Si la cerveza pudiera tener el efecto contrario, haciendo que quien la bebe parezca irresistiblemente atractivo… Bueno, la buena noticia es que la cerveza sí tiene ese efecto. La mala es que a quien atrae es a los mosquitos de la malaria.
El bloguero Ed Yong explica con su claridad habitual (en inglés) el reciente descubrimiento de un equipo de investigadores comandados por Thierry Lefèvre (que será un buen científico pero no un gran diseñador web).
Lefèvre y su equipo llevaron a cabo un curioso experimento en Burkina Faso. Montaron dos tiendas de campaña y recrutaron a 43 hombres para que, por turnos, fueran ocupando una de las tiendas mientras la otra permanecía vacía. Ambas tiendas estaban conectadas en un esquema con forma de Y a una caja llena de mosquitos Anopheles gambiae, que son los que transmiten la malaria (también conocida como paludismo en español). De hecho, en la caja sólo había mosquitas, ya que en cuanto a mosquitos son sólo las hembras las que pican (fíjate bien y, si el mosquito que va hacia ti es macho, no tienes de qué preocuparte). Pero los investigadores no fueron tan malvados y pusieron una red mosquitera entre las tiendas y los mosquitos para evitar que éstos pudieran picar a los burkineses. El caso. Una vez en la tienda, cada uno de los 43 voluntarios tenía que beberse un litro de agua o un litro de cerveza (¿qué habrías elegido tú?). Y un rato después los investigadores liberaban a los mosquitos y contaban cuántos se dirigían desde su caja a las tiendas de campaña y, de éstos, cuántos iban a la tienda vacía y cuántos a la ocupada por uno de los hombres.
Cuando el burkinés había bebido agua, un cierto número de mosquitos volaban desde la caja a las tiendas y de éstos, unos cuantos iban a la tienda. Hasta ahí todo normal, pero Lefèvre y compañía descubrieron que cuando el voluntario había bebido cerveza, más mosquitos volaban desde la caja a las tiendas y, de éstos, se dirigía a la tienda ocupada por la persona una mayor proporción que cuando el voluntario había bebido agua.
Conclusión, a las mosquitas de la malaria también les gusta la birra y beberla hace que incremente el riesgo de contraer la malaria tras ser picado por una de ellas.
Más allá de la curiosidad científica, este descubrimiento es importante porque ayuda a entender un poco más porqué estos mosquitos pican a unas personas mucho más que a otras. De hecho, y como también comenta Ed, otra investigación descubrió hace 5 años que un 20 por cien de las personas recibe el 80 por cien de las picaduras (y yo, me temo, pertenezco a ese 20 por cien).
Se sabe que los mosquitos se guían por el calor de nuestros cuerpos, por el dióxido de carbono que emitimos al respirar y por el olor corporal – pero no se sabe qué olores prefieren los mosquitos ni porqué. Y en el caso de la malaria, avanzar en ese conocimiento podría significar salvar cientos de miles de vidas al año.
La Organización Mundial de la Salud dice que la mitad de la población mundial podría llegar a estar en riesgo de contraer malaria. En 2008 hubo 243 millones de casos, de los que 863.000 resultaron en muerte. Y el 89 por cien de estas muertes, 767.000, se produjeron aquí, en África.
Para empeorar las cosas, no existe vacuna contra la malaria. ¿Por qué? Por diferentes razones que se pueden resumir en dos: el causante de la malaria es un parásito, no un virus ni una bacteria; los parásitos son más complicados y, de hecho, aún no se ha conseguido crear una vacuna contra ningún parásito. Y otro posible motivo, según muchos críticos, es simplemente que como la malaria afecta principalmente al Tercer Mundo, que es un mercado muy pobre, las grandes farmacéuticas occidentales no han destinado demasiados recursos financieros ni humanos a la investigación de una vacuna contra la malaria.

Cerveza Tusker, más típica en Kenia que un león, una jirafa y un elefante juntos (Imagen: dominio público)
Además, la malaria sólo se transmite por una transfusión de sangre infectada, de madre infectada a hijo durante el embarazo – y por la picadura del famoso mosquito Anopheles, que es la causa principal y más común. Como no hay vacuna, la mejor forma de protegerse contra la malaria es ponerse una crema (o spray o lo que sea) anti-mosquitos lo suficientemente potente (los mosquitos de aquí no son como los de España: éstos son tan grandes que a veces parece que se te van a poner a hablar en cualquier momento) y/o dormir protegido por una mosquitera, porque los mosquitos de la malaria empiezan a picar al anochecher. Y ambas cosas no están tan disponibles en el África sub sahariana como debieran y, de todas formas, gran parte de la población es tan pobre que no puede permitírselas y por eso casi todas las muertes acontecen aquí.
Así que conocer los mecanismos que mueven a estos mosquitos es clave en la lucha contra la malaria porque podría conducir a tratamientos protectores más individualizados y eficaces o, incluso, a tratar directamente a los mosquitos para modificarlos genéticamente y que no se sientan atraídos por humanos o que desarrollen algún tipo de protección contra la malaria para así dejar de transmitirla.
Mientras tanto, y aun a riesgo de aumentar mi atractivo hacia los mosquitos, yo alzo mi Tusker y brindo por investigadores como éstos y por Ed, que nos hace llegar sus descubrimientos.


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