Escenas de sur Sudán #1

“Hey chavales, ¿qué hacéis aquí dentro?, fuera tenemos margaritas, ¡y son gratis!”. Se refiere a la bebida, no a la flor, y por su cara rosada y su risa fácil, parece que el hombre ya se ha tomado unas cuantas.

A los dos minutos, el tipo, uno de los dueños o jefes de este sitio, vuelve con dos margaritas. Una es para mí y la verdad es que está muy buena, casi granizada. Fuera, suena a toda hostia Living la vida loca, de Ricky Martin, en su versión en español. La puerta está cerrada para que el aire acondicionado surja efecto, pero cada vez que alguien la abre, nuestras voces quedan ahogadas por la de Ricky. Mis compañeros de mesa, un periodista, una cooperante y un trabajador en una empresa privada, los tres norteamericanos, discuten qué bar ofrece la mejor pizza en la ciudad.

Estamos en una especie de hotel bastante pijo que tiene una de las mejores conexiones de internet de Juba (al menos entre las que yo conozco). En lugares como Juba, donde a veces es complicado encontrar un sitio con electricidad, parte de tu trabajo como periodista es encontrar los mejores sitios para conectarte a internet. Los periodistas, que en el fondo tampoco somos tan cabrones (al menos la mayoría), compartimos información y recursos como contraseñas de las conexiones de hoteles que sólo ofrecen internet a sus huéspedes. Pero lo bueno de este sitio es que está en mi calle y que con cualquier consumición, aunque sea una botella de agua, te dan una hora de internet gratis. Además, el hombre de las margaritas nos cuenta, fuera están preparando una barbacoa a la que podemos unirnos, esta vez, presumiblemente, pagando un buen dinero.

Mi calle en Juba

Mi calle en Juba

Antes, aún aquí, otros dos periodistas y yo hablábamos con una cooperante británica que ha vivido bastante tiempo entre Khartoum y Juba y con un sur sudanés educado en Estados Unidos y que acaba de ser contratado por el gobierno de sur Sudán. Ella se queja de que la comunidad internacional y sobre todo occidental -diplomáticos, empresas, ONGs…- está imponiendo sus valores y su forma de hacer las cosas a los sur sudaneses. Lamenta que éstos apenas tengan voz o voto en la construcción de su propio país. Se queja de que los ‘mzungus’ (personas blancas) en Juba apenas se mezclan con la población local.

Estoy de acuerdo con ella en gran parte. Pero ocurre que ella misma es occidental y que es ella la que propuso este sitio para reunirnos. Miro a mi alrededor: todos somos blancos – excepto los camareros. En la televisión por satélite repiten imágenes del Newcastle – Liverpool de ayer. En el buffet, salchichas, bacon, ‘pancakes’ y todo lo que necesitas para prepararte un ‘English’ o ‘American breakfast’. Y ocurre que somos cuatro occidentales y un sur sudanés educado en Estados Unidos los que estamos hablando de cómo reconstruir sur Sudán. Rodeados de empleados de empresas privadas (la mayoría de clientela de este hotel) que, en lugar de hablar, están literalmente construyendo este nuevo país haciendo negocios.

¿Qué hacer? El país lleva sólo cinco años en paz tras 22 años de guerra civil. La mayoría de la población no ha conocido en vida otra cosa que la guerra. El 74 por cien son analfabetos (según UNFPA). El Estado prácticamente no existe. Juba, la capital, no tiene agua corriente y gran parte de la ciudad depende de generadores particulares para tener electricidad. No hay servicios públicos. Y en el resto del país, la situación es aun más precaria. Aunque el referéndum sea pací­fico y sur Sudán obtenga su independencia sin problemas, los retos por delante son enormes. En el mismo momento de ganar su independencia, el país podría pasar a ocupar el último lugar de varias clasificaciones internacionales de economía y desarrollo.

¿Qué hacer? Va, tranquilos, no pasa nada. Para eso estamos aquí los blancos, para construirles su propio país a los sur sudaneses. Mientras tanto, ellos que sigan viviendo en sus chabolas, que los mayores sigan con sus trabajos de mierda, que los niños sigan sin ir a unas escuelas que carecen de recursos.

“Muchos sur sudaneses se quejan y me dicen que esperaban algo más del tratado de paz que conseguir trabajos como chachas de los ricos y los blancos”, nos dice la cooperante. Por supuesto, no todo es blanco y negro sino que hay infinitos matices de gris. Esta chica seguramente está haciendo un buen trabajo, e indudablemente con su mejor intención. El problema es que la enorme presencia de la comunidad internacional -sobre todo occidental- en sur Sudán, incluso suponiéndole la mejor de las intenciones, tiene muchos efectos perversos. Crea desigualdad y contribuye a que la élite sur sudanesa, ya de entrada educada en Europa o América, se relacione sólo con los blancos y olvide a sus ciudadanos. Crea puestos de trabajo entre la comunidad local que no son productivos ni sostenibles. Crea resentimiento cuando los blancos y ricos se pasean en sus ruidosos 4×4 blancos entre los sudaneses que caminan porque no pueden permitirse ni coger un boda-boda. Y, al menos por lo que yo he podido ver en estas semanas, no está contribuyendo gran cosa al desarrollo material de sur Sudán.

Sí, en fin, que no se preocupe la población local, que ya estamos aquí los blancos, aunque la verdad es que lo de construir un país es aburrido y cansa y cuesta. Así que mejor nos venimos a este hotel, vemos la Premier League en la televisión por satélite, nos tomamos unas cuantas margaritas gratis, disfrutamos del aire acondicionado y, de paso, escribimos historias en nuestros blogs.

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