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Elecciones en Uganda

Colas para votar

Colas para votar

Hoy son las elecciones parlamentarias y presidenciales en Uganda. Las encuestas dan como favorito al actual presidente, Yoweri K. Museveni, de unos 67 años (nadie sabe cuándo nació) y que sólo lleva 25 años en el poder y le apetece seguir en el puesto otros cinco. El único rival que puede hacerle sombra, como ya pasó en las dos últimas elecciones, es Kizza Besigye, de 54 años y su compañero de fatigas y médico particular durante la guerra en 1980-86. Estos días, Besigye ha dicho que no se fía de la Comisión electoral (nadie con dos dedos de frente se fía de esa comisión), que él va a publicar sus propios resultados (algo ilegal y por lo que podría ser arrestado) y que sus seguidores deberían salir a la calle a protestar si creen que les han robado las elecciones.

Al contrario de en España, donde aún hay gente que cree ver diferencias entre los distintos partidos políticos, aquí tanto los candidatos como los votantes son más honrados y saben que de lo que se trata es de votar un nombre y una cara. Aquí no hay partidos de izquierdas ni de derechas, todos los programas y promesas electorales son minimalistas y se resumen en ‘desarrollo económico’ y todos los candidatos dicen que son el único no corrupto.

Bueno, pues esta mañana, mi amigo Yannick (fotoperiodista alemán) y yo hemos llamado a un par de bodas y nos hemos ido a hacer fotos y a hablar con la gente a sabiendas de que ningún medio estaba interesado y nadie iba a publicar nuestras fotos ni artículos. Si esto no es amor por la profesión, que venga Museveni y lo vea.

Comparado con el primer día de votación del referéndum de independencia en Sudán del Sur, el ambiente aquí en Kampala estaba muy calmado y aburrido. Las colas eran en general cortas y no había música por todas partes ni banderas ni gritos ni nada, como sí había en Juba. De hecho, Kampala está casi vacía, muerta, parece una ciudad fantasma.

El barreño para votar

El barreño para votar

En lo que sí se parece Uganda a Sudán del Sur es en la curiosa forma de votar. Aquí, la privacidad para que el voto sea secreto te la da un barreño. El barreño tiene dentro una cajita con tinta, tu mojas tu pulgar, imprimes tu huella en la papeleta junto al candidato de tu elección y a la urna. Al final, te pintan la uña con rotulador permanente para que no puedas volver a votar.

“Me siento bien, llevo esperando desde las 9 de la mañana (eran las 11 y poco) y he votado por Museveni”, me ha dicho cerca del mercado de Soweto y tras depositar su voto Isah Semanda. ¿Y por qué Museveni? “Porque nos dio tranquilidad de espíritu (peace of mind) y trajo la paz a nuestro país”, me ha respondido Semanda, de 32 años y que dice ser un hombre de negocios.

Aunque hoy mucha gente se refiere a él como un dictador benevolente, en 1986 Museveni fue bienvenido en Uganda -y por la comunidad internacional- casi como un salvador y como uno de los nuevos líderes africanos que parecía iban por fin a sacar al continente de la miseria. Museveni y su guerrilla lucharon contra el segundo régimen de Milton Obote, que estaba haciendo poco para sacar al país del caos en el que lo había sumido Idi Amin.

Manicura gratis

Manicura gratis

En un principio, Museveni trató de gobernar con un gobierno de unidad nacional y se adhirió a las políticas económicas del Fondo Monetario Internacional, algo que le hizo ganar muchos amigos en Estados Unidos y occidente en general, y la situación en Uganda empezó a mejorar poco a poco. También en un principio, Museveni se quejó públicamente de los políticos africanos que se aferraban al poder y que nunca querían dejar el puesto. En esa línea, la constitución ugandesa de 1995 permitía un máximo de dos mandatos por presidente y en 1996 se convocaron elecciones por primera vez tras la guerra que finalizó en 1986. Museveni venció en las elecciones de 1996 y 2001 y entonces, y a pesar de sus palabras, su partido modificó la constitución para que Museveni pudiera presentarse por tercera vez en 2006, cuando volvió a ganar. Y este año se ha vuelto a presentar para intentar ampliar su mandato a unos nada despreciables 30 años. Aunque sigue contando con el apoyo de Estados Unidos y occidente, en todo este tiempo su gobierno ha pasado a ser más conocido por la inactividad, la corrupción y el casual enriquecimiento de Museveni y sus allegados, que ocupan importantes puestos públicos. Durante esta campaña electoral, varios medios nacionales y la gente de la calle hablaban de cómo Museveni y su partido se dedicaban a recorrer la Uganda rural dando a la gente literalmente bolsas y sobres llenos de dinero para que les votaran hoy. Dinero que, además, provenía de las arcas del Estado, que prácticamente está en bancarrota.

Y el tema es que, por unas razones u otras, Museveni sigue teniendo bastante apoyo. “Voy a votar por Museveni. Yo viví bajo Amin, viví bajo Obote y aquello era malo. Museveni trajo la paz”, me contaba hace unos días Mathias, quien se ocupa de la seguridad de la casa en la que vivo en Kampala. Y se trata de una opinión bastante extendida entre la gente de a partir de 50 años.

¿Museveni o Besigye?

¿Museveni o Besigye?

Siguiendo con nuestro recorrido por la ciudad, Yannick y yo hemos ido al área de Kijjwa, en Bukasa. “No te voy a decir a quién voy a votar, es un secreto”, me ha dicho Nicholas Kakembo, un profesor de 35 años que se quejaba de llevar más de dos horas en la cola y bajo el sol. Le he preguntado qué le parecía lo que decía Besigye de que la gente debería protestar en la calle si creen que les han robado las elecciones. “¡Por supuesto!, eso es lo que deberíamos hacer”, me ha respondido Kakembo, quien de esta forma me confirmaba que iba a votar a Besigye. “¿Por qué tienen que robarnos las elecciones cada vez?, puede que haya protestas porque lo que no puede ser que el gobierno vuelva a robar las elecciones y que la gente se quede sentada y no haga nada. Si pierdes las elecciones, pues has perdido y ya está, no es el fin del mundo, pero aquí esta gente (el gobierno) se agarra al poder y no quiere soltarlo”.

En otra parte de la ciudad, mientras hacía cola para votar en un centro electoral instalado en una escuela, Sylvia Muwanguzi, también de 35 años y oficinista, iba igualmente a votar a Besigye (a pesar de no decírmelo tal cual): “Tengo que votar por el cambio (el lema de Besigye), llevo aquí desde las 7 de la mañana (ya eran las 12 y pico) y ésta es la cuarta cola que hago y no me voy a ir hasta que no vote”. Muwanguzi se quejaba que había hecho cola donde se había registrado pero, al llegar su turno, su nombre no aparecía y la han enviado a otra cola, donde al final ha pasado lo mismo, y de ahí a otra cola donde al final tampoco ha podido votar. “Me da la impresión de que estos fallos de los nombres que no aparecen son los de personas como yo, que vamos a votar por el cambio…”, me ha dicho Muwanguzi.

Llegamos al centro de Kampala, que normalmente es una de las zonas más caóticas del mundo, lleno de coches, bodas, autobuses, furgonetillas-minibús (los típicos mataus kenianos, que aquí llaman taxis) y gente, gente por todas partes en la calle y en cada planta de esos edificios, llenos de tiendecillas, puestos y establecimientos de todo tipo. Pero hoy la zona estaba muerta, desierta. “Nunca había visto estas calles así de vacías”, me ha dicho un taxista cuando me ha visto ponerme a hacer fotos, “la gente se ha ido porque tiene miedo y no van a volver hasta que no pasen las elecciones”. Bueno, también habrá influido que ayer por la tarde Museveni declarara el día de hoy festivo para que la gente pudiera votar y el que la gente tiene que votar en el mismo lugar donde se registra, y la inmensa mayoría de vendedores y trabajadores de la zona viven en las barriadas o pueblos de las afueras de Kampala, donde seguramente se habrán registrado.

Quien conozca esta zona de Kampala verá lo irreal que resulta esta imagen

Quien conozca esta zona de Kampala verá lo irreal que resulta esta imagen

Uno de los que seguía ahí currando al pie del cañón era Abraham Akena, de 25 años. Tras decirle que no, gracias, que ya sé que mis zapatillas están sucias pero que no quiero que las limpie (ése es su trabajo: limpiar zapatos), Akena me ha dicho que él iba a votar a Olara Otunnu. Entre otros puestos internacionales, Otunnu fue el representante especial de la ONU para los niños y los conflictos armados. Y Akena vivió 15 años en campos de desplazados en el norte de Uganda, la zona donde operaba el Lord’s Resistance Army. “No me fío de Museveni ni de Besigye, Olara fue el único que cuando teníamos problemas, pidió ayuda fuera (de Uganda) y consiguió que nos ayudaran. Pero sé que, si el gobierno no roba las elecciones, tendría que ganar Besigye”.

Por su parte, Moses, el boda que me ha ido llevando por Kampala, va a votar a Besigye y coincide con el juicio de Akena. “Necesitamos un cambio y, si por una vez Museveni no roba las elecciones, va a ganar Besigye”.

Ahora mismo están cerrando los colegios electorales, que debían cerrar a las 5 de la tarde hora local pero que lo están haciendo con retraso, y el recuento comenzará de inmediato. La Comisión electoral tiene 48 horas desde el fin de la votación para publicar los resultados. Veremos qué pasa.

En Kampala, Uganda

Aunque están relativamente cerca una de otra -unos 500 kilómetros en línea recta-, el contraste no puede ser mayor cuando uno llega por carretera a Kampala, en Uganda, o a Juba, en Sudán del sur, y cuando uno pone el pie en la ciudad.

En Juba el calor es insoportable, la ciudad es plana, con pocos árboles, está llena de tierra, de polvo, todo es muy caro y cuesta encontrar productos básicos, pocos sudaneses del sur hablan inglés. Digamos que no es un lugar muy acogedor.

Kampala está construida sobre siete colinas llenas de verde, las calles están asfaltadas (aunque llenas de agujeros), el clima es agradable todo el año (como junio en Alicante, por ejemplo), puedes encontrar de todo a precios asequibles y la gente es simpática, de sonrisa fácil y habla inglés. Es una ciudad agradable y acogedora. Y si vienes tras haber pasado dos meses en Juba, la impresión es aun más clara.

Aunque también hay similitudes: La obsesión y la exageración ante supuestas amenazas a la seguridad. En Kampala, como en Juba, es llamativa la gran cantidad de policías y militares fuertemente armados por toda la ciudad. Además, en Kampala, y tras los atentados del 11 de julio (algo que en España pasó desapercibido, no sé porqué), la ciudad se llenó de personal de seguridad que te inspecciona antes de entrar a casi cualquier sitio. En apenas 50 metros, desde la puerta de entrada del Nakumatt Oasis a la cafetería Java’s en el mismo recinto, pasas junto a cinco tíos jóvenes de uniforme -cada uno en la puerta de un banco-, sentados en sillas de plástico, aburridos o medio dormidos y con viejos fusiles en sus regazos. Es curioso cómo te puedes acostumbrar a ver armas por todas partes y cómo ya apenas te llaman la atención ni eres consciente de para qué sirven realmente.

Pero, como suele pasar con este tipo de seguridad, se trata más que nada de hacer algo, lo que sea, de cumplir y quizá de dar una falsa ‘ilusión de seguridad’ al público. Ejemplo, durante mi anterior estancia en Kampala, un día que, cargado con mi mochila, iba a entrar a Garden City, un enorme complejo comercial en el centro de la ciudad. Me paran los guardas en la entrada y me preguntan: “¿Llevas alguna bomba?”. Y yo, “Hoy he salido de casa con tres pero ya las he explotado, así que no os tenéis que preocupar”. A lo que ellos respondieron con risas y dejándome pasar sin registrar mi bolsa y sin cachearme.

Las diferencias entre Sudán del sur y Uganda vuelven en cuanto a la atención mediática prestada a un sitio y a otro. En Juba y en el resto de Sudán del sur éramos muchísimos los periodistas extranjeros dando por saco con el referéndum (al menos durante los días de votación en sí). Y cuando sólo faltan unos días para las elecciones generales en Uganda, aquí no están ni algunos de los periodistas que suelen tener Kampala como base.

Pero Kampala y toda Uganda también son lugares muy interesantes, las elecciones vienen en un momento crítico para el país y toda la región (independencia de Sudán del sur e inicio de la industria petrolífera en Uganda, entre otros)  y, además, hay otras historias relevantes para cubrir, como el clima tremendamente hostil que hay en este país en contra de los homosexuales.

Además, en los últimos días, la policía nos envió un email a los periodistas en el que advertían del riesgo de ataques terroristas durante las elecciones. Bueno, la amenaza terrorista en Uganda y en otros lugares es mínima pero constante. Las autoridades siempre envían este tipo de comunicados poco antes de la celebración de grandes eventos, y para mucha gente se trata de poco más que una excusa para poder tener a más policías y militares en las calles y para ejercer algo más de control sobre lo que la gente puede ver, oír o decir.

En este sentido, 20 personas han sido arrestadas durante un acto electoral por abuchear a Yoweri Museveni, que lleva 25 años como presidente y es el favorito para ganar las elecciones por las buenas o por las malas. Según el policía citado en ese artículo, en inglés, la gente dijo cosas como: “Estamos cansados de ti, llevas demasiado tiempo en el poder” y “Eres un dictador, te gusta demasiado el poder, no quieres dejar que otros gobiernen”. Esas detenciones ante tal ‘gravísimo’ acto son una de las razones por las que no creo que en Uganda -ni en otros países de la región- puedan desarrollarse rebeliones como las de Túnez o Egipto.

Alguien que no piensa como yo es Kizza Besigye, antiguo aliado de Museveni (y su médico) pero principal candidato de la oposición durante las dos últimas elecciones y que en éstas cuenta con opciones reales de victoria (si las elecciones fueran libres, abiertas, justas y bla bla). Hace unos días, Besigye dijo a los periodistas que si le roban la victoria en las elecciones, no impugnará los resultados en un tribunal sino que convocará a la gente, al pueblo, a las calles para derrocar a Museveni, al estilo de lo que está ocurriendo en Túnez y Egipto. Mmm. Lo malo, creo yo, es que por aquí ese tipo de crisis se suelen resolver de un modo diferente, más al estilo de lo que está ocurriendo en Costa de Marfil y de lo que pasó en Kenia.

En el África subsahariana hay más pobreza y desigualdad que en el mundo árabe y los gobiernos son quizá aun más corruptos, pero no existe una masa crítica de ciudadanos educados, de clase más o menos media, conectados y sin perspectivas de futuro para provocar y protagonizar las revueltas. Lo que aquí sería la poca clase media vive muy bien, y aun mejor si se les compara con los ciudadanos realmente pobres. Además, son ellos los que disfrutan y aprovechan las pocas posibilidades y recursos que hay y, simplemente, no están interesados en un cambio de la situación. Además, muchos de estos países no pueden permitirse poner en suspenso sus economías durante varios días: mucha gente no tendría qué comer al par de días de las revueltas.

No quiero decir que no pueda o no vaya a haber rebeliones sino que, por lo que yo sé y en mi opinión, serían diferentes a las del mundo árabe, más violentas y seguramente dirigidas a distancia por las élites. Pero a saber.