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De excursión en sur Sudán

Uno de los problemas de sur Sudán es cómo moverse por la región. Durante las elecciones en abril, los periodistas nos hartamos de repetir que sur Sudán sólo tenía 50 kilómetros de carreteras asfaltadas – para cubrir un territorio algo mayor que España y Portugal juntas.

Lo mejor es volar. No es que haya aeropuertos propiamente dichos pero sí hay ‘airstrips’, pistas de aterrizaje muy básicas, por aquí y por allá. Hay algunas compañías aéreas comerciales pero tienen muy mala fama y –peor aun– resultan muy caras para periodistas freelance. O al menos para mí. El Programa Mundial de Alimentos (WFP, en inglés) ofrece vuelos a través de UNHAS (el servicio humanitario aéreo de la ONU) pero también son caros y van dirigidos a personal de ONGs u otras organizaciones humanitarias. Un periodista que trabaja por su cuenta necesitaría que una de estas ONGs le ‘patrocinara’ y reservara el vuelo y luego el periodista pondría el dinero.

Y la otra opción es UNMIS, la misión militar de la ONU en Sudán. UNMIS permite a periodistas y gente de similar calaña volar gratis siempre y cuando haya asientos vacios y el periodista vaya a trabajar en historias sobre el referéndum. Es arriesgado, porque hasta la tarde o noche del día anterior no sabes con seguridad si tienes sitio en el avión o helicóptero. Y si por algún motivo le caes mal al personal encargado de estos vuelos, entonces olvídate de conseguir sitio.

Por supuesto, eso es lo que nos pasó a Marc –un fotógrafo alemán– y a mí cuando pedimos a UNMIS volar con ellos desde Juba a Yambio, la capital de Equatoria occidental. Pero al contrario que con otras partes de sur Sudán, Yambio está relativamente cerca de Juba, 424 kilómetros por carretera de tierra, y hay minibuses y ‘landrovers’ que cargan a cuanta más gente mejor y atan colchones, sacos, sillas o lo que sea en el techo y hacen el viaje. Así que Marc y yo preguntamos por ahí y encontramos un minibus que en teoría tardaba 10 horas de Juba a Yambio, de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Pagamos cada uno 150 libras sudanesas (algo más de XX euros) y a las 7 y media de la mañana el día siguiente -el 22 de noviembre- estábamos en el ‘bus park’ de Juba con varias mochilas y listos para el viaje.

Estos minibuses, igual que los ‘matatus’ kenianos, son furgonetillas que no inician el viaje hasta que se llenan con las 14 personas que, bien apretadas unas contra otras, más o menos caben en su interior – junto con el conductor. Marc y yo nos acoplamos como pudimos en los asientos de atrás hasta que un tío de la ‘compañía’ quitó a uno que estaba en los asientos de delante (los menos incómodos del minibus) y nos puso a nosotros dos. Por ser blancos. Mmm. En fin.

El ‘bus park’ de Yambio es un lugar caótico, lleno de gente vendiendo de todo y de boda-bodas y de cochambrosos autobuses y minibuses y gallinas y perros y cabras y gente ofreciendo billetes de bus y gente ofreciendo cambiar libras sudanesas por dólares y niños pidiendo dinero o intentando venderte cualquier cosa.

Y allí estábamos, el minibús parado en el ‘bus park’, Marc y yo y nuestras mochilas y sacos de dormir en los asientos delanteros y aún bastante estrechos, con todas las puertas abiertas pero igualmente cociéndonos a fuego lento – y esperando a que el minibus se llenara para salir hacia Yambio.

De repente, dos chavales de unos veinte o veintipocos años empezaron a pelearse a puñetazos justo delante de nuestro minibús. Todos les miramos con curiosidad y entonces uno de ellos se llevó la mano a la parte de atrás del pantalón y sacó una pistola. La cargó y estiró el brazo apuntando al otro chico, que se había quedado a cuadros. Aunque, más que asustado, parecía simplemente sorprendido. Se quedó parado mirando con la boca abierta al de la pistola, que le apuntaba con el brazo tenso pero, eso sí, sin poner el dedo en el gatillo. Y nosotros allí sentados en el minibús también a cuadros y sin saber muy bien qué hacer.

Pero entonces otro grupo de chicos llegó y rodeó al de la pistola entre sonrisas y le calmaron y se lo llevaron de allí mientras el otro chaval les miraba aún con incredulidad.

Y entonces Marc dijo: “Mierda, tendría que haber sacado mi cámara”.

Y un rato después, con hora y media de retraso, salimos hacia Yambio.

El viaje fue largo y, me atrevo a sugerir, más incómodo de lo que habría sido volar gratis con UNMIS durante dos horas (con una parada en Maridi).

Nuestro minibús ardía bajo el sol y poco a poco todos nos íbamos poniendo marrones por la tierra y el polvo que entraban por las ventanillas y se mezclaban con nuestro sudor. De vez en cuando parábamos para bajar a mear o estirar las piernas o echar agua al motor. Durante el viaje, el paisaje iba cambiando y se volvía lentamente más verde porque Ecuatoria occidental es tierra de bosques y pastos. Marc y yo estábamos aburridos y callados y somnolientos mientras los demás pasajeros hablaban a gritos en árabe y reían y disfrutaban del viaje. A primera hora de la tarde, paramos para comer en un pueblo y Marc y no nos pusimos las botas con el típico plato de la zona: carne de cabra, una especie de pasta de lentejas y pan como de pita. Total para los dos, 5 libras sudanesas (1,5 euros).

Más tarde, tuvimos que parar tras sufrir un pinchazo, algo bastante normal por esos caminos de tierra y piedras y baches y hoyos. Pero nuestro conductor, James, era un tío grande que cambió la rueda en un par de minutos. Aun así, poco después, el motor empezó a hacer un ruido aun más extraño del que venía haciendo y, en su inglés precario, James nos dijo que una pieza estaba jodida y que no podíamos pasar de 40 km/h y que ya veríamos si no teníamos que parar en medio de la nada a dormir.

Un par de horas después, llegamos a otro pueblo y paramos y James se fue a buscar una pieza de repuesto para cambiar la que no funcionaba. Era ya tarde, sobre las 6 de la tarde y pronto iba a anochecer. Y si ya es complicado conducir por esos caminos a la luz del día, imagínate en completa oscuridad, sin poder ver los agujeros y las piedras en el camino.

Pero James volvió con la pieza de repuesto y, mientras le alumbrábamos con linternas, la cambió y consiguió que el motor volviera a funcionar con normalidad. Nos pusimos en marcha y James pisó el acelerador para recuperar el tiempo perdido y nos comimos unos cuantos hoyos a bastante velocidad y no sé como el minibús no acabó destrozado y tirado en la cuneta.

Y finalmente, sobre las 10 y media de la noche, 13 horas después de salir de Juba, llegamos a Yambio. Llamamos a nuestro contacto y esperamos a que nos encontraran en una gasolinera (consistente en una bombilla y un surtidor). Al rato nos recogieron y nos llevaron a la casa en la que nos íbamos quedar, la casa de un periodista sudanés de Yambio al que habíamos conocido en Juba y que generosamente quiso alojarnos.