Estoy de vuelta en la prisión, es viernes por la mañana y yo debo marcharme de Juba este domingo. Estoy sentado en el mismo sillón esperando que aparezca Fabian. He comprado un balón de fútbol, pilas y un par de chanclas para James, el niño de 8 años que lleva más de un mes en la cárcel porque le cogió dinero a su padre. Hace mucho calor y me comen las moscas. Llegan Fabian y James –el funcionario– y Fabian se disculpa y dice que ha de asistir a una reunión. Me quedo con James. “Tengo que entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la prisión porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura y aún no han ido a juicio”, repito automáticamente. Pero James parece más decidido que Fabian. “Sí, lo sé, déjame organizarlo y vamos a ver si podemos entrar”.
No mucho más tarde, James vuelve y me dice que ya han reunido a los menores y que me están esperando. Volvemos a cruzar el portón que da acceso al patio y a las celdas. Los presos me miran pero nadie se dirige a mí. Llegamos al ala de los menores, donde de nuevo todos los niños me aguardan en filas bajo el toldo. Esta vez no hay canción pero sí hay aplauso, lo que otra vez me hace sentir incómodo. Nos sentamos y le digo a James que tengo que entrevistar al menor al que pillaron robando en una casa y que fue obligado a señalar a otros bajo tortura.
Se trata de Diu Ajak, quien se acerca y se queda de pie junto a nosotros, alto, muy delgado y con un rostro infantil. A través de James, que hace de traductor, me dice que tiene 13 años pero, por su cara, aparenta 9 ó 10. “Tenía hambre, por eso entré en la casa”, empieza a contarme Diu, “cogí 120 libras (35 euros) y una cámara de fotos pequeña”. James y Fabian me habían dicho que Diu había robado 600 libras (175 euros), una cámara y una radio, pero Diu insiste en que sólo fueron 120 libras y la cámara.
“El dueño del dinero me pilló y me pegó con un palo, era un oficial del ejército. Me llevó a la comisaria de Malakia y, allí, los oficiales de la Seguridad pública (un departamento de la Policía) me pegaron, me dieron muchos latigazos. Me metieron en un coche y me llevaron para que señalara a alguien. Yo señalé a unos chicos porque los policías me habían pegado. Los que señalé son amigos míos pero no estaban conmigo cuando fui y robé en la casa”.
En su traducción, James usa el verbo “lash” en inglés, que puede significar “dar latigazos”, “pegar con un palo” o “azotar”. Le pregunto qué quiere decir exactamente y hace el gesto y el ruido de dar latigazos. Miro a Diu y éste se da la vuelta y se levanta la camiseta, aún se pueden ver señales en su espalda y lo que me acaba de contar ocurrió el 31 de agosto, hace más de cinco meses.
Diu señaló a cinco chicos y todos fueron arrestados y llevados a la comisaría de Malakia. El 2 de septiembre fueron llevados ante el juez, quien dijo que Diu tenía que quedarse en la cárcel pero los otros cinco tenían que ser liberados por falta de pruebas. No se trató de un juicio sino de una vista judicial.
“De entrada, trajeron a los seis chicos a la prisión y el fiscal de la comisaría de Malakia tendría que haber venido a la cárcel y liberar a los otros cinco chavales, pero no ha venido nadie y nosotros no podemos encontrarlo porque no había ningún nombre de fiscal en la orden de arresto de estos chicos y en la comisaría nadie sabe nada”, me explica James, corroborando lo que ya me había dicho Fabian.
“La vida en la prisión no es buena, no tenemos ropa, la comida es mala, no tenemos un sitio adecuado para asearnos”, continúa Diu, que habla con mucha timidez, en voz muy baja. Se lo ve muy frágil, destila tristeza, tiende a mirar al suelo y apenas levanta la vista.
Mientras hablábamos con Diu, varios de los niños se han aburrido, se han levantado y se han ido. La escena es ahora más informal: James y yo sentados en sillas de plástico, Diu de pie frente a nosotros, algunos menores sentados o tumbados cerca de nosotros siguiendo la conversación y el resto de niños en grupos jugando, hablando, peleándose de broma, yendo de aquí para allá.
Le pregunto a James quiénes son los otros niños a los que Diu señaló. Él traduce mi cuestión y cuatro chicos levantan la mano y empieza a revolverse. Diu no los mira y lentamente se hace a un lado y se sienta en el suelo. Uno de los que había alzado la mano se adelanta, se pone en pie y comienza a hablar con indignación.
Se llama Angok Mum y dice tener 14 años. “Cuando la Seguridad pública vino al mercado de Custom (el mayor de Juba) con Diu, nosotros estábamos bebiendo soda en una bar. Diu dijo que éramos sus amigos, dijo que estábamos siempre juntos, pero nosotros no lo conocíamos. Nos metieron en el coche y nos llevaron a la comisaría de Malakia, nos torturaron para que aceptáramos que habíamos cogido el dinero, que Diu lo había compartido con nosotros”.
“Los de Seguridad pública nos pegaron en el bar, nos llevaron a la comisaría de Malakia y allí nos dieron latigazos. Pasamos allí la noche, por la mañana nos volvieron a pegar, nos llevaron al tribunal y el juez dijo que teníamos que ser liberados pero nos trajeron aquí y desde entonces no hemos vuelto al tribunal”, cuenta Angok hablando rápidamente, enfadado, mirando de vez en cuando a Diu. “Nos pegaron tantas veces que perdimos la cuenta”.
Mientras yo tomo notas en mi cuaderno, la mayoría de los niños que aún quedan se empiezan a aburrir, se levantan, se van. Diu sigue sentado en el suelo, triste, con la mirada baja.
“No hay nada bueno aquí en la cárcel, me han dejado aquí tirado y no estoy contento”, prosigue Angok. “No sé porqué me identificó, no somos amigos, aquí él va por su cuenta y yo voy por mi cuenta”.
Le agradezco su intervención y pido hablar con otro de los chicos identificados por Diu. Se levanta otro de ellos, dice que su nombre es Chol Achek y que también tiene 14 años. Repite la historia que ha contado Angok y añade algunos detalles:
“La Seguridad pública apareció con pistolas y nos encadenó juntos allí en el bar. No conocíamos a Diu, aunque sí lo veíamos por la calle. También arrestaron al dueño del bar, aunque luego lo liberaron”, asegura Chol.
Mientras hablábamos con Diu, Angok y Chol, un funcionario ha traído a Alphonse, que se ha sentado en una silla de plástico no lejos de nosotros. Alto, delgado, cabizbajo, de rostro amplio y con grandes ojos, no deja de tocarse los pies y los grilletes que le atenazan los tobillos. Los demás niños lo miran con respeto y desde la distancia, él simplemente los ignora.
***
‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.
También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).
Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.
Pourquoi favorisez-vous pas le contrôle des naissances et la réduction de la population de l’Afrique au lieu d’être enroulé sur zèbres?