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Apuntes sobre la clase media en África

Un nuevo informe del African Development Bank (AfDB, Banco Africano de Desarrollo) dice que la tercera parte de los africanos ya pertenece a la clase media. Varios medios dan la noticia en inglés (Foreign Policy, la BBC, Reuters, el Wall Street Journal, el Guardian), citan un par de cifras del informe y lo parafrasean diciendo qué guay y cómo mola la clase media para acabar con la pobreza. También, por algún extraño motivo, el Wall Street Journal (WSJ) ha traducido un resumen de su noticia al respecto… al español.

El año pasado, los 313 millones de personas del continente que conforman la clase media —aquellos que gastan entre US$2 y US$20 al día— representaban alrededor de 34% de la población. Esta cifra compite con China e India, según el estudio, que fue revisado por The Wall Street Journal. Hace una década, el número era de 196 millones.

El artículo da pocos detalles más pero me ha llamado la atención este párrafo:

De hecho, el informe sugiere que 21% de los africanos gana sólo lo suficiente para gastar de US$2 a US$4 dólares al día, lo que deja a 180 millones de personas al amparo de vaivenes económicos que podrían arrastrarlos nuevamente por debajo del nivel de esta nueva clase media.

O lo que es lo mismo pero más claro: el informe dice que el 34 por cien de los africanos gastan entre 2 y 20 dólares al día. Y también dice que el 21 por cien de los africanos gastan entre 2 y 4 dólares al día - por lo que entonces sólo el 13 por cien de los africanos gasta entre 4 y 20 dólares al día. Y de éstos, no sabemos cuántos ganan 4 y poco más y cuántos ganan más cerca de los 20.

A mí, primero, estos datos no me parecen suficientemente significativos (falta información) y, segundo, no me parecen tan positivos para dar los titulares y noticias que estos medios han dado.

Y todo esto aún sin leer el informe. Y la pregunta es, ¿se lo habrá leído alguno de estos periodistas? Yo sí me lo he leído (y sin que nadie me pague por escribir aquí: vivan el aburrimiento y el tiempo libre y el periodismo de verdad). El informe llama a los que gastan entre 2 y 4 dólares al día la ‘floating class’, la clase flotante. También llama clase media-baja a los que gastan entre 4 y 10 dólares al día y clase media-alta a los que gastan entre 10 y 20 dólares al día. Y en la página 3 tiene un cuadro muy interesante en el que compara los porcentajes de clase flotante, clase media-baja, clase media-alta, clase media en su conjunto y clase media sin contar la flotante en 1980, 1990, 2000 y 2010. Según este cuadro, la clase media sin contar la flotante, los que gastan entre 4 y 20 dólares al día, ha disminuido ligeramente entre 1980 y 2010: ha pasado de un 14,6 por cien a un 13,4.

De acuerdo con ese cuadro del informe y el gráfico que lo acompaña, lo que sí ha crecido significativamente es el porcentaje de los que gastan entre 2 y 4 dólares al día, la clase flotante. Ha pasado de un 11,6 por cien en 1980 a un 20,9 en 2010, y el porcentaje de los pobres, los que gastan menos de 2 dólares al día, se ha reducido precisamente en ese 9 por cien. El resto, la proporción de ricos, clase media-alta y clase media-baja, apenas ha variado desde 1980.

Los medios señalan que el informe dice que más africanos son dueños de sus casas, están comprando neveras y conducen coches. ¿Puede gente que gasta entre 2 y 4 dólares al día ser dueña de sus casas, comprarse neveras y tener coche propio? Es gente que gasta entre 60 y 120 dólares al mes (o entre 40 y 80 euros, más o menos), y esto incluye todos los gastos: alquiler o letra de la hipoteca, gastos de agua, electricidad, comida y demás, la educación de los hijos, y todo el resto de gastos.

En Nairobi, donde yo vivo, si sólo te gastas eso al mes, vives en una chabola, sin agua corriente y seguramente sin electricidad, por supuesto no tienes nevera ni coche y tus gastos en todo lo que no es absolutamente necesario son mínimos.

Aun así, sí se trata de una buena noticia y apunta a que poco a poco hay gente escapando de la pobreza y ascendiendo lentamente en la escala de gastos e ingresos (el informe dice que se centra en la variación en el nivel de gasto porque éste presupone una variación correspondiente en el nivel de ingresos, algo cuestionable porque podría ser que la gente ingrese más o menos lo mismo pero se vea obligada a gastar más y a ahorrar menos por el encarecimiento de productos básicos, pero bueno, los economistas que han elaborado el informe saben más que yo del tema). Pero, asumiendo que el informe es correcto y realmente representativo, la noticia es la que es: hoy, una cantidad importante de gente en África ha pasado de gastar menos de 2 dólares al día a gastar entre 2 y 4. Punto.

Y otra cosa: de Foreign Policy, Reuters, el Guardian y el WSJ (el artículo de la BBC es sobre todo audio y yo no lo he escuchado, ya que mi conexión a internet aquí en Kenia es cara y lenta), sólo el WSJ ha preguntado y cita a africanos comunes sobre lo dicho en el informe. Vaya, ¿no se les ocurrió a los otros medios, no sé, preguntar a los africanos en cuestión sobre qué opinan ellos? Pero veamos a quiénes preguntó el WSJ, que no incluye estas citas en su versión en español, así que la traducciones son mías:

1. Josamm Mass, un sastre de 32 años de Malaui que emigró a Sudáfrica hace cinco años. Hoy, Mass tienen una tienda en el Oriental Plaza de Johannesburgo. Una simple búsqueda en Google revela que el Oriental Plaza es un centro comercial en el centro de Johannesburgo, la ciudad más cara de Sudáfrica. Mass dice que en un buen día, entran en su tienda 15 mujeres que necesitan trajes a medida para bodas u otros actos.

2. Andrew Mafundo, un ugandés de 35 años que trabaja en publicidad. Mafundo dice que tiene un ordenador portátil Toshiba, una BlackBerry y un Toyota Rav4, también dice que se está construyendo una casa de cinco dormitorios en Kampala. “Los nuevos consumidores son gente como Andrew Mafundo”, asegura el WSJ.

3. Itumeleng Mamabolo, un sudafricano de 28 años que trabaja como psicólogo clínico en Johannesburgo y acaba de regresar de Tailandia en lo que son sus primeras vacaciones fuera de África, dice el periódico.

¿Qué nuevos consumidores? ¿La clase flotante, los que gastan entre 2 y 4 dólares al día?, porque ése es el único grupo cuyo porcentaje ha crecido desde 1980. Ninguno de los que cita el WSJ me parece representativo de la clase flotante y, ni siquiera, de la clase media-baja, sino probablemente de la clase media-alta, los que gastan entre 10 y 20 dólares al día, que en 1980 representaba el 5,2 por cien del total y hoy representa el 4,7, según el informe. Y eso si confiamos en el WSJ porque, de hecho, a mí Mafundo, el ugandés, me parece directamente parte de la clase rica, los que según el informe gastan más de 20 dólares al día, pero bueno.

¿De verdad es tan difícil? Eres un periodista en cualquiera de esos medios, te llega una nota de prensa del Banco Africano de Desarrollo sobre este nuevo informe, ¿y qué haces? Lo suyo sería leer el informe y extraer conclusiones propias, buscar información similar y de contexto a través de otras fuentes (lo que es facilísimo con internet y preguntando a otros expertos), y luego salir a la calle y preguntarle a la gente de la calle al respecto. Y si trabajas para un gran medio que cuenta con una red de corresponsales o colaboradores en varios países africanos, les puedes pedir que salgan ellos también a la calle a preguntarle a la gente. ¿Y qué han hecho estos medios? Simplemente obedecer a la nota de prensa, citar cuatro datos del informe (que quizá venían ya en la nota de prensa), citar al autor principal del informe y ya está. Muy bien.

Bueno, al menos el Guardian también habla del tema en uno de sus blogs y aquí sí aparece por fin algo de periodismo: contiene numerosos enlaces, incluyendo uno al informe del AfDB (aunque parece que el enlace está equivocado, ja), cuestiona sus afirmaciones y ofrece contexto y más información relevante sobre la cuestión.

En fin.

En África ya no están tan contentos con China

The Economist tiene un artículo muy interesante sobre la evolución de las relaciones entre África y China. El texto empieza con un par de citas de Zhu Liangxiu, un zapatero que ha viajado por segunda vez a África. Zhu le dice al periodista que en ningún sitio del mundo se sintió tan bien recibido como en África: “He estado en muchos continentes y en ningún sitio el recibimiento fue tan cálido (como en África)”. Dejando de lado el que sólo hay cuatro continentes además de la Asia natal de Zhu (o cinco si, como los estadounidenses, cuentas América del Norte y América del Sur como dos continentes), la cita es ilustrativa. China, los chinos, solían ser bien recibidos en África. Venían con dinero, con trabajadores que daban ejemplo currando como negros (ja, gran chiste), hacían el trabajo (construir la carretera, la escuela o el hospital) y se iban. Nada de poner condiciones a los gobiernos o a las empresas locales sobre el respeto a los derechos humanos o a ciertas normas laborales, como molestamente suelen hacer los occidentales. Así que los africanos, en general, estaban encantados.

Por supuesto, la cosa no era ni es tan simple. Ni en el caso de los occidentales, que muchas veces se comportan como aves rapaces a las que no les importa apoyar regímenes corruptos con tal de conseguir un buen acuerdo o contrato; ni en el caso de los chinos, que también muchas veces aprovechaban para imponer condiciones muy desfavorables para los africanos en sus contratos de trabajo. Y por supuesto, tanto chinos como europeos como americanos babeaban y babean ante la posibilidad de conseguir petróleo y recursos minerales baratos en África -para eso sí que somos todos humanos e iguales-, sin importar las consecuencias sociales, políticas, económicas o medioambientales para el país africano en cuestión.

Pero en gran parte de África sí que había una imagen general de que los occidentales seguían manteniendo una actitud colonialista y paternalista que sólo buscaba el propio beneficio. Y de que los chinos venían a hacer negocios sin más, de que trataban a los africanos como socios, con las cartas sobre la mesa y sin tonterías colonialistas de por medio.

Y parece que esa imagen de China como mero socio comercial está cambiando – para peor.

Pero la actitud de los africanos ha cambiado. Sus socios dicen que (Zhu Liangxiu) los está timando. Productos chinos son considerados trabajos chapuceros. La política se ha colado en las reuniones. La palabra ‘colonial’ ha empezado a circular. Los niños se burlan y sus padres hacen comentarios sobre perros callejeros que desaparecen en los pucheros.

Estén más o menos fundadas, ¿te suenan estas imágenes? Como yo no puedo decirlo más claro y con mejor estilo que The Economist, traduzco más párrafos significativos (y si The Economist se llegara a enfadar, pues yo lo estiraría un poco y me amparía en el derecho de cita y a esperar que colara):

En parte, tienen la culpa las pobres prácticas empresariales importadas junto con bienes y servicios. Los trabajos de construcción chinos pueden ser chapuceros y en ocasiones se han derrumbado edificios erigidos por firmas de la China continental [que no incluye Hong Kong].

Los chinos en África vienen de una cultura empresarias sin respeto por las reglas y en la que todo vale, donde importan poco normas y regulaciones. El sentimiento local se ignora rutinariamente en China y en el extranjero.

A veces, a los empleados (africanos) les va poco mejor que al medio ambiente. En las minas administradas por empresas chinas en el cinturón de cobre en Zambia, los mineros deben trabajar durante dos años para poder recibir cascos de seguridad. La ventilación bajo tierra es pobre y accidentes mortales ocurren casi a diario. Para evitar las críticas, los mánagers chinos sobornan a los jefes de los sindicatos y los llevan en ‘viajes de estudios’ a ‘salones de masaje’ en China. Representantes sindicales obstruccionistas son despedidos y empleados que se reúnen en grupos son dispersados violentamente. Cuando los casos acaban en el juzgado, los testigos son intimidados.

También hay enfado y decepción en el lado chino. En la ciudad sudafricana de Newcastle, fábricas textiles chinas pagan sueldos de unos 200 dólares al mes, mucho más de lo que pagarían en China pero menos del salario mínimo en Sudáfrica. Los sindicatos han intentado cerrar las fábricas. Los dueños chinos ignoran a los sindicatos o hacen como que no hablan inglés. Señalan que muchas empresas sudafricanas también pagan menos del salario mínimo, que es demasiado alto para que la producción valga la pena. Sin los chinos, el desempleo en Newcastle sería aun mayor que el actual 60 por cien.

“Fíjate en nostoros”, dice Wang Jinfu, un joven dueño de una fábrica. “No somos tratantes de esclavos”. Él y su mujer llegaron hace cuatro años desde la provincia de Fujian en el sur de China con sólo 3.000 dólares. Duermen en sucios colchones en el suelo de la fábrica. Mientras sus 160 empleados trabajan 40 horas a la semana, el matrimonio empaqueta cajas, comprueba el inventario y envía pedidos desde el amanecer hasta la medianoche cada día del año. “¿Por qué nos odian por eso?”, se pregunta Wang. [...] Una respuesta a su pregunta es que la competición, sobre todo si viene de extranjeros, no es nada popular. Cientos de fábricas textiles en Nigeria han quebrado en los últimos años porque no podían competir con prendas chinas baratas. Se perdieron miles de empleos.

Gran parte de las críticas a China son proteccionismo disfrazado. Negocios establecidos intentan mantener sus posiciones de privilegio – a costa de los consumidores. La reciente llegada de comerciantes chinos a los mugrientos callejones del mercado de Soweto en Lusaka redujeron a la mitad el precio del pollo. El precio de la col cayó un 65 por cien. Los comerciantes locales enseguida llevaron sus jaulas llenas de animales a la comisión local de competición para quejarse.

La economía de la China continental está plagada de corrupción, incluso para los estándares africanos. Clasificaciones internacionales de sobornos pagados ponen a los mánagers chinos cerca de los primeros puestos. Cuando estos mánagers se van al extranjero, continúan sobornando y socavando el buen gobierno en los países adonde llegan.

Los africanos dicen que se sienten acosados. Decenas de miles de emprendedores de una de las economías modernas más exitosas se han diseminado por el continente. Sanou Mbaye, un antiguo alto cargo en el Banco de Desarrollo Africano, dice que han llegado más chinos a África en los últimos 10 años que europeos en los últimos 400 años.

En mi opinión, no es que los chinos sean inherentemente mejores o peores que los occidentales a la hora de venir a África a hacer negocios. Por supuesto, toda empresa busca maximizar sus beneficios. Y las empresas extranjeras que vienen a África no son una excepción. Simplificando mucho, las occidentales provienen de una cultura empresarial donde es más complicado saltarse las leyes y donde es más fácil que las comunidades afectadas y los clientes protesten si no están de acuerdo con las prácticas de la empresa. Como dice The Economist, las chinas vienen de una cultura empresarial diferente, donde la corrupción es más común y las comunidades afectadas tienen mucha menos voz. Además, en el caso de las empresas occidentales, y en parte debido al pasado colonial, sus sociedades de origen las ‘obligan’ a contribuir al desarrollo del país africano en cuestión y a no colaborar con regímenes políticos no democráticos.

Todas llegan a África, donde la corrupción suele ser generalizada y los recursos humanos y materiales abundantes y baratos.

Las empresas occidentales se pueden ver tentadas a pasarse por el forro la ley y los derechos de la población local con tal de conseguir más beneficios, pero al mismo tiempo tienen una cierta presión e incentivos para ser percibidas -’en casa’ y fuera- como cumpliendo con unos mínimos de respeto a unas condiciones laborales justas. Puede haber dos resultados: que las empresas occidentales sobreexploten a los africanos y sus recursos de un modo más sofisticado para mantener esa percepción positiva, o que de hecho acaben imponiendo unas prácticas laborales más o menos justas.

A las empresas chinas les preocupa menos cómo son percibidas y no tienen la ‘carga’ del tener que contribuir al desarrollo del país africano y de no poder llegar a acuerdos con regímenes no democráticos. Por lo que vienen a hacer negocios ‘sin más’ y directamente buscarán su máximo beneficio sin apenas consideraciones por los africanos y sus recursos materiales.

Los africanos no están muy felices con los productos chinos -porque son malos o porque son más baratos que los producidos por los africanos- ni con la poca transferencia de capital humano y tecnológico, así que empiezan a exigir unos mejores estándares a los chinos.

Y en ocasiones, las empresas chinas se sorprenden de que los africanos se quejen por condiciones que los chinos encuentran adecuadas.

Repito que lo anterior se trata de una burda simplificación, pero creo que sí ilustra significativamente las diferencias que puede haber entre empresas occidentales y chinas en África.

Conclusión: qué complicada es la economía del desarrollo y las relaciones -de cualquier tipo- entre países o instituciones con enormes diferencias económicas.

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Uno que sabe del tema es Javi, corresponsal de Efe en Kenia y que antes lo fue en China. Él ya ha escrito un par de veces sobre los chinos en África.