‘Condenado a muerte con 14 años’ (8)

Le digo a James que éste es un buen momento para darles el balón a los niños y que así se vayan a jugar y nos dejen solos con Alphonse. Él asiente, congregamos a los chicos que aún quedan y les damos el balón de fútbol. “¡Dad las gracias!”, les dice James mientras se lo pasan de unos a otros y ríen. “¡Gracias!”, me dicen algunos mientras se van corriendo a otra parte de la prisión. Busco a Mangar y le doy las pilas para la radio. “¡Muchas gracias, señor!”, me responde contento y me da la mano. Y finalmente busco al otro James, el niño de ocho años, y le doy el par de chanclas que le he comprado, de plástico duro. Me da las gracias y me mira con una alegría enorme en los ojos. Se las prueba y le están un poco grandes. “Así le servirán durante más tiempo”, quiero pensar yo.

James, el funcionario, les dice a los niños que se pueden ir y la mayoría lo hacen. Nos sentamos junto a Alphonse, quien ahora se ha sentado en el suelo y, con la vista baja, hace dibujos en la arena. Unos pocos niños se han quedado y están sentados o tumbados cerca de Alphonse, al que miran serios y en silencio.

Empezamos a hablar y me dice que su nombre completo es Alphonse Kenyi Makwach y que está a punto de cumplir 15 años, que nació el 19 de enero de 1996. Lo miro y la verdad es que aparenta justamente esa edad, ni más ni menos.

Él apenas me mira y habla monótona y lentamente, como si estuviera cansado o aburrido de repetir las mismas palabras, mientras sigue trazando formas y letras con la arenilla del suelo. “Me arrestaron en octubre de 2009, mi madre trabaja para el Servicio de protección de la vida salvaje y su uniforme (similar al de los soldados) estaba en casa.”

“Había habido disparos y asesinatos en Nyakuron (un suburbio de Juba), así que la policía empezó a buscar a cualquier persona con uniformes y pistolas”.

“Me encontraron en mi casa y vieron el uniforme de mi madre y la Seguridad pública me arrestó y me llevó a la comisaría de Malakia”.

“Me humillaron, me pegaron muchas veces, querían que aceptara haber hecho cosas que yo no había hecho. Me metieron en una celda con más gente que estaba acusada de matar y de destrozar el pueblo y a mí me acusaron de lo mismo”.

“Me pegaban con ese bastón que tiene la policía, si les miraba, me pegaban. Me llevaron al tribunal, el juez preguntó: ‘¿Qué han hecho esta personas?’ El fiscal dijo: ‘Estas personas han matado’. Y nos trajeron aquí a la cárcel. El fiscal volvió a la comisaría y escribió que todos habíamos confesado y fue por eso que nos condenaron a muerte, pero ante el juez yo nunca dije que hubiera matado”.

Alphonse sigue hablando lentamente pero sin pausa, James traduce, yo tomo notas, los demás niños escuchan en silencio y nos miran con intensidad.

“En la comisaría, los policías usaron cuchillas de afeitar y agujas y me decían que confesara, pero yo nunca admití nada. Me metían la aguja entre la carne y la uña, haciéndome mucho daño, y luego rompían la uña con la cuchilla”. Entonces, Alphonse deja de hablar y sí me mira y me enseña los dedos y veo señales en sus uñas, como pequeñas cicatrices por donde la uña se habría roto.

“No conocía a las otras personas en la celda, todos eran mayores que yo, no me hablaron ni me dijeron nada. La policía también los torturó a ellos, a todos nos hicieron lo mismo”.

En total, fueron ocho personas: Alphonse y tres adultos fueron condenados a muerte, otro hombre fue condenado a 14 años de cárcel y tres mujeres fueron también sentenciadas a 14 años prisión.

Alphonse calla y sigue haciendo dibujitos en el suelo. El ambiente se relaja un poco, todos parecemos volver a respirar, los niños empiezan a hablar y a moverse. Algunos se acercan a Alphonse, le hablan con cariño, intentan animarlo, hacen bromas, a veces consiguen arrancarle una leve sonrisa.

Estúpidamente, yo le pregunto qué quiere hacer cuando sea liberado, pero Alphonse no me responde. James me dice en voz baja: “Ya no cree que lo vayan a liberar, cree que va a ser ejecutado”.  Y entonces James le cuenta a Alphonse todo lo que están haciendo para demostrar que es un niño, que tiene 14 años, y le dice que no va a ser ejecutado. Pero Alphonse no reacciona, ni siquiera alza los ojos para mirar a James y simplemente sigue jugando con la arenilla y haciendo dibujitos y montañitas con ella.

Alphonse lleva puesta una camiseta del Liverpool y le pregunto si le gusta el fútbol y si le gusta el Liverpool pero él no responde. Los demás niños le insisten, le preguntan por el fútbol, siguen haciendo bromas, Alphonse sí habla un poco con ellos y la atmósfera parece un poco más ligera durante algunos instantes.

Pero James me dice que nos tenemos que ir. Le agradezco a Alphonse que haya hablado conmigo y él sólo me mira con tristeza. Los demás niños vienen, me sonríen, se despiden de mí, me dan la mano.

Empezamos a andar y algunos niños nos siguen y uno de ellos me para. “Alphonse nos da mucha pena, pero claro que va a ser liberado, lo llevarán al  hospital para demostrar su edad. Antes, solía estar con nosotros pero desde que le pusieron los grilletes y se lo llevaron siempre está triste”.

Este chico, que más o menos sí habla inglés, me dice que se llama Taban Richard Paul y que tiene 17 años y es ugandés. “¿Por qué estás aquí?”, le pregunto. “Porque cometí asesinato, en febrero de 2010”. “¿Qué pasó?”. “Yo había venido a Juba con mi tío, a buscar trabajo para ganar algo de dinero y poder pagar los gastos de la escuela. Un hombre me intentó robar, nos peleamos y yo pude coger un cuchillo y matarlo”, cuenta con naturalidad.

Taban ha sido sentenciado a dos años de prisión además de las 30.000 libras del “dinero de sangre”. “Me gusta más la vida aquí dentro que fuera, soy más feliz aquí dentro, porque he recibido a Jesús y ahora estoy salvado”, me sigue diciendo, y añade que es además el secretario general de la iglesia de la prisión. Y me da una carta: “Para ti y para Fernando”.

Nos marchamos y, mientras estamos cruzando el gran portón, James me muestra la redecilla que cubría el balón de fútbol que les he dado a los niños. Sonríe y me dice: “No podíamos dejar esto, lo podrían utilizar para suicidarse”.

Volvemos a la oficina y encontramos a Fabian en su mesa entre varios papeles. Les agradezco a los dos toda su ayuda y les deseo suerte. Ellos me agradecen a mí mi interés por los niños. Quedamos en volver a hablar por teléfono, nos despedimos y me voy andando de la prisión central de Juba.

***

Más tarde, ese mismo día, acabo por fin de reservar el billete de autobús para marcharme el domingo de Juba. Camino por el mercado de Custom, el mismo en el que la Seguridad pública obligó a Diu a señalar a más chicos, cuando veo un revuelo al otro lado de la calle. Me detengo, miro con atención y se trata de varios policías que hablan de forma agresiva con varias personas. Un joven responde a uno de los policías, que le pega una bofetada. El joven retrocede y el policía lo vuelve a golpear. Entonces el joven se marcha rápidamente mirando con miedo al policía, que vuelve junto a los demás agentes y, en grupo, se internan en el mercado.

***

Nota: Como cuento en el primer post de la serie, redacté este texto -que fue la base de la versión que finalmente publicaría El País- de vuelta en Nairobi tras mis visitas a la prisión central de Juba en diciembre de 2010 y enero de 2011. A finales de junio de 2011, regresé a Sudán del Sur para cubrir su declaración de independencia el 9 de julio. Durante esas semanas, volví varias veces a la cárcel, estuve con Fabian y James y entré en varias ocasiones a ver a los menores. No he podido regresar a Juba desde julio de 2011, ya hace casi un año. He hablado con Fabian por teléfono en algunas ocasiones pero siempre con dificultades por la mala calidad de la línea.

Se me había pasado acabar de publicar aquí las siguientes partes de este texto pero, en julio de 2012, la Fundación Marco Luchetta concedió el premio Dario D’Angelo a la versión publicada en El País y me decidí a completar la publicación de esta versión en el blog. A fecha de hoy, la última vez que pude hablar con Fabian fue el pasado 26 de junio. Él ya no trabaja en la prisión pero sí pudo decirme que Alphonse sigue allí, aunque no me llegó a contestar si sigue condenado a muerte. He pasado el número de Fabian a colegas en Juba para que intenten llamarlo desde allí a ver si hay más suerte. También he escrito emails al servicio de prisiones de Sudán del Sur y a la que hoy es asesora de la ONU en la cárcel (no tengo sus números) pero de momento no he tenido respuesta.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

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