‘Condenado a muerte con 14 años’ (4)

Vamos y cruzamos el portón que da acceso al patio y a las celdas. El patio es amplio, tiene el suelo de tierra y está dividido en dos partes por una verja. De nuevo, el calor, la luz, el polvo. Dentro de la parte separada por la verja, a nuestra derecha, hay unos pocos árboles y un toldo de metal que dan algo de sombra. Los presos se concentran allí, sentados en el suelo, intentando huir del sol cegador de Juba. Otros reclusos están sentados junto al muro a nuestra izquierda, donde también hay una estrecha franja de sombra. Apenas hay movimiento, casi nadie camina y las conversaciones lo son en voz baja. Cuando entramos, todos nos miran, me miran, con una cierta curiosidad resignada. Nadie me saluda o me dedica ningún gesto. Avanzamos por el patio y cuando nos vamos a introducir entre dos estancias a la izquierda, uno de los presos sí se levanta, se acerca y me saluda con educación y me tiende la mano. Le doy la mano y le respondo el saludo y continuamos hacia el ala donde están los menores.

Entonces Fabian ríe y me dice que el único recluso que me ha saludado es uno de los enfermos mentales.

Cruzamos una puerta que da acceso al ala de los presos políticos. Seguimos hacia detrás de una de las estancias y, bajo un toldo metálico, están los menores de pie, en filas, esperando. Llevan ropas sucias y rotas. Algunos son bastante altos y todos tienen cara de niño, están muy delgados y me miran expectantes. En cuanto me ven, empiezan a cantar una canción mientras dan palmas y se mueven rítmicamente. Tengo la sensación de estar en una escuela y este recibimiento me hace sentir de nuevo algo mezquino.

Cuando la canción acaba, todos se sientan en el suelo en filas y me siguen mirando con ojos enormes, con intensidad, algunos con la boca abierta, otros con sonrisas de emoción. Me llama la atención un niño sentado al frente. Por su cara, podría tener 9 ó 10 años y me mira sin dejar de sonreír y con los ojos brillantes.

Fabian les dice que soy amigo de Fernando y que les he traído algunos regalos de navidad. Todos aplauden. Los niños apenas hablan inglés. A través de Fabian, les agradezco la canción y el baile y les digo que Fernando les dice hola y todos vuelven a aplaudir.

Ya sentados frente a ellos, les digo que me gustaría oír sus historias y pregunto que quién quiere hablar conmigo. Uno de los que parecen más mayores levanta la mano y luego se pone en pie. Es más alto que yo. Le pregunto cómo se llama y dice con confianza y energía: “¡Mangar Abuc Malnal!”. Los demás niños ríen y algunos empiezan a corear su nombre: “¡Mangar Abuc Malnal, Mangar Abuc Malnal!”

“¿Qué hiciste, por qué estás en prisión?”, le pregunto a Mangar, que dice tener 16 años. “Soy un dinka y maté a otro chico de mi tribu, nos peleamos y lo maté con una lanza”, responde él con naturalidad y Fabian y algunos de los niños ríen tras la respuesta.

Mangar dice que se entregó él mismo a la policía en julio de 2009 en Kaya, su poblado natal, cerca de la frontera con Uganda. Tras pasar 13 días en la comisaría, donde dice que la policía le pegó, lo enviaron a esta prisión y estuvo aguardando juicio hasta diciembre pasado. Entonces, fue condenado a pagar 30.000 libras como “dinero de sangre” y a tres años de cárcel, que empezaron a contar desde diciembre.

Le pregunto a Mangar cómo es la vida en prisión. “El balón de fútbol que teníamos está estropeado y ahora no tenemos nada que hacer, así que nos pasamos el día sin hacer nada y pensando”. Fabian me dice entonces que fue precisamente Fernando quien trajo el balón que ahora está pinchado.

Pero Mangar continúa: “Antes, cuando podíamos jugar a fútbol, me podía olvidar del problema que me trajo aquí pero ahora pienso mucho sobre este problema. Me arrepiento de lo que hice porque fuera podía andar adonde quisiera y podía hacer lo que quisiera”.

“La comida tampoco es buena”, sigue contando Mangar, “no está bien cocinada y a veces encontramos gusanos en la salsa, además, nos dan de comer cosas que yo nunca había visto fuera de aquí”. La comida consiste en una taza de té por las mañanas y en “posho” (harina de maíz), tapioca y judías a mediodía y por la noche. Una vez por semana, comen arroz con verduras y a veces algo de carne.

“Pero lo peor es la falta de educación”, asegura Mangar. “Necesito que me enseñen desde la mañana a la noche, quiero seguir estudiando y cuando salga de aquí y me gradúe, ¡llegaré a ser presidente o ministro!”, dice mientras los demás niños y Fabian se ríen.

Le pregunto a Mangar qué le gustaría que cambiara en la prisión y él responde sin dudar y de carrerilla: “Que nos cambien las sábanas y los colchones, que mejoren el alojamiento, que nos den un balón de fútbol y que vuelva a abrir la escuela para que podamos olvidar”.

Las clases han parado hasta febrero por las vacaciones de navidad y por la celebración del referéndum. Cuando hay escuela, los niños tienen hora y media de clase al día de lunes a viernes y en la cárcel se ofrecen sólo los cuatro primeros cursos de primaria. La mayoría de los profesores son presos adultos.

Mangar se sienta satisfecho, yo pregunto entonces quién es el más pequeño de entre todos ellos y varios niños señalan precisamente al que está sentado en la primera fila y me mira sin dejar de sonreír.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

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