desde la distancia, él simplemente los ignora.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (6)

El día siguiente, vuelvo a esperar a Fabian sentado en el mismo sillón y siendo acosado por las mismas moscas. Cuando aparece, sobre las 9 de la mañana, pasamos un rato en su oficina y más tarde dejamos la cárcel y nos dirigimos hacia la Comisión médica. Cruzamos el descampado frente a la prisión en el que hay una enorme montaña de basura y por el que pasean grupos de cabras que mordisquean lo primero que encuentran.

Evitamos la mierda de cabra, las tablas rotas y metales del suelo y pasamos junto a niños que se afanan lavando coches y no harán otra cosa hasta que caiga el sol sobre las 7 de la tarde. Aunque ahora es temprano por la mañana, ya hace mucho calor y al mediodía la temperatura superará los 40 grados

En 2009, la ONG francesa Niños del Mundo – Derechos Humanos (EMDH, en francés) publicó un informe en el que encontraron 1.200 niños que trabajaban o vivían en la calle en Juba. La mayoría no iba a la escuela y sus actividades más comunes eran la recogida de botellas de plástico, lavar coches o limpiar zapatos para así ganar algo de dinero para poder comprar comida.

Fabian gana 691 libras al mes (unos 200 euros) y dice que no puede permitirse tomar un boda-boda (mototaxi), así que vamos andando por las calles de tierra, piedras y llenas de agujeros en las que reinan los todoterrenos blancos de la ONU, las ONGs y del gobierno de Sudán del Sur.

Mientras caminamos, Fabian me pregunta qué come la gente en España, si arroz o judías. Le digo que en España la gente tiene suerte y puede comer de todo. “Pero yo solía hacerme pasta casi todos los días, es barata, fácil de hacer y está buena”, le cuento. “Pero, ¡cómo!, ¿y no te cocinaba tu mujer?”, me dice él sorprendido. Le digo que no estoy casado y entonces me pregunta: “¿Y cómo pagáis en España por una esposa, con dinero o con vacas?” Yo le digo que en España es diferente, que el hombre no “compra” a la mujer con dinero ni con vacas sino que, en teoría, una pareja se casa porque los dos, libremente, quieren. Fabian se ríe a carcajadas y repite negando con la cabeza, como si no pudiera creerlo: “¡Porque los dos, libremente, quieren!”

Llegamos a la Comisión médica, un amplio edificio de paredes medio en ruinas, pero el director no está y nos toca esperar. Cuando por fin aparece y podemos hablar con él, nos dice que necesitamos el impreso número 2 y que hemos de adquirirlo en otra oficina en el mismo recinto. Encontramos esta otra oficina, donde también nos toca esperar, y luego pedimos el impreso número 2, que cuesta dos libras (unos 60 céntimos). Entonces Fabian viene junto a mí y en voz baja me dice que si le puedo dar dos libras. Dudo un instante pero le acabo dando el dinero y nos dan el impreso número 2, que ahora tiene que ser mecanografiado a partir del informe médico que Fabian consiguió en octubre del año pasado y que asegura que Alphonse tiene 14 años. Pasar el impreso a máquina costará otras 30 libras (cerca de 9 euros). Pero el funcionario encargado de mecanografiar no está, así que dejamos en la oficina el impreso número 2 y el informe médico y nos dirigimos al Tribunal Supremo, que no está muy lejos.

El tribunal, como la Comisión médica, ocupa un gran edificio que se cae de viejo. Policías con diferentes uniformes están sentados en el patio a la sombra de un par de árboles. Dentro, más hombres uniformados se apiñan en las pequeñas oficinas y pasillos. No hay ni un ordenador a la vista, los policías y funcionarios están sentados en las sillas, en las mesas, beben té y ríen. Nadie habla inglés. Fabian habla en árabe con un hombre y le enseña los papeles del caso de los menores que llevan en la cárcel desde agosto, cuando uno de ellos fue torturado para identificar a los demás, y aún no han ido a juicio. El hombre los mira sin expresión. En Sudán del Sur, la gran mayoría de la población es analfabeta y esto incluye a los cuerpos de seguridad. Tras unos instantes, el hombre devuelve los papeles a Fabian, nos despide y nos vamos.

“Me ha dicho que tengo que llevar los informes a la comisaría de Malakia, donde fueron llevados los menores, y encontrar al fiscal del caso, lo que es un problema, porque en la orden de arresto no aparecía el nombre de ningún fiscal”, me dice Fabian, y me cuenta que ya ha ido otras veces a esa comisaría y allí nadie sabe nada del caso. Mientras tanto, los menores llevan ya más de cinco meses en la cárcel sin juicio y cinco de ellos fueron arrestados sin pruebas.

Mientras caminamos de vuelta a la prisión, Fabian me habla sobre el método de ejecución empleado en la cárcel: la horca. Me cuenta cómo hay una fórmula para colgar a los condenados a muerte. “Te miden y te pesan para regular la horca. Si no está bien regulada, la horca le puede cortar la cabeza al condenado. Si esto ocurre, los encargados de regularla son encarcelados”, describe Fabian. “Si todo se hace bien, el condenado debería morir en unos 15 minutos, pero si por ejemplo tarda 20, entonces ha habido un error de cálculo”, y se ríe.

Llegamos a la prisión. Fabian desaparece y yo paseo por el patio saludando a guardas aquí y allá. Veo a Chol, un preso adulto condenado a 10 años por asesinato. Lo entrevisté hace unas semanas y lo he vuelto a ver varias veces durante otras visitas. Me abraza y hablamos sobre el referéndum y la futura independencia de Sudán del Sur.

Pero Fabian vuelve a aparecer con una enorme sonrisa y me dice que el pastor de la prisión le ha dado las 30 libras que hacen falta para recoger el impreso número 2 que certificará que Alphonse tiene 14 años y, por ley, no puede ser ejecutado. Me dice que va a volver a la Comisión médica a ver si el impreso número 2 ya está listo y le digo que lo acompaño.

Llegamos de nuevo al viejo edificio y el impreso número 2 sí ha sido mecanografiado. Lo recogemos y lo llevamos a la oficina del director, donde de nuevo tenemos que esperar. Finalmente, el director lo lee y lo firma, y ahora tenemos que volver a la primera oficina para que lo sellen. Tras volver a esperar, la funcionaria pone el sello en el impreso número 2, Fabian paga las 30 libras y le devuelven el impreso sellado y un recibo. Me enseña el recibo y me dice que la madre de Alphonse tendrá que pagar las 30 libras al pastor de la prisión.

“¿Y cuál es el proceso ahora?”, le  pregunto a Fabian mientras salimos del recinto de la Comisión médica. “Ahora tengo que mecanografiar todos mis informes, adjuntar este certificado y enviar todo al director de la prisión y, si él lo aprueba, entonces lo enviaremos al juez y el juez decidirá si cambia oficialmente la edad de Alphonse a 14 años”, me explica él. Esto puede durar semanas o meses y podría acabar de todos modos con el juez insistiendo en que Alphonse es mayor de edad y que ha de ir a la horca.

“¿Y cuándo voy a entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la cárcel sin juicio porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura?”, le vuelvo a preguntar. “Mañana, mañana”, me responde él sin dejar de sonreír, “ahora creo que debes irte y ya nos veremos mañana”. Mientras nos despedimos, Fabian baja la voz, me coge del brazo y me dice: “¿No tendrás cinco libras (1,5 euros)?, me gustaría desayunar…” Lo miro durante unos segundos y le doy cinco libras. “¡Muchas gracias, hasta mañana!”, me dice mientras se encamina de vuelta a la prisión y yo me quedo junto a la entrada de la Comisión médica sin saber muy bien qué pensar.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.