‘Condenado a muerte con 14 años’ (6)

El día siguiente, vuelvo a esperar a Fabian sentado en el mismo sillón y siendo acosado por las mismas moscas. Cuando aparece, sobre las 9 de la mañana, pasamos un rato en su oficina y más tarde dejamos la cárcel y nos dirigimos hacia la Comisión médica. Cruzamos el descampado frente a la prisión en el que hay una enorme montaña de basura y por el que pasean grupos de cabras que mordisquean lo primero que encuentran.

Evitamos la mierda de cabra, las tablas rotas y metales del suelo y pasamos junto a niños que se afanan lavando coches y no harán otra cosa hasta que caiga el sol sobre las 7 de la tarde. Aunque ahora es temprano por la mañana, ya hace mucho calor y al mediodía la temperatura superará los 40 grados

En 2009, la ONG francesa Niños del Mundo – Derechos Humanos (EMDH, en francés) publicó un informe en el que encontraron 1.200 niños que trabajaban o vivían en la calle en Juba. La mayoría no iba a la escuela y sus actividades más comunes eran la recogida de botellas de plástico, lavar coches o limpiar zapatos para así ganar algo de dinero para poder comprar comida.

Fabian gana 691 libras al mes (unos 200 euros) y dice que no puede permitirse tomar un boda-boda (mototaxi), así que vamos andando por las calles de tierra, piedras y llenas de agujeros en las que reinan los todoterrenos blancos de la ONU, las ONGs y del gobierno de Sudán del Sur.

Mientras caminamos, Fabian me pregunta qué come la gente en España, si arroz o judías. Le digo que en España la gente tiene suerte y puede comer de todo. “Pero yo solía hacerme pasta casi todos los días, es barata, fácil de hacer y está buena”, le cuento. “Pero, ¡cómo!, ¿y no te cocinaba tu mujer?”, me dice él sorprendido. Le digo que no estoy casado y entonces me pregunta: “¿Y cómo pagáis en España por una esposa, con dinero o con vacas?” Yo le digo que en España es diferente, que el hombre no “compra” a la mujer con dinero ni con vacas sino que, en teoría, una pareja se casa porque los dos, libremente, quieren. Fabian se ríe a carcajadas y repite negando con la cabeza, como si no pudiera creerlo: “¡Porque los dos, libremente, quieren!”

Llegamos a la Comisión médica, un amplio edificio de paredes medio en ruinas, pero el director no está y nos toca esperar. Cuando por fin aparece y podemos hablar con él, nos dice que necesitamos el impreso número 2 y que hemos de adquirirlo en otra oficina en el mismo recinto. Encontramos esta otra oficina, donde también nos toca esperar, y luego pedimos el impreso número 2, que cuesta dos libras (unos 60 céntimos). Entonces Fabian viene junto a mí y en voz baja me dice que si le puedo dar dos libras. Dudo un instante pero le acabo dando el dinero y nos dan el impreso número 2, que ahora tiene que ser mecanografiado a partir del informe médico que Fabian consiguió en octubre del año pasado y que asegura que Alphonse tiene 14 años. Pasar el impreso a máquina costará otras 30 libras (cerca de 9 euros). Pero el funcionario encargado de mecanografiar no está, así que dejamos en la oficina el impreso número 2 y el informe médico y nos dirigimos al Tribunal Supremo, que no está muy lejos.

El tribunal, como la Comisión médica, ocupa un gran edificio que se cae de viejo. Policías con diferentes uniformes están sentados en el patio a la sombra de un par de árboles. Dentro, más hombres uniformados se apiñan en las pequeñas oficinas y pasillos. No hay ni un ordenador a la vista, los policías y funcionarios están sentados en las sillas, en las mesas, beben té y ríen. Nadie habla inglés. Fabian habla en árabe con un hombre y le enseña los papeles del caso de los menores que llevan en la cárcel desde agosto, cuando uno de ellos fue torturado para identificar a los demás, y aún no han ido a juicio. El hombre los mira sin expresión. En Sudán del Sur, la gran mayoría de la población es analfabeta y esto incluye a los cuerpos de seguridad. Tras unos instantes, el hombre devuelve los papeles a Fabian, nos despide y nos vamos.

“Me ha dicho que tengo que llevar los informes a la comisaría de Malakia, donde fueron llevados los menores, y encontrar al fiscal del caso, lo que es un problema, porque en la orden de arresto no aparecía el nombre de ningún fiscal”, me dice Fabian, y me cuenta que ya ha ido otras veces a esa comisaría y allí nadie sabe nada del caso. Mientras tanto, los menores llevan ya más de cinco meses en la cárcel sin juicio y cinco de ellos fueron arrestados sin pruebas.

Mientras caminamos de vuelta a la prisión, Fabian me habla sobre el método de ejecución empleado en la cárcel: la horca. Me cuenta cómo hay una fórmula para colgar a los condenados a muerte. “Te miden y te pesan para regular la horca. Si no está bien regulada, la horca le puede cortar la cabeza al condenado. Si esto ocurre, los encargados de regularla son encarcelados”, describe Fabian. “Si todo se hace bien, el condenado debería morir en unos 15 minutos, pero si por ejemplo tarda 20, entonces ha habido un error de cálculo”, y se ríe.

Llegamos a la prisión. Fabian desaparece y yo paseo por el patio saludando a guardas aquí y allá. Veo a Chol, un preso adulto condenado a 10 años por asesinato. Lo entrevisté hace unas semanas y lo he vuelto a ver varias veces durante otras visitas. Me abraza y hablamos sobre el referéndum y la futura independencia de Sudán del Sur.

Pero Fabian vuelve a aparecer con una enorme sonrisa y me dice que el pastor de la prisión le ha dado las 30 libras que hacen falta para recoger el impreso número 2 que certificará que Alphonse tiene 14 años y, por ley, no puede ser ejecutado. Me dice que va a volver a la Comisión médica a ver si el impreso número 2 ya está listo y le digo que lo acompaño.

Llegamos de nuevo al viejo edificio y el impreso número 2 sí ha sido mecanografiado. Lo recogemos y lo llevamos a la oficina del director, donde de nuevo tenemos que esperar. Finalmente, el director lo lee y lo firma, y ahora tenemos que volver a la primera oficina para que lo sellen. Tras volver a esperar, la funcionaria pone el sello en el impreso número 2, Fabian paga las 30 libras y le devuelven el impreso sellado y un recibo. Me enseña el recibo y me dice que la madre de Alphonse tendrá que pagar las 30 libras al pastor de la prisión.

“¿Y cuál es el proceso ahora?”, le  pregunto a Fabian mientras salimos del recinto de la Comisión médica. “Ahora tengo que mecanografiar todos mis informes, adjuntar este certificado y enviar todo al director de la prisión y, si él lo aprueba, entonces lo enviaremos al juez y el juez decidirá si cambia oficialmente la edad de Alphonse a 14 años”, me explica él. Esto puede durar semanas o meses y podría acabar de todos modos con el juez insistiendo en que Alphonse es mayor de edad y que ha de ir a la horca.

“¿Y cuándo voy a entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la cárcel sin juicio porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura?”, le vuelvo a preguntar. “Mañana, mañana”, me responde él sin dejar de sonreír, “ahora creo que debes irte y ya nos veremos mañana”. Mientras nos despedimos, Fabian baja la voz, me coge del brazo y me dice: “¿No tendrás cinco libras (1,5 euros)?, me gustaría desayunar…” Lo miro durante unos segundos y le doy cinco libras. “¡Muchas gracias, hasta mañana!”, me dice mientras se encamina de vuelta a la prisión y yo me quedo junto a la entrada de la Comisión médica sin saber muy bien qué pensar.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

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