Quizá fue por suerte o casualidad pero, en el año y pico que viví en Nairobi y en el mes y medio que pasé en Kampala, nadie me pidió un soborno. Sin embargo, a las pocas horas de estar en sur Sudán, ya había tenido que decir que no a dos supuestos funcionarios. Y días después, en el viaje de vuelta de Yambio a Juba, habría una tercera vez.
Entré en sur Sudán por carretera desde Kampala, donde días antes había conseguido mi permiso de viaje del gobierno de sur Sudán (GoSS). En la frontera, tuvimos que pasar por inmigración para salir de Uganda y para entrar en sur Sudán. Ya en la oficina en el lado sudanés, había que empujar y hacerse un hueco usando los codos si querías que te sellaran tu permiso. Mientras todos nos apelotonábamos, una de las personas detrás de las mesas era una chica que estaba poniendo sellos y tenía un libro en el que tenías que escribir tu nombre. Conseguí llegar casi hasta ella y ya sólo había dos chicas kenianas delante de mí. La ‘funcionaria’ les selló sus permisos, las chicas escribieron sus nombres y entonces la funcionaria les pidió 5 libras sudanesas (alrededor de 1,5 euros) a cada una. Las kenianas se sorprendieron, “¿5 libras?, ¿por qué?” “Porque, porque son 5 libras”, les respondió la funcionaria. Y las chicas kenianas pagaron.
Me llegó el turno, le di mi permiso a la funcionaria, lo selló, escribí mi nombre en el libro y entonces me pidió a mí también 5 libras. “No”, le dije. La funcionaria me miró durante un segundo y luego dijo, “Ok”. Y salí de la oficina.

El permiso de viaje del GoSS
Más adelante, cuando ya estábamos muy cerca de Juba, un supuesto control policial detuvo el autobús. Entraron varios tíos jóvenes sin uniforme pero diciendo que eran policías. De forma bastante agresiva y en un inglés algo básico, nos ordenaron a todos bajar con nuestras bolsas. Todas las maletas, cajas, paquetes y demás de los pasajeros estaban entre los asientos del autobús con nosotros. Salimos todos y yo me bajé mi mochila pequeña pero dejé la grande con toda la ropa y tal en el autobús. Al salir, me pidieron el pasaporte y cuando vieron que era español dijeron entre sonrisas, “¡Europeo!” Y yo, “Ehm, sí, je je”. Y el que parecía el jefe, “A mí me gustaría ir a Europa, ¿qué te parece?” Y se empezó a reír a carcajadas y yo pasé de largo y me quedé allí al lado esperando a ver.
Bueno, pues estamos todos fuera asándonos bajo el sol mientras los ‘policías’ registraban el interior y entonces sale del autobús el supuesto jefe y empieza a gritar en inglés. “¡Sois todos unos estúpidos!, ¡estúpidos! ¡No entendéis nada! Os digo que bajéis las bolsas y qué hacéis, ¡las dejáis adentro! ¡No entendéis nada!” Varios de los pasajeros, de hecho, no entendían bien el inglés y no se estaban enterando demasiado del tema. Pero yo, literalmente, me quedé mirándo al tipo con la boca abierta. Él también me miró, sonrió y dijo, “No, pero contigo no pasa nada, no te preocupes”. Y yo, “¿Qué?”. Y el tío, “No te preocupes, ven”. Me acerco y él, “Contigo todo está bien, no hay problema, pero estos estúpidos no saben nada, no entienden el inglés”, me dijo con su inglés bastante básico y señalando a los demás pasajeros. Entonces, otro de los ‘policías’ quiso registrar mi mochila pero el jefe no le dejó y me dijo, “Sube, tú puedes esperar dentro”. Así que me volví a meter en el autobús mientras oía murmurar a los demás pasajeros y decir, “…mzungu”. ‘Mzungu’ es ‘persona blanca’ en swahili y luganda y la mayoría de los pasajeros eran kenianos y ugandeses, hablantes de esos idiomas. Yo era el único blanco entre los pasajeros.
Ya dentro y mientras los policías registraban las maletas y cajas sin mucho cuidado, llegaron a mi mochila grande y les dije que era mía. Uno de ellos se disponía a abrirla pero el ‘jefe’ lo detuvo y me llamó y me pidió que la abriera. Precisamente pensando en este tipo de situaciones, siempre dejo la ropa sucia arriba del todo, con la idea de desanimar a quien esté registrando la mochila o la maleta. Pero el tipo me hizo rebuscar un poco por dentro y vio varias bolsas de plástico y me dice, “¿Y qué llevas ahí?”, y yo, estúpidamente, “Pues, cosas para trabajar, medicinas…” Y él, “¿Medicinas?, ¿qué tipo de medicinas?” Y yo, mierda, “Pues para el estómago y tal”. Y él, “Ah, ¿y no puedes darme unas cuantas?, me vendrían muy bien”. Y yo, “No tío, las necesito para mí”, y él se me quedó mirando, me sonrió y me dijo, “Va, está bien, puedes cerrarla”.
Me volví a mi sitio y un largo rato después permitieron subir a los demás pasajeros y pudimos continuar el viaje. Algo más tarde, 14 horas después de haber salido de Kampala, llegábamos por fin al ‘bus park’ de la capital y pude poner el pie en Juba.