‘Condenado a muerte con 14 años’ (5)

Le pregunto cómo se llama y cuántos años tiene y en voz muy baja y con timidez dice que su nombre es James Kenyi Wan y que tiene ocho años. James tiene los ojos grandes y una bonita sonrisa y no puedo evitar pensar que sería perfecto para anuncios de televisión o en revistas. Le pregunto que porqué está en la cárcel. “Cogí 200 libras del dinero de mi padre y él me llevó al cuartel de policía de Malakia (una de las zonas de Juba) y luego me trajeron aquí”, responde él. Fabian me dice que fue en diciembre y que James aún no ha sido presentado ante un juez.

“¿Por qué cogiste el dinero?”, le pregunto yo. “Para comprarme ropa, dulces y otras cosas”, dice James, que está constantemente tocándose y masajeándose los pies descalzos. Además, me fijo que tiene las delgadas piernas llenas de marcas. “¿Por qué te tocas los pies?, ¿te duelen, te pasa algo?”, le pregunto. Él me mira divertido: “Me duelen porque no tengo sandalias y tengo que andar descalzo y jugaba a fútbol descalzo”, responde mientras los demás niños ríen. Le pregunto cuál es su equipo favorito y James dice que el Arsenal. “¿Y quién es tu jugador favorito del Arsenal?” “¡Adebayor!”, responde él con una gran sonrisa. El togolés Emanuel Adebayor fue jugador del Arsenal hasta hace más de dos años, cuando fichó por el Manchester City. Cuando hablé con James, Adebayor acababa de ser cedido al Real Madrid hasta final de esa temporada.

Les pregunto en general a todos que cuáles son sus equipos favoritos. Todos quieren hablar a la vez y se arma algo de revuelo: “¡Arsenal!”, dice la mayoría. “¡No, Manchester United!”, dicen otros. Unos pocos responden que Chelsea o Liverpool y de repente Mangar dice: “¡Pero también nos gusta Ghana!”, y todos rugen y aplauden mientras repiten: “¡Ghana, Ghana!”. La selección de fútbol de Ghana fue el equipo africano que llegó más lejos en el pasado Mundial, del que fue eliminada en cuartos de final por Uruguay.

Poco a poco la cosa se calma y yo sigo interrogando a James. Le pregunto si sus padres lo visitan y él niega con la cabeza. Fabian me dice que los padres de los menores pueden venir a visitarlos a diario pero que los de James no han venido ni una sola vez.

Le pregunto a James qué tal es la vida en prisión. “Cuando tenemos balón de fútbol y cuando hay escuela, aquí no se está mal”, responde él sonriendo. “Aunque la comida podría ser mejor”.

Le pregunto cómo se llevan entre ellos los niños. “Aquí todos somos hermanos, entre nosotros no nos peleamos”, responde James. “A veces, los mayores sí que nos pegan cuando vamos al patio grande donde están ellos, no les gusta que vayamos por allí”.

Se acaba el tiempo y nos tenemos que marchar. Fabian y otro funcionario reparten los paquetes de galletas y la mayoría de los niños no parecen muy emocionados. Me despido de ellos y les agradezco que hayan hablado conmigo y ellos se despiden y algunos aplauden otra vez.

Le digo a Fabian que quiero ver las celdas en las que duermen los menores y me conduce a la entrada de la estancia junto a la que hemos estado sentados. Dentro, se trata de una sola habitación de unos cuatro metros de ancho por unos 15 de largo. A lo largo de las dos paredes se aprietan unos 15 colchones de espuma, son muy finos y están raídos y cubiertos por sábanas viejas y sucias. Algunos niños nos han seguido al interior. Mangar señala uno de los colchones y dice que en cada uno duermen tres niños. Algunas redes mosquiteras penden del techo sobre los colchones, aunque no hay suficientes y están llenas de agujeros.

Cuando salimos de la habitación, Fabian señala frente a nosotros, donde unos trabajadores están realizando una obra en una estancia casi igual a la que acabamos de dejar. Me dice que cuando esté lista, la mitad de los niños se trasladarán a ésa y así todos tendrán más espacio. Cuando nos vamos a ir y me estoy despidiendo otra vez de los niños, uno de ellos viene y me dice tímidamente y con educación: “Por favor, señor, ¿nos puede traer pilas la próxima vez que venga?”, mientras me enseña un anticuado aparato de radio y continúa, “es para que así podamos escuchar las noticias”. Le digo que de acuerdo y entonces Mangar grita desde detrás: “¡Cuatro, necesitamos al menos cuatro pilas, por favor!”.

Salimos del ala donde están los menores y cuando andamos por el patio hacia el portón, Fabian me dice que es aquí donde los niños juegan a fútbol. “Pero a los mayores no les gusta y les pegan, ¿no?”, digo yo, y Fabian sólo ríe.

De vuelta en su oficina, le sigo preguntando a Fabian por la tortura y él me cuenta: “En los cuarteles de policía te pegan, utilizan fuego u otros objetos para que digas la verdad. De hecho, los arrestados quieren que los traigan a la cárcel lo antes posible porque saben que aquí no torturamos a nadie”.

Pero Fabian insiste en que tengo que irme y quedamos en vernos mañana para ir a la Comisión médica a intentar conseguir el certificado con la edad real de Alphonse y al Tribunal Supremo para intentan revisar el caso de los seis menores que fueron arrestados en agosto y aún no han ido a juicio. Yo le recuerdo que aún tengo que entrevistar a Alphonse y a esos seis menores de los cuales uno de ellos señaló a los otros bajo tortura. “Mañana no puede ser, los verás pasado mañana, el viernes”, me asegura él y espero que sea verdad, porque dos días después, el domingo, me he de marchar de Juba.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

One thought on “‘Condenado a muerte con 14 años’ (5)

  1. MARIBEL LEZCANO

    Me ha encantado que hayas hecho otro reportaje y saber que Alphonse tiene gente que se interesa por ayudarle . Por favor sigue poniendo noticias según vayas teníendolas. Muchas gracias José y en horabuena. Un saludo.

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