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‘Condenado a muerte con 14 años’ (8)

Le digo a James que éste es un buen momento para darles el balón a los niños y que así se vayan a jugar y nos dejen solos con Alphonse. Él asiente, congregamos a los chicos que aún quedan y les damos el balón de fútbol. “¡Dad las gracias!”, les dice James mientras se lo pasan de unos a otros y ríen. “¡Gracias!”, me dicen algunos mientras se van corriendo a otra parte de la prisión. Busco a Mangar y le doy las pilas para la radio. “¡Muchas gracias, señor!”, me responde contento y me da la mano. Y finalmente busco al otro James, el niño de ocho años, y le doy el par de chanclas que le he comprado, de plástico duro. Me da las gracias y me mira con una alegría enorme en los ojos. Se las prueba y le están un poco grandes. “Así le servirán durante más tiempo”, quiero pensar yo.

James, el funcionario, les dice a los niños que se pueden ir y la mayoría lo hacen. Nos sentamos junto a Alphonse, quien ahora se ha sentado en el suelo y, con la vista baja, hace dibujos en la arena. Unos pocos niños se han quedado y están sentados o tumbados cerca de Alphonse, al que miran serios y en silencio.

Empezamos a hablar y me dice que su nombre completo es Alphonse Kenyi Makwach y que está a punto de cumplir 15 años, que nació el 19 de enero de 1996. Lo miro y la verdad es que aparenta justamente esa edad, ni más ni menos.

Él apenas me mira y habla monótona y lentamente, como si estuviera cansado o aburrido de repetir las mismas palabras, mientras sigue trazando formas y letras con la arenilla del suelo. “Me arrestaron en octubre de 2009, mi madre trabaja para el Servicio de protección de la vida salvaje y su uniforme (similar al de los soldados) estaba en casa.”

“Había habido disparos y asesinatos en Nyakuron (un suburbio de Juba), así que la policía empezó a buscar a cualquier persona con uniformes y pistolas”.

“Me encontraron en mi casa y vieron el uniforme de mi madre y la Seguridad pública me arrestó y me llevó a la comisaría de Malakia”.

“Me humillaron, me pegaron muchas veces, querían que aceptara haber hecho cosas que yo no había hecho. Me metieron en una celda con más gente que estaba acusada de matar y de destrozar el pueblo y a mí me acusaron de lo mismo”.

“Me pegaban con ese bastón que tiene la policía, si les miraba, me pegaban. Me llevaron al tribunal, el juez preguntó: ‘¿Qué han hecho esta personas?’ El fiscal dijo: ‘Estas personas han matado’. Y nos trajeron aquí a la cárcel. El fiscal volvió a la comisaría y escribió que todos habíamos confesado y fue por eso que nos condenaron a muerte, pero ante el juez yo nunca dije que hubiera matado”.

Alphonse sigue hablando lentamente pero sin pausa, James traduce, yo tomo notas, los demás niños escuchan en silencio y nos miran con intensidad.

“En la comisaría, los policías usaron cuchillas de afeitar y agujas y me decían que confesara, pero yo nunca admití nada. Me metían la aguja entre la carne y la uña, haciéndome mucho daño, y luego rompían la uña con la cuchilla”. Entonces, Alphonse deja de hablar y sí me mira y me enseña los dedos y veo señales en sus uñas, como pequeñas cicatrices por donde la uña se habría roto.

“No conocía a las otras personas en la celda, todos eran mayores que yo, no me hablaron ni me dijeron nada. La policía también los torturó a ellos, a todos nos hicieron lo mismo”.

En total, fueron ocho personas: Alphonse y tres adultos fueron condenados a muerte, otro hombre fue condenado a 14 años de cárcel y tres mujeres fueron también sentenciadas a 14 años prisión.

Alphonse calla y sigue haciendo dibujitos en el suelo. El ambiente se relaja un poco, todos parecemos volver a respirar, los niños empiezan a hablar y a moverse. Algunos se acercan a Alphonse, le hablan con cariño, intentan animarlo, hacen bromas, a veces consiguen arrancarle una leve sonrisa.

Estúpidamente, yo le pregunto qué quiere hacer cuando sea liberado, pero Alphonse no me responde. James me dice en voz baja: “Ya no cree que lo vayan a liberar, cree que va a ser ejecutado”.  Y entonces James le cuenta a Alphonse todo lo que están haciendo para demostrar que es un niño, que tiene 14 años, y le dice que no va a ser ejecutado. Pero Alphonse no reacciona, ni siquiera alza los ojos para mirar a James y simplemente sigue jugando con la arenilla y haciendo dibujitos y montañitas con ella.

Alphonse lleva puesta una camiseta del Liverpool y le pregunto si le gusta el fútbol y si le gusta el Liverpool pero él no responde. Los demás niños le insisten, le preguntan por el fútbol, siguen haciendo bromas, Alphonse sí habla un poco con ellos y la atmósfera parece un poco más ligera durante algunos instantes.

Pero James me dice que nos tenemos que ir. Le agradezco a Alphonse que haya hablado conmigo y él sólo me mira con tristeza. Los demás niños vienen, me sonríen, se despiden de mí, me dan la mano.

Empezamos a andar y algunos niños nos siguen y uno de ellos me para. “Alphonse nos da mucha pena, pero claro que va a ser liberado, lo llevarán al  hospital para demostrar su edad. Antes, solía estar con nosotros pero desde que le pusieron los grilletes y se lo llevaron siempre está triste”.

Este chico, que más o menos sí habla inglés, me dice que se llama Taban Richard Paul y que tiene 17 años y es ugandés. “¿Por qué estás aquí?”, le pregunto. “Porque cometí asesinato, en febrero de 2010”. “¿Qué pasó?”. “Yo había venido a Juba con mi tío, a buscar trabajo para ganar algo de dinero y poder pagar los gastos de la escuela. Un hombre me intentó robar, nos peleamos y yo pude coger un cuchillo y matarlo”, cuenta con naturalidad.

Taban ha sido sentenciado a dos años de prisión además de las 30.000 libras del “dinero de sangre”. “Me gusta más la vida aquí dentro que fuera, soy más feliz aquí dentro, porque he recibido a Jesús y ahora estoy salvado”, me sigue diciendo, y añade que es además el secretario general de la iglesia de la prisión. Y me da una carta: “Para ti y para Fernando”.

Nos marchamos y, mientras estamos cruzando el gran portón, James me muestra la redecilla que cubría el balón de fútbol que les he dado a los niños. Sonríe y me dice: “No podíamos dejar esto, lo podrían utilizar para suicidarse”.

Volvemos a la oficina y encontramos a Fabian en su mesa entre varios papeles. Les agradezco a los dos toda su ayuda y les deseo suerte. Ellos me agradecen a mí mi interés por los niños. Quedamos en volver a hablar por teléfono, nos despedimos y me voy andando de la prisión central de Juba.

***

Más tarde, ese mismo día, acabo por fin de reservar el billete de autobús para marcharme el domingo de Juba. Camino por el mercado de Custom, el mismo en el que la Seguridad pública obligó a Diu a señalar a más chicos, cuando veo un revuelo al otro lado de la calle. Me detengo, miro con atención y se trata de varios policías que hablan de forma agresiva con varias personas. Un joven responde a uno de los policías, que le pega una bofetada. El joven retrocede y el policía lo vuelve a golpear. Entonces el joven se marcha rápidamente mirando con miedo al policía, que vuelve junto a los demás agentes y, en grupo, se internan en el mercado.

***

Nota: Como cuento en el primer post de la serie, redacté este texto -que fue la base de la versión que finalmente publicaría El País- de vuelta en Nairobi tras mis visitas a la prisión central de Juba en diciembre de 2010 y enero de 2011. A finales de junio de 2011, regresé a Sudán del Sur para cubrir su declaración de independencia el 9 de julio. Durante esas semanas, volví varias veces a la cárcel, estuve con Fabian y James y entré en varias ocasiones a ver a los menores. No he podido regresar a Juba desde julio de 2011, ya hace casi un año. He hablado con Fabian por teléfono en algunas ocasiones pero siempre con dificultades por la mala calidad de la línea.

Se me había pasado acabar de publicar aquí las siguientes partes de este texto pero, en julio de 2012, la Fundación Marco Luchetta concedió el premio Dario D’Angelo a la versión publicada en El País y me decidí a completar la publicación de esta versión en el blog. A fecha de hoy, la última vez que pude hablar con Fabian fue el pasado 26 de junio. Él ya no trabaja en la prisión pero sí pudo decirme que Alphonse sigue allí, aunque no me llegó a contestar si sigue condenado a muerte. He pasado el número de Fabian a colegas en Juba para que intenten llamarlo desde allí a ver si hay más suerte. También he escrito emails al servicio de prisiones de Sudán del Sur y a la que hoy es asesora de la ONU en la cárcel (no tengo sus números) pero de momento no he tenido respuesta.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (7)

Estoy de vuelta en la prisión, es viernes por la mañana y yo debo marcharme de Juba este domingo. Estoy sentado en el mismo sillón esperando que aparezca Fabian. He comprado un balón de fútbol, pilas y un par de chanclas para James, el niño de 8 años que lleva más de un mes en la cárcel porque le cogió dinero a su padre. Hace mucho calor y me comen las moscas. Llegan Fabian y James –el funcionario– y Fabian se disculpa y dice que ha de asistir a una reunión. Me quedo con James. “Tengo que entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la prisión porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura y aún no han ido a juicio”, repito automáticamente. Pero James parece más decidido que Fabian. “Sí, lo sé, déjame organizarlo y vamos a ver si podemos entrar”.

No mucho más tarde, James vuelve y me dice que ya han reunido a los menores y que me están esperando. Volvemos a cruzar el portón que da acceso al patio y a las celdas. Los presos me miran pero nadie se dirige a mí. Llegamos al ala de los menores, donde de nuevo todos los niños me aguardan en filas bajo el toldo. Esta vez no hay canción pero sí hay aplauso, lo que otra vez me hace sentir incómodo. Nos sentamos y le digo a James que tengo que entrevistar al menor al que pillaron robando en una casa y que fue obligado a señalar a otros bajo tortura.

Se trata de Diu Ajak, quien se acerca y se queda de pie junto a nosotros, alto, muy delgado y con un rostro infantil. A través de James, que hace de traductor, me dice que tiene 13 años pero, por su cara, aparenta 9 ó 10. “Tenía hambre, por eso entré en la casa”, empieza a contarme Diu, “cogí 120 libras (35 euros) y una cámara de fotos pequeña”. James y Fabian me habían dicho que Diu había robado 600 libras (175 euros), una cámara y una radio, pero Diu insiste en que sólo fueron 120 libras y la cámara.

“El dueño del dinero me pilló y me pegó con un palo, era un oficial del ejército. Me llevó a la comisaria de Malakia y, allí, los oficiales de la Seguridad pública (un departamento de la Policía) me pegaron, me dieron muchos latigazos. Me metieron en un coche y me llevaron para que señalara a alguien. Yo señalé a unos chicos porque los policías me habían pegado. Los que señalé son amigos míos pero no estaban conmigo cuando fui y robé en la casa”.

En su traducción, James usa el verbo “lash” en inglés, que puede significar “dar latigazos”, “pegar con un palo” o “azotar”. Le pregunto qué quiere decir exactamente y hace el gesto y el ruido de dar latigazos. Miro a Diu y éste se da la vuelta y se levanta la camiseta, aún se pueden ver señales en su espalda y lo que me acaba de contar ocurrió el 31 de agosto, hace más de cinco meses.

Diu señaló a cinco chicos y todos fueron arrestados y llevados a la comisaría de Malakia. El 2 de septiembre fueron llevados ante el juez, quien dijo que Diu tenía que quedarse en la cárcel pero los otros cinco tenían que ser liberados por falta de pruebas. No se trató de un juicio sino de una vista judicial.

“De entrada, trajeron a los seis chicos a la prisión y el fiscal de la comisaría de Malakia tendría que haber venido a la cárcel y liberar a los otros cinco chavales, pero no ha venido nadie y nosotros no podemos encontrarlo porque no había ningún nombre de fiscal en la orden de arresto de estos chicos y en la comisaría nadie sabe nada”, me explica James, corroborando lo que ya me había dicho Fabian.

“La vida en la prisión no es buena, no tenemos ropa, la comida es mala, no tenemos un sitio adecuado para asearnos”, continúa Diu, que habla con mucha timidez, en voz muy baja. Se lo ve muy frágil, destila tristeza, tiende a mirar al suelo y apenas levanta la vista.

Mientras hablábamos con Diu, varios de los niños se han aburrido, se han levantado y se han ido. La escena es ahora más informal: James y yo sentados en sillas de plástico, Diu de pie frente a nosotros, algunos menores sentados o tumbados cerca de nosotros siguiendo la conversación y el resto de niños en grupos jugando, hablando, peleándose de broma, yendo de aquí para allá.

Le pregunto a James quiénes son los otros niños a los que Diu señaló. Él traduce mi cuestión y cuatro chicos levantan la mano y empieza a revolverse. Diu no los mira y lentamente se hace a un lado y se sienta en el suelo. Uno de los que había alzado la mano se adelanta, se pone en pie y comienza a hablar con indignación.

Se llama Angok Mum y dice tener 14 años. “Cuando la Seguridad pública vino al mercado de Custom (el mayor de Juba) con Diu, nosotros estábamos bebiendo soda en una bar. Diu dijo que éramos sus amigos, dijo que estábamos siempre juntos, pero nosotros no lo conocíamos. Nos metieron en el coche y nos llevaron a la comisaría de Malakia, nos torturaron para que aceptáramos que habíamos cogido el dinero, que Diu lo había compartido con nosotros”.

“Los de Seguridad pública nos pegaron en el bar, nos llevaron a la comisaría de Malakia y allí nos dieron latigazos. Pasamos allí la noche, por la mañana nos volvieron a pegar, nos llevaron al tribunal y el juez dijo que teníamos que ser liberados pero nos trajeron aquí y desde entonces no hemos vuelto al tribunal”, cuenta Angok hablando rápidamente, enfadado, mirando de vez en cuando a Diu. “Nos pegaron tantas veces que perdimos la cuenta”.

Mientras yo tomo notas en mi cuaderno, la mayoría de los niños que aún quedan se empiezan a aburrir, se levantan, se van. Diu sigue sentado en el suelo, triste, con la mirada baja.

“No hay nada bueno aquí en la cárcel, me han dejado aquí tirado y no estoy contento”, prosigue Angok. “No sé porqué me identificó, no somos amigos, aquí él va por su cuenta y yo voy por mi cuenta”.

Le agradezco su intervención y pido hablar con otro de los chicos identificados por Diu. Se levanta otro de ellos, dice que su nombre es Chol Achek y que también tiene 14 años. Repite la historia que ha contado Angok y añade algunos detalles:

“La Seguridad pública apareció con pistolas y nos encadenó juntos allí en el bar. No conocíamos a Diu, aunque sí lo veíamos por la calle. También arrestaron al dueño del bar, aunque luego lo liberaron”, asegura Chol.

Mientras hablábamos con Diu, Angok y Chol, un funcionario ha traído a Alphonse, que se ha sentado en una silla de plástico no lejos de nosotros. Alto, delgado, cabizbajo, de rostro amplio y con grandes ojos, no deja de tocarse los pies y los grilletes que le atenazan los tobillos. Los demás niños lo miran con respeto y desde la distancia, él simplemente los ignora.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (6)

El día siguiente, vuelvo a esperar a Fabian sentado en el mismo sillón y siendo acosado por las mismas moscas. Cuando aparece, sobre las 9 de la mañana, pasamos un rato en su oficina y más tarde dejamos la cárcel y nos dirigimos hacia la Comisión médica. Cruzamos el descampado frente a la prisión en el que hay una enorme montaña de basura y por el que pasean grupos de cabras que mordisquean lo primero que encuentran.

Evitamos la mierda de cabra, las tablas rotas y metales del suelo y pasamos junto a niños que se afanan lavando coches y no harán otra cosa hasta que caiga el sol sobre las 7 de la tarde. Aunque ahora es temprano por la mañana, ya hace mucho calor y al mediodía la temperatura superará los 40 grados

En 2009, la ONG francesa Niños del Mundo – Derechos Humanos (EMDH, en francés) publicó un informe en el que encontraron 1.200 niños que trabajaban o vivían en la calle en Juba. La mayoría no iba a la escuela y sus actividades más comunes eran la recogida de botellas de plástico, lavar coches o limpiar zapatos para así ganar algo de dinero para poder comprar comida.

Fabian gana 691 libras al mes (unos 200 euros) y dice que no puede permitirse tomar un boda-boda (mototaxi), así que vamos andando por las calles de tierra, piedras y llenas de agujeros en las que reinan los todoterrenos blancos de la ONU, las ONGs y del gobierno de Sudán del Sur.

Mientras caminamos, Fabian me pregunta qué come la gente en España, si arroz o judías. Le digo que en España la gente tiene suerte y puede comer de todo. “Pero yo solía hacerme pasta casi todos los días, es barata, fácil de hacer y está buena”, le cuento. “Pero, ¡cómo!, ¿y no te cocinaba tu mujer?”, me dice él sorprendido. Le digo que no estoy casado y entonces me pregunta: “¿Y cómo pagáis en España por una esposa, con dinero o con vacas?” Yo le digo que en España es diferente, que el hombre no “compra” a la mujer con dinero ni con vacas sino que, en teoría, una pareja se casa porque los dos, libremente, quieren. Fabian se ríe a carcajadas y repite negando con la cabeza, como si no pudiera creerlo: “¡Porque los dos, libremente, quieren!”

Llegamos a la Comisión médica, un amplio edificio de paredes medio en ruinas, pero el director no está y nos toca esperar. Cuando por fin aparece y podemos hablar con él, nos dice que necesitamos el impreso número 2 y que hemos de adquirirlo en otra oficina en el mismo recinto. Encontramos esta otra oficina, donde también nos toca esperar, y luego pedimos el impreso número 2, que cuesta dos libras (unos 60 céntimos). Entonces Fabian viene junto a mí y en voz baja me dice que si le puedo dar dos libras. Dudo un instante pero le acabo dando el dinero y nos dan el impreso número 2, que ahora tiene que ser mecanografiado a partir del informe médico que Fabian consiguió en octubre del año pasado y que asegura que Alphonse tiene 14 años. Pasar el impreso a máquina costará otras 30 libras (cerca de 9 euros). Pero el funcionario encargado de mecanografiar no está, así que dejamos en la oficina el impreso número 2 y el informe médico y nos dirigimos al Tribunal Supremo, que no está muy lejos.

El tribunal, como la Comisión médica, ocupa un gran edificio que se cae de viejo. Policías con diferentes uniformes están sentados en el patio a la sombra de un par de árboles. Dentro, más hombres uniformados se apiñan en las pequeñas oficinas y pasillos. No hay ni un ordenador a la vista, los policías y funcionarios están sentados en las sillas, en las mesas, beben té y ríen. Nadie habla inglés. Fabian habla en árabe con un hombre y le enseña los papeles del caso de los menores que llevan en la cárcel desde agosto, cuando uno de ellos fue torturado para identificar a los demás, y aún no han ido a juicio. El hombre los mira sin expresión. En Sudán del Sur, la gran mayoría de la población es analfabeta y esto incluye a los cuerpos de seguridad. Tras unos instantes, el hombre devuelve los papeles a Fabian, nos despide y nos vamos.

“Me ha dicho que tengo que llevar los informes a la comisaría de Malakia, donde fueron llevados los menores, y encontrar al fiscal del caso, lo que es un problema, porque en la orden de arresto no aparecía el nombre de ningún fiscal”, me dice Fabian, y me cuenta que ya ha ido otras veces a esa comisaría y allí nadie sabe nada del caso. Mientras tanto, los menores llevan ya más de cinco meses en la cárcel sin juicio y cinco de ellos fueron arrestados sin pruebas.

Mientras caminamos de vuelta a la prisión, Fabian me habla sobre el método de ejecución empleado en la cárcel: la horca. Me cuenta cómo hay una fórmula para colgar a los condenados a muerte. “Te miden y te pesan para regular la horca. Si no está bien regulada, la horca le puede cortar la cabeza al condenado. Si esto ocurre, los encargados de regularla son encarcelados”, describe Fabian. “Si todo se hace bien, el condenado debería morir en unos 15 minutos, pero si por ejemplo tarda 20, entonces ha habido un error de cálculo”, y se ríe.

Llegamos a la prisión. Fabian desaparece y yo paseo por el patio saludando a guardas aquí y allá. Veo a Chol, un preso adulto condenado a 10 años por asesinato. Lo entrevisté hace unas semanas y lo he vuelto a ver varias veces durante otras visitas. Me abraza y hablamos sobre el referéndum y la futura independencia de Sudán del Sur.

Pero Fabian vuelve a aparecer con una enorme sonrisa y me dice que el pastor de la prisión le ha dado las 30 libras que hacen falta para recoger el impreso número 2 que certificará que Alphonse tiene 14 años y, por ley, no puede ser ejecutado. Me dice que va a volver a la Comisión médica a ver si el impreso número 2 ya está listo y le digo que lo acompaño.

Llegamos de nuevo al viejo edificio y el impreso número 2 sí ha sido mecanografiado. Lo recogemos y lo llevamos a la oficina del director, donde de nuevo tenemos que esperar. Finalmente, el director lo lee y lo firma, y ahora tenemos que volver a la primera oficina para que lo sellen. Tras volver a esperar, la funcionaria pone el sello en el impreso número 2, Fabian paga las 30 libras y le devuelven el impreso sellado y un recibo. Me enseña el recibo y me dice que la madre de Alphonse tendrá que pagar las 30 libras al pastor de la prisión.

“¿Y cuál es el proceso ahora?”, le  pregunto a Fabian mientras salimos del recinto de la Comisión médica. “Ahora tengo que mecanografiar todos mis informes, adjuntar este certificado y enviar todo al director de la prisión y, si él lo aprueba, entonces lo enviaremos al juez y el juez decidirá si cambia oficialmente la edad de Alphonse a 14 años”, me explica él. Esto puede durar semanas o meses y podría acabar de todos modos con el juez insistiendo en que Alphonse es mayor de edad y que ha de ir a la horca.

“¿Y cuándo voy a entrevistar a Alphonse y a los menores que llevan desde agosto en la cárcel sin juicio porque uno de ellos señaló a los otros bajo tortura?”, le vuelvo a preguntar. “Mañana, mañana”, me responde él sin dejar de sonreír, “ahora creo que debes irte y ya nos veremos mañana”. Mientras nos despedimos, Fabian baja la voz, me coge del brazo y me dice: “¿No tendrás cinco libras (1,5 euros)?, me gustaría desayunar…” Lo miro durante unos segundos y le doy cinco libras. “¡Muchas gracias, hasta mañana!”, me dice mientras se encamina de vuelta a la prisión y yo me quedo junto a la entrada de la Comisión médica sin saber muy bien qué pensar.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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‘Condenado a muerte con 14 años’ (5)

Le pregunto cómo se llama y cuántos años tiene y en voz muy baja y con timidez dice que su nombre es James Kenyi Wan y que tiene ocho años. James tiene los ojos grandes y una bonita sonrisa y no puedo evitar pensar que sería perfecto para anuncios de televisión o en revistas. Le pregunto que porqué está en la cárcel. “Cogí 200 libras del dinero de mi padre y él me llevó al cuartel de policía de Malakia (una de las zonas de Juba) y luego me trajeron aquí”, responde él. Fabian me dice que fue en diciembre y que James aún no ha sido presentado ante un juez.

“¿Por qué cogiste el dinero?”, le pregunto yo. “Para comprarme ropa, dulces y otras cosas”, dice James, que está constantemente tocándose y masajeándose los pies descalzos. Además, me fijo que tiene las delgadas piernas llenas de marcas. “¿Por qué te tocas los pies?, ¿te duelen, te pasa algo?”, le pregunto. Él me mira divertido: “Me duelen porque no tengo sandalias y tengo que andar descalzo y jugaba a fútbol descalzo”, responde mientras los demás niños ríen. Le pregunto cuál es su equipo favorito y James dice que el Arsenal. “¿Y quién es tu jugador favorito del Arsenal?” “¡Adebayor!”, responde él con una gran sonrisa. El togolés Emanuel Adebayor fue jugador del Arsenal hasta hace más de dos años, cuando fichó por el Manchester City. Cuando hablé con James, Adebayor acababa de ser cedido al Real Madrid hasta final de esa temporada.

Les pregunto en general a todos que cuáles son sus equipos favoritos. Todos quieren hablar a la vez y se arma algo de revuelo: “¡Arsenal!”, dice la mayoría. “¡No, Manchester United!”, dicen otros. Unos pocos responden que Chelsea o Liverpool y de repente Mangar dice: “¡Pero también nos gusta Ghana!”, y todos rugen y aplauden mientras repiten: “¡Ghana, Ghana!”. La selección de fútbol de Ghana fue el equipo africano que llegó más lejos en el pasado Mundial, del que fue eliminada en cuartos de final por Uruguay.

Poco a poco la cosa se calma y yo sigo interrogando a James. Le pregunto si sus padres lo visitan y él niega con la cabeza. Fabian me dice que los padres de los menores pueden venir a visitarlos a diario pero que los de James no han venido ni una sola vez.

Le pregunto a James qué tal es la vida en prisión. “Cuando tenemos balón de fútbol y cuando hay escuela, aquí no se está mal”, responde él sonriendo. “Aunque la comida podría ser mejor”.

Le pregunto cómo se llevan entre ellos los niños. “Aquí todos somos hermanos, entre nosotros no nos peleamos”, responde James. “A veces, los mayores sí que nos pegan cuando vamos al patio grande donde están ellos, no les gusta que vayamos por allí”.

Se acaba el tiempo y nos tenemos que marchar. Fabian y otro funcionario reparten los paquetes de galletas y la mayoría de los niños no parecen muy emocionados. Me despido de ellos y les agradezco que hayan hablado conmigo y ellos se despiden y algunos aplauden otra vez.

Le digo a Fabian que quiero ver las celdas en las que duermen los menores y me conduce a la entrada de la estancia junto a la que hemos estado sentados. Dentro, se trata de una sola habitación de unos cuatro metros de ancho por unos 15 de largo. A lo largo de las dos paredes se aprietan unos 15 colchones de espuma, son muy finos y están raídos y cubiertos por sábanas viejas y sucias. Algunos niños nos han seguido al interior. Mangar señala uno de los colchones y dice que en cada uno duermen tres niños. Algunas redes mosquiteras penden del techo sobre los colchones, aunque no hay suficientes y están llenas de agujeros.

Cuando salimos de la habitación, Fabian señala frente a nosotros, donde unos trabajadores están realizando una obra en una estancia casi igual a la que acabamos de dejar. Me dice que cuando esté lista, la mitad de los niños se trasladarán a ésa y así todos tendrán más espacio. Cuando nos vamos a ir y me estoy despidiendo otra vez de los niños, uno de ellos viene y me dice tímidamente y con educación: “Por favor, señor, ¿nos puede traer pilas la próxima vez que venga?”, mientras me enseña un anticuado aparato de radio y continúa, “es para que así podamos escuchar las noticias”. Le digo que de acuerdo y entonces Mangar grita desde detrás: “¡Cuatro, necesitamos al menos cuatro pilas, por favor!”.

Salimos del ala donde están los menores y cuando andamos por el patio hacia el portón, Fabian me dice que es aquí donde los niños juegan a fútbol. “Pero a los mayores no les gusta y les pegan, ¿no?”, digo yo, y Fabian sólo ríe.

De vuelta en su oficina, le sigo preguntando a Fabian por la tortura y él me cuenta: “En los cuarteles de policía te pegan, utilizan fuego u otros objetos para que digas la verdad. De hecho, los arrestados quieren que los traigan a la cárcel lo antes posible porque saben que aquí no torturamos a nadie”.

Pero Fabian insiste en que tengo que irme y quedamos en vernos mañana para ir a la Comisión médica a intentar conseguir el certificado con la edad real de Alphonse y al Tribunal Supremo para intentan revisar el caso de los seis menores que fueron arrestados en agosto y aún no han ido a juicio. Yo le recuerdo que aún tengo que entrevistar a Alphonse y a esos seis menores de los cuales uno de ellos señaló a los otros bajo tortura. “Mañana no puede ser, los verás pasado mañana, el viernes”, me asegura él y espero que sea verdad, porque dos días después, el domingo, me he de marchar de Juba.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (4)

Vamos y cruzamos el portón que da acceso al patio y a las celdas. El patio es amplio, tiene el suelo de tierra y está dividido en dos partes por una verja. De nuevo, el calor, la luz, el polvo. Dentro de la parte separada por la verja, a nuestra derecha, hay unos pocos árboles y un toldo de metal que dan algo de sombra. Los presos se concentran allí, sentados en el suelo, intentando huir del sol cegador de Juba. Otros reclusos están sentados junto al muro a nuestra izquierda, donde también hay una estrecha franja de sombra. Apenas hay movimiento, casi nadie camina y las conversaciones lo son en voz baja. Cuando entramos, todos nos miran, me miran, con una cierta curiosidad resignada. Nadie me saluda o me dedica ningún gesto. Avanzamos por el patio y cuando nos vamos a introducir entre dos estancias a la izquierda, uno de los presos sí se levanta, se acerca y me saluda con educación y me tiende la mano. Le doy la mano y le respondo el saludo y continuamos hacia el ala donde están los menores.

Entonces Fabian ríe y me dice que el único recluso que me ha saludado es uno de los enfermos mentales.

Cruzamos una puerta que da acceso al ala de los presos políticos. Seguimos hacia detrás de una de las estancias y, bajo un toldo metálico, están los menores de pie, en filas, esperando. Llevan ropas sucias y rotas. Algunos son bastante altos y todos tienen cara de niño, están muy delgados y me miran expectantes. En cuanto me ven, empiezan a cantar una canción mientras dan palmas y se mueven rítmicamente. Tengo la sensación de estar en una escuela y este recibimiento me hace sentir de nuevo algo mezquino.

Cuando la canción acaba, todos se sientan en el suelo en filas y me siguen mirando con ojos enormes, con intensidad, algunos con la boca abierta, otros con sonrisas de emoción. Me llama la atención un niño sentado al frente. Por su cara, podría tener 9 ó 10 años y me mira sin dejar de sonreír y con los ojos brillantes.

Fabian les dice que soy amigo de Fernando y que les he traído algunos regalos de navidad. Todos aplauden. Los niños apenas hablan inglés. A través de Fabian, les agradezco la canción y el baile y les digo que Fernando les dice hola y todos vuelven a aplaudir.

Ya sentados frente a ellos, les digo que me gustaría oír sus historias y pregunto que quién quiere hablar conmigo. Uno de los que parecen más mayores levanta la mano y luego se pone en pie. Es más alto que yo. Le pregunto cómo se llama y dice con confianza y energía: “¡Mangar Abuc Malnal!”. Los demás niños ríen y algunos empiezan a corear su nombre: “¡Mangar Abuc Malnal, Mangar Abuc Malnal!”

“¿Qué hiciste, por qué estás en prisión?”, le pregunto a Mangar, que dice tener 16 años. “Soy un dinka y maté a otro chico de mi tribu, nos peleamos y lo maté con una lanza”, responde él con naturalidad y Fabian y algunos de los niños ríen tras la respuesta.

Mangar dice que se entregó él mismo a la policía en julio de 2009 en Kaya, su poblado natal, cerca de la frontera con Uganda. Tras pasar 13 días en la comisaría, donde dice que la policía le pegó, lo enviaron a esta prisión y estuvo aguardando juicio hasta diciembre pasado. Entonces, fue condenado a pagar 30.000 libras como “dinero de sangre” y a tres años de cárcel, que empezaron a contar desde diciembre.

Le pregunto a Mangar cómo es la vida en prisión. “El balón de fútbol que teníamos está estropeado y ahora no tenemos nada que hacer, así que nos pasamos el día sin hacer nada y pensando”. Fabian me dice entonces que fue precisamente Fernando quien trajo el balón que ahora está pinchado.

Pero Mangar continúa: “Antes, cuando podíamos jugar a fútbol, me podía olvidar del problema que me trajo aquí pero ahora pienso mucho sobre este problema. Me arrepiento de lo que hice porque fuera podía andar adonde quisiera y podía hacer lo que quisiera”.

“La comida tampoco es buena”, sigue contando Mangar, “no está bien cocinada y a veces encontramos gusanos en la salsa, además, nos dan de comer cosas que yo nunca había visto fuera de aquí”. La comida consiste en una taza de té por las mañanas y en “posho” (harina de maíz), tapioca y judías a mediodía y por la noche. Una vez por semana, comen arroz con verduras y a veces algo de carne.

“Pero lo peor es la falta de educación”, asegura Mangar. “Necesito que me enseñen desde la mañana a la noche, quiero seguir estudiando y cuando salga de aquí y me gradúe, ¡llegaré a ser presidente o ministro!”, dice mientras los demás niños y Fabian se ríen.

Le pregunto a Mangar qué le gustaría que cambiara en la prisión y él responde sin dudar y de carrerilla: “Que nos cambien las sábanas y los colchones, que mejoren el alojamiento, que nos den un balón de fútbol y que vuelva a abrir la escuela para que podamos olvidar”.

Las clases han parado hasta febrero por las vacaciones de navidad y por la celebración del referéndum. Cuando hay escuela, los niños tienen hora y media de clase al día de lunes a viernes y en la cárcel se ofrecen sólo los cuatro primeros cursos de primaria. La mayoría de los profesores son presos adultos.

Mangar se sienta satisfecho, yo pregunto entonces quién es el más pequeño de entre todos ellos y varios niños señalan precisamente al que está sentado en la primera fila y me mira sin dejar de sonreír.

***

‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

También lo puedes descargar en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (3)

“Bueno, a ver qué has traído para los niños”, me suelta entonces Fabian de repente. Yo les enseño el contenido de las bolsas de plástico: “He traído cuadernos, bolígrafos, jabón y galletas”. “Mmm”, empieza Fabian, “el jabón no es una buena idea, nos tendrías que haber preguntado antes de comprarlo”. “Ah…”, digo yo. “Porque es muy caro y tendrías que haber traído uno para cada uno y, de todas formas, no es una buena idea. Y lo mismo con los cuadernos, tendrías que haber traído uno para cada uno y de todos modos no los utilizarían”, me dice Fabian.

Además de las galletas, he comprado seis pastillas grandes de jabón, varios cuadernos y un buen puñado de bolígrafos. Me siento como un estúpido. “¿Y cuántos paquetes de galletas has traído?”, me pregunta Fabian. “Ehm, he comprado diez”, respondo. “Tampoco es suficiente, tienes que traer uno para cada uno de ellos y hay 47 niños”, me dice él con cierta condescendencia pero enseguida vuelve a reír: “A Fernando también le pasó, vino con unos pocos cuadernos y galletas y tuvo que ir y comprar más”. “Yo también compraré más y se las daré a los niños mañana u otro día”, digo mientras empiezo a guardar las galletas, el jabón, los bolígrafos y los cuadernos. Pero Fabian me coge del brazo y me hace parar. “En realidad, los cuadernos y los bolígrafos nos vendrían muy bien a nosotros, para tomar notas y hacer nuestro trabajo”, dice, y se vuelve a reír. Lo miro durante unos instantes y después digo: “Vale os los podéis quedar”. “Muy bien”, dice Fabian sonriente, “entonces vamos para dentro a ver a los menores”.

“Por fin”, pienso. Recojo todas mis cosas, salimos de la oficina –fuera el calor es tremendo, la luz es intensa, el polvo se te mete en los pulmones y las moscas te comen excitadas– y vamos hacia el portón que da acceso al patio y a las celdas de los presos. Pero cuando llegamos, vemos por la rendija que el director de la prisión está echando un discurso a los reclusos, que lo miran en silencio sentados en el suelo en filas bajo el sol, y los guardas no nos dejan pasar.

Volvemos a la oficina. “No pasa nada”, me dice Fabian, “en cuanto acabe el discurso, entramos”. Le digo entonces que voy a aprovechar para comprar más galletas. Me levanto, cojo la mochila y salgo corriendo de la cárcel entre las miradas de sorpresa de policías y guardas. Llego a uno de los puestos al final de la calle, compro otros 37 paquetes de galletas e intento devolver las pastillas de jabón. Tras discutir medio en inglés y medio en gestos, el chico del puesto accede a devolverme parte del dinero del jabón. Vuelvo corriendo a la prisión, entro en la oficina y Fabian me dice que el director sigue hablando a los presos, así que toca seguir esperando.

Fabian vuelve a su papeleo y ahora es James quien me cuenta cosas sobre la cárcel. La prisión tiene una capacidad para unas 750 personas pero suele haber alrededor de 1.000 presos. Las celdas están separadas por grupos. Por un lado, están los presos comunes que aún esperan juicio y cuyos delitos habituales son robos, adulterio y violaciónes. Por otro lado, están los acusados de asesinato que aún no han tenido juicio. Luego están, igualmente separados, los presos condenados por delitos comunes y aquellos condenados por asesinato. Y también hay alas separadas para los condenados a muerte, los enfermos mentales y los menores. “Pero durante el día todos están juntos, pasean por el patio, comen juntos”, me explica James.

El caso de los condenados por asesinato es particular. “La pena depende de la decisión de los familiares de la víctima”, comienza a describir James. Los familiares le piden al asesino una cantidad de dinero como compensación. Es lo que aquí en árabe llaman “dia” y en inglés “blood money”: dinero de sangre. En Sudán, la ley establece que los familiares pueden pedir como máximo 30.000 libras (unos 8.800 euros) y ésta es la cantidad solicitada en casi todos los casos. “Aunque depende de las tribus”, interviene Fabian, “por ejemplo, los dinka pueden pedir 30 vacas en lugar de 30.000 libras”. Cuando se fija esa cantidad, entonces el juez le impone una nueva sentencia, de hasta cinco años si es un menor y de hasta 10 si es un adulto.

“Pero si los familiares de la víctima dicen que quieren al asesino muerto, entonces ya está, son los familiares los que deciden y no hay nada que hacer, aunque si el condenado es un menor, entonces la ley dice que no puede ser ejecutado”, concluye James. En la prisión central de Juba, además del caso de Alphonse, hay cinco menores que cumplen penas de cárcel por asesinato.

En ese momento, entran otros dos guardas en la oficina. Uno, que tiene mal aspecto, se sienta en una silla y el otro le pone una inyección en el brazo. Me dicen que se trata de un caso de malaria y que el que está administrando la medicina es el psiquiatra de la prisión.

Entonces alguien empieza a reproducir música con el teléfono móvil y la conversación cambia. Me preguntan sobre España y de inmediato recuerdan la victoria de la selección en el Mundial. “Aunque en la final yo iba con Holanda”, me dice James entre risas.

Pero yo insisto y sigo preguntando sobre los menores: “¿Cómo son sus celdas?” Curiosamente, me cuentan, las celdas que ocupan los niños son las reservadas a los prisioneros políticos. “Durante la guerra, el reformatorio de Lologo fue destruido, así que empezaron a traer a los menores a esta cárcel y los metieron en las celdas para los presos políticos, que se supone son las mejores de la prisión”, explica James.

Entonces, Fabian va al portón a preguntar y cuando vuelve nos dice que finalmente podemos entrar a ver a los niños.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (2)

Fue ayer cuando conocí a Fabian. Es un hombre no muy alto y de sonrisa fácil. Tiene una cara simpática y, a pesar del calor, viene al trabajo con pantalones de traje y una camisa de manga larga. Fabian suda constantemente y lleva un pañuelo en el bolsillo que se pasa por la cara cada pocos minutos. Le gusta hablar y, en ocasiones, cuando te está contando algo importante o que él considera una confidencia, te coge del brazo y te mira fijamente con sus ojos enrojecidos mientras baja la voz.

“Un grupo llamado ‘Niggers’ solía ir por la ciudad matando a la gente. Fueron arrestados y torturados y la policía los obligó a que señalaran a sus secuaces por la calle, y fue entonces cuando señalaron a Alphonse”, me dice Fabian en voz baja. “¡Pero él es inocente, y además es un niño!”, se exalta. “Así que lo llevamos al médico y el doctor dijo que tenía 14 años, y ahora estamos intentando cambiar oficialmente su edad para quitarle la condena a muerte”. En enero de 2010, Sudán cambió sus leyes y aumentó de 15 a 18 años la edad mínima para que un criminal pueda ser sentenciado a muerte.

En Juba y Jartum, la gente llamaba “Niggers” a grupos de jóvenes más o menos organizados que cometían robos y asesinatos y empezaron a aparecer en el país en 2008. Pero ya apenas se oye hablar de ellos.

Alphonse fue arrestado el 10 de agosto de 2009 y, en un principio, estaba alojado con el resto de menores en la cárcel. Cuando finalmente el juicio tuvo lugar en octubre de 2010, fue sentenciado a muerte junto con otros presuntos “Niggers” y, desde entonces, se encuentra en el ala de los condenados a muerte. Aunque durante el día es libre de moverse por el patio que comparten todos los presos, Alphonse lo ha de hacer arrastrando la cadena que une los grilletes de sus tobillos y que apenas le deja caminar. Los condenados no tienen fecha de ejecución y es el presidente del gobierno de Sudán del Sur, en la actualidad el ex líder rebelde Salva Kiir Mayardit, quien decide con su firma cuándo un prisionero ha de ser ahorcado. Fue ese mismo mes de octubre de 2010 cuando Fabian consiguió el informe médico que confirma que Alphonse tiene 14 años. Pero ni el director de la prisión ni el juez aceptaron el documento y es por eso que Fabian tiene que conseguir un certificado de la Comisión médica, algo que no ha hecho hasta ahora.

“Fabian, tengo que entrevistar a Alphonse y a los demás menores”, le digo por enésima vez. “Mmm, más tarde, o quizá mañana o pasado”, me responde él a mí por enésima vez y sigue hablando sobre los niños encarcelados. “En teoría, los menores deberían estar en el reformatorio de Lologo, donde además irían a la escuela, pero el edificio fue destruido durante la guerra y aún no ha sido renovado, por eso tenemos a los menores aquí junto con los adultos”. Hace más de seis años del final del conflicto.

Hace casi tanto calor y hay casi tantas moscas en la pequeña oficina como fuera. Aparte de la de Fabian, hay otras dos mesas: una es para Betty, la asistenta social, que apenas habla inglés y no responde a mis preguntas. Y en la tercera mesa, dos funcionarios acaban de poner en marcha un viejo ordenador que la ONU ha donado a la cárcel e intentan sin mucho éxito usar el programa Word. Fabian aprovecha y revisa unos papeles: todos los informes y documentos están en papel y manuscritos en una mezcla de inglés y árabe. Junto a Fabian, en la misma mesa, se siente James, un joven de 28 años aliado de Fabian y encargado de las cuentas de esta oficina de los menores y la libertad condicional.

Le pregunto sobre los papeles que está mirando y Fabian me explica que, además del de Alphonse, hoy tienen otro caso entre manos. “El 31 de agosto, seis chicos fueron arrestados. La ley dice que tienen que ser llevados ante el juez en un máximo de 20 días, así que el 19 de septiembre se renovó su arresto pero llevan desde entonces en la cárcel y no han vuelto a ver al juez”. Fabian me cuenta que ha escrito un informe y quiere llevarlo al Tribunal Supremo junto con los informes del arresto. Le pregunto que si puedo ir al tribunal con él y me dice que de acuerdo.

“¿Y qué hicieron estos chicos?”, pregunto. “Uno entró en una casa, robó 600 libras (unos 175 euros), fue arrestado, lo torturaron, lo llevaron a la calle para que señalara a sus compinches y él señaló a otros cinco, que también fueron arrestados”, responde Fabian con normalidad. “¿Lo torturaron?”, repito yo. Fabian me coge del brazo y se ríe: “Claro, aquí eso es normal, los policías torturan a los arrestados para que digan la verdad, les pegan, los queman, los cuelgan boca abajo…”, relata él con naturalidad. “¿Le hicieron eso a un niño?, ¿y el juez lo sabía?”, le sigo interrogando yo. Fabian vuelve a reír y me responde: “Lo hacen con todo el mundo y si el juez pregunta, los policías le dicen que es la única forma de que los arrestados digan la verdad”. “¿Y qué hacéis vosotros cuando os traen a gente con heridas por la tortura?”, le pregunto. “No, aquí no puede entrar nadie herido o enfermo, si alguien está mal, la policía lo lleva al hospital y sólo lo traen cuando está curado”.

Fabian vuelve al caso que lo ocupa hoy. “El chico al que pillaron robando es culpable, ¡pero los otros fueron arrestados sin pruebas!”, dice, “aunque, claro, cuando te torturan, tú dices lo que sea y acusas a quien sea para que paren”. Los seis menores, que llevan en la cárcel desde el 31 de agosto y aún no han ido a juicio, tienen 13 y 14 años, me dice Fabian.

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‘Condenado a muerte con 14 años’, serie completa en ocho posts: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.

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Versión más reducida y posterior publicada por ‘Domingo’ en El País el 2 de octubre de 2011: ‘A la horca con 14 años‘.

‘Condenado a muerte con 14 años’ (1)

Actualización (5 julio 2012): La Fundación Marco Luchetta ha concedido el premio Dario D’Angelo a la versión de este reportaje publicada en el suplemento Domingo de El País, ‘A la horca con 14 años’. Además de leer la versión original y más larga en el blog a partir de este post, también puedes descargártela en pdf, mobi (para Kindle) o ePub (para otros lectores de libros electrónicos).

Nota: Hoy sale publicado en El País un reportaje en el que he trabajado durante bastante tiempo, ‘A la horca con 14 años‘. Cuenta la historia de Alphonse Kenyi, un niño que fue condenado a muerte en Juba, en Sudán del Sur, cuando tenía 14 años, así como otras historias de otros menores presos en esa cárcel. El que descubrió la historia de Alphonse fue el fotógrafo Fernando Moleres, cuando él y yo éramos dos de los muchos periodistas que poblaban las calles de Juba en los días previos al referéndum de independencia en enero de este año. Tras bastantes visitas a la prisión, haber copiado allí todos los documentos en inglés que encontré sobre el caso y otras conversaciones fuera de la cárcel, me fui de Juba a mediados de enero con el cuaderno lleno de páginas con esta historia. Mantuve el contacto por teléfono con Fabian Serit, el oficial encargado de los menores en la prisión, y con un oficial de la ONU que estaba en la cárcel como asesor y que también me fue de mucha ayuda. Y ya en Nairobi escribí un texto de más de 8.000 palabras a partir de mis notas. Llegó la independencia de Sudán del Sur en julio y regresé a Juba, como muchos otros periodistas. Volví varias veces a la prisión, actualicé la historia  y he seguido en contacto con Fabian por teléfono. Y hoy finalmente sale publicada.

Me sigue gustando el texto larguísimo que escribí hace meses y creo que puede ser interesante para la gente a la que le ha llamado la atención esta historia. Así que voy a publicarlo aquí en varias partes. Las cifras sobre los presos pueden ser diferentes porque el artículo de El País contiene los números más actualizados, que me dio Fabian por teléfono hace unos días.

***

Es miércoles y son las 8 y 40 de la mañana. Estoy sentado en un sillón viejo y destartalado, con lo que le queda de tapicería a rayas negras y grises, junto a la oficina de Fabian Serit, el funcionario encargado de los menores y de la libertad condicional en la prisión central de Juba. Me comen las moscas y ya a esta hora hace bastante calor. Estoy sentado fuera, el sillón está al aire libre entre la tierra, las piedras, el polvo y bajo una luz ya cegadora. Hay algún que otro sillón más aquí fuera e incluso un sofá, todos viejos y raídos como en el que yo estoy sentado. No podrían estar más fuera de lugar pero, por alguna razón, no desentonan con la escena en la cárcel de Juba, la capital de Sudán del Sur.

La prisión está en el mismo centro de la ciudad que se va a convertir en la capital del país más joven del mundo. Al recinto, de grandes muros coronados por alambre de púas, se llega por una de las principales calles de Juba. Caminando por ella, te asaltan jóvenes con grandes fajos de billetes que te ofrecen libras sudanesas a cambio de dólares. Pequeños puestos de mercado venden desde chanclas polvorientas hasta falsificaciones de perfumes y maquillaje. Hay muchos grupos de hombres que beben té sentados en sillas de plástico sea cual sea la hora del día. Otros puestos venden crédito para los teléfonos móviles, galletas, bolígrafos. En la esquina, hay que girar a la derecha para bajar hacia la puerta principal del recinto de la prisión, dejando a la derecha un descampado amplio y sucio. Policías en distintos uniformes caminan pesadamente junto a la entrada de la cárcel, otros se sientan en el suelo o en sillas de plástico, sus fusiles apoyados en la pierna. Cuando he llegado esta mañana, como en cada una de mis visitas a la cárcel, todos me han seguido con la mirada pero ninguno me ha dicho nada ni me ha preguntado qué vengo a hacer aquí.

Es sorprendente la cantidad de moscas que hay aquí en la cárcel. Huele a meado. He vuelto a la prisión para intentar ver y entrevistar a los menores encarcelados. Cómo viven, qué comen, qué crímenes cometieron. Y, en particular, para seguir el caso de Alphonse Kenyi, condenado a muerte por pertenecer a una banda organizada de asesinos, según me contó ayer Fabian. Alphonse tiene aspecto de niño pero el juez dijo que tenía 18 años y lo condenó a la horca, el método de ejecución que se utiliza en Sudán del Sur. Fabian lo llevó a un médico que dijo que Alphonse tenía 14 años pero su sentencia a muerte sigue en pie. La última ejecución en esta cárcel fue el pasado septiembre, cuando dos hombres condenados por asesinato fueron ahorcados. En 2010 hubo en total ocho ejecuciones en la prisión central de Juba.

Incluyendo a Alphonse, en el corredor de la muerte hay ahora 52 condenados, todos por asesinato. Y además de Alphonse, en esta cárcel hay otros 47 menores que conviven con unos 1.000 reclusos adultos. La gran mayoría, al igual que casi todos los policías y guardas, son exguerrilleros que lucharon en la guerra civil que enfrentó al norte y al sur de Sudán entre 1983 y 2005. Entre los presos adultos, los delitos más comunes son robo, adulterio, violación y asesinato. Entre los niños, se trata de robos menores y algunos asesinatos.

Aquí fuera hay docenas de guardas y policías que parecen no tener mucho que hacer. Pasean lentamente secándose el sudor de la cara, se sientan en los otros sillones o en el suelo, algunos lucen con desgana sus viejos rifles AK-47. Varios se me acercan y me saludan en inglés. En los últimos dos meses, he venido tantas veces a esta cárcel que muchos de ellos ya me conocen. Una mujer me dice: “Salaam”. Yo le respondo: “Salaam aleikum” y ella se ríe. Ése es casi todo mi árabe. En Sudán, en el norte y en el sur, el idioma más común es el árabe. La población del norte de Sudán es mayoritariamente árabe y musulmana pero la del sur es negra africana y sigue religiones tradicionales en ocasiones mezcladas con creencias cristianas. Además, el sur es rico en recursos petrolíferos y cuenta con tierras más fértiles. El norte intentó islamizar y mantener el control del sur y ambas partes se enfrentaron en una guerra abierta entre 1955 –un año antes de la independencia de Sudán del Reino Unido y Egipto– y 1972 y otra vez desde 1983 y 2005.

Ese año se firmó un acuerdo de paz que otorgaba al sur la celebración de un referéndum de independencia en enero de 2011. La votación tuvo lugar del día 9 al 15 del y casi el cien por cien de los electores votaron por separarse del norte de Sudán. En la ciudad, al otro lado de los muros de la cárcel, el ambiente es de fiesta, de celebración por la próxima independencia.

Aquí en la prisión, mientras sigo esperando a Fabian, las moscas se pelean por posarse en mi cara, en mis brazos, en el bloc de notas. He comprado cuadernos, bolígrafos, galletas y jabón para los niños, por si finalmente puedo cruzar el gran portón que da entrada al patio y a las celdas de los presos y ver a los menores. Me siento algo mezquino, como si estuviera intentando comprar la historia por unas miserables galletas.

En realidad, gran parte del mérito es de Fernando Moleres, un fotógrafo español cuya vida podría llenar varias películas de aventuras. Fernando tiene un encanto enorme y es el mejor a la hora de hacerse gustar y querer y conseguir que le dejen entrar a cualquier parte a hacer fotos. Durante años, ha documentado las condiciones de trabajo forzado a las que se ven sometidos niños de diferentes partes del mundo. Y ahora lleva ya un tiempo trabajando sobre las condiciones de niños presos en cárceles de África. Él entró primero en la prisión, hizo las fotos y descubrió la historia de Alphonse.

Me siguen asediando las moscas cuando, poco más tarde de las 9 de la mañana, llega Fabian y pasamos a su oficina para seguir hablando del tema.

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Juba NO va a ser la capital del país más joven del mundo

Chabolas en Juba

Chabolas en Juba

Ups, tantas veces que los periodistas hemos escrito que Juba se iba “a convertir en la capital del país más joven del mundo” -yo el primero y lo he vuelto a hacer esta mañana, por ejemplo- y ahora van los del gobierno de Sudán del Sur y dicen que van a construir una ciudad nueva para que sea la capital, porque Juba, bueno, pues que Juba no mola (como también nos hemos cansado de repetir los periodistas).

Sudán del Sur va a implementar el enorme proyecto de contruir una nueva y moderna capital para el nuevo Estado independiente, ya que la capital histórica de la región, Juba, no tiene el nivel que se le requiere a una capital nacional en cuanto a infraestructura para las instituciones públicas, inversión y el alojamiento de misiones diplomáticas.

Varios grupos de potenciales inversores interesados en invertir en la capital durante los últimos seis años no lo han hecho por falta de terrenos para invertir, según las autoridades del sur.

La comunidad local de los Bari advirtió en contra de expandir Juba para incorporar los poblados limítrofes sin su permiso, citando la cláusula de la constitución temporal que indica que la tierra pertenece a la gente, lo que dificulta al gobierno y al Estado la expansión.

Ciudadanos que hablaron con Sudan Tribune en Juba el sábado respaldaron la idea de una nueva capital. Un estudiante de la Universidad de Juba que quiso ser identificado sólo como Achol dijo: “Me alegra escuchar la idea de que vamos a tener una nueva y moderna capital. Juba está tan congestionada y desorganizada. Y, además, las autoridades no le dan terreno a la gente que quiere construir casas (…).

Barnaba Marial (ministro de Información) dijo que el ambicioso proyecto no va a comprometer otras prioridades en la entrega de servicios y en el desarrollo de Sudán del Sur. Si se confirma un nuevo emplazamiento, el nuevo país independiente contratará compañías o firmas para que hagan un estudio de viabilidad y planteen el coste de construir la nueva y moderna capital y atraigan inversores que puedan financiar el proyecto.

Las autoridades dicen que construir la nueva ciudad podría llevar hasta cinco años.

El centro de Juba

El centro de Juba

Es cierto que Juba, por decirlo de alguna forma, es una ciudad de mierda. El tendido eléctrico cubre una pequeña parte de la ciudad y hay cortes de luz casi a diario. El resto de la ciudad depende de generadores privados y de gasoil muchas veces difícil de encontrar en las pocas gasolineras, que se quedan ‘secas’ a menudo. La ciudad no tiene sistema de agua corriente y todo el mundo depende de depósitos privados que hay que rellenar casi a diario, algo caro y sin muchas garantías de que el agua que te estén dando haya sido tratada o venga directamente del Nilo y por tanto sea insalubre. La mayoría de las calles no están asfaltadas y son caminos de tierra y rocas llenos de agujeros y, muchas veces, basura, por lo que los coches que no son 4×4 lo tienen muy difícil o, por algunos tramos, simplemente no pueden circular. La ciudad es terriblemente cara, ya que casi todos los bienes, incluyendo los más básicos, como whisky o papel del wáter, provienen de Uganda o de Jartum en el norte de Sudán. En Sudán del Sur y en Juba apenas se produce nada, excepto, precisamente, una cerveza llamada White Bull que sabe a aguachirri. Y también hace muchísimo calor y la ciudad es sucia, polvorienta y está llena de mosquitos de la malaria. Eso sí, ver el amanecer junto al Nilo no está nada mal.

Amanece en Juba el 9 de enero, día de inicio del referéndum

Amanece en Juba el 9 de enero, día de inicio del referéndum

Y Juba es así después de seis años tras la firma de la paz, con el enorme gobierno de Sudán del sur allí plantado y con una muy intensa presencia de agencias de la ONU, ONGs y empresas privadas que no han sido capaz de mejorar la ciudad lo suficiente.

Eso sí, si te lo puedes pagar, puedes ir a un hotel con piscina a las afueras de Juba (yo me lo pude pagar una vez) (vale, me lo pagaron) o comer sushi en un par de sitios. Si te lo puedes pagar, algo que no puede la inmensa mayoría de la gente que vive allí.

Y entonces yo me pregunto, ¿lo van a hacer ahora mejor el gobierno de Sudán del sur, la ONU, las ONGs y las empresas privadas a la hora de construir una nueva capital? Porque Juba tenía ya el reconocimiento histórico, está -dentro de lo que cabe- más o menos bien conectada con el resto de Sudán del Sur y de Uganda, tiene puerto y aeropuerto, y es la ciudad que conocen la gente y todas las organizaciones.

Y repito en plan cansino: desde hace seis años, al final de la guerra y cuando Juba estaba en gran parte destruida pero aún contaba con esos factores positivos, ni el gobierno de Sudán del Sur ni la ONU ni las ONGs ni las empresas privadas han sido capaces de construir una ciudad suficientemente funcional para que funcione como la capital de un país.

¿Qué les hace pensar que ahora sí van a ser capaces de sacarse una “nueva y moderna capital” de la manga?

En Kampala, Uganda

Aunque están relativamente cerca una de otra -unos 500 kilómetros en línea recta-, el contraste no puede ser mayor cuando uno llega por carretera a Kampala, en Uganda, o a Juba, en Sudán del sur, y cuando uno pone el pie en la ciudad.

En Juba el calor es insoportable, la ciudad es plana, con pocos árboles, está llena de tierra, de polvo, todo es muy caro y cuesta encontrar productos básicos, pocos sudaneses del sur hablan inglés. Digamos que no es un lugar muy acogedor.

Kampala está construida sobre siete colinas llenas de verde, las calles están asfaltadas (aunque llenas de agujeros), el clima es agradable todo el año (como junio en Alicante, por ejemplo), puedes encontrar de todo a precios asequibles y la gente es simpática, de sonrisa fácil y habla inglés. Es una ciudad agradable y acogedora. Y si vienes tras haber pasado dos meses en Juba, la impresión es aun más clara.

Aunque también hay similitudes: La obsesión y la exageración ante supuestas amenazas a la seguridad. En Kampala, como en Juba, es llamativa la gran cantidad de policías y militares fuertemente armados por toda la ciudad. Además, en Kampala, y tras los atentados del 11 de julio (algo que en España pasó desapercibido, no sé porqué), la ciudad se llenó de personal de seguridad que te inspecciona antes de entrar a casi cualquier sitio. En apenas 50 metros, desde la puerta de entrada del Nakumatt Oasis a la cafetería Java’s en el mismo recinto, pasas junto a cinco tíos jóvenes de uniforme -cada uno en la puerta de un banco-, sentados en sillas de plástico, aburridos o medio dormidos y con viejos fusiles en sus regazos. Es curioso cómo te puedes acostumbrar a ver armas por todas partes y cómo ya apenas te llaman la atención ni eres consciente de para qué sirven realmente.

Pero, como suele pasar con este tipo de seguridad, se trata más que nada de hacer algo, lo que sea, de cumplir y quizá de dar una falsa ‘ilusión de seguridad’ al público. Ejemplo, durante mi anterior estancia en Kampala, un día que, cargado con mi mochila, iba a entrar a Garden City, un enorme complejo comercial en el centro de la ciudad. Me paran los guardas en la entrada y me preguntan: “¿Llevas alguna bomba?”. Y yo, “Hoy he salido de casa con tres pero ya las he explotado, así que no os tenéis que preocupar”. A lo que ellos respondieron con risas y dejándome pasar sin registrar mi bolsa y sin cachearme.

Las diferencias entre Sudán del sur y Uganda vuelven en cuanto a la atención mediática prestada a un sitio y a otro. En Juba y en el resto de Sudán del sur éramos muchísimos los periodistas extranjeros dando por saco con el referéndum (al menos durante los días de votación en sí). Y cuando sólo faltan unos días para las elecciones generales en Uganda, aquí no están ni algunos de los periodistas que suelen tener Kampala como base.

Pero Kampala y toda Uganda también son lugares muy interesantes, las elecciones vienen en un momento crítico para el país y toda la región (independencia de Sudán del sur e inicio de la industria petrolífera en Uganda, entre otros)  y, además, hay otras historias relevantes para cubrir, como el clima tremendamente hostil que hay en este país en contra de los homosexuales.

Además, en los últimos días, la policía nos envió un email a los periodistas en el que advertían del riesgo de ataques terroristas durante las elecciones. Bueno, la amenaza terrorista en Uganda y en otros lugares es mínima pero constante. Las autoridades siempre envían este tipo de comunicados poco antes de la celebración de grandes eventos, y para mucha gente se trata de poco más que una excusa para poder tener a más policías y militares en las calles y para ejercer algo más de control sobre lo que la gente puede ver, oír o decir.

En este sentido, 20 personas han sido arrestadas durante un acto electoral por abuchear a Yoweri Museveni, que lleva 25 años como presidente y es el favorito para ganar las elecciones por las buenas o por las malas. Según el policía citado en ese artículo, en inglés, la gente dijo cosas como: “Estamos cansados de ti, llevas demasiado tiempo en el poder” y “Eres un dictador, te gusta demasiado el poder, no quieres dejar que otros gobiernen”. Esas detenciones ante tal ‘gravísimo’ acto son una de las razones por las que no creo que en Uganda -ni en otros países de la región- puedan desarrollarse rebeliones como las de Túnez o Egipto.

Alguien que no piensa como yo es Kizza Besigye, antiguo aliado de Museveni (y su médico) pero principal candidato de la oposición durante las dos últimas elecciones y que en éstas cuenta con opciones reales de victoria (si las elecciones fueran libres, abiertas, justas y bla bla). Hace unos días, Besigye dijo a los periodistas que si le roban la victoria en las elecciones, no impugnará los resultados en un tribunal sino que convocará a la gente, al pueblo, a las calles para derrocar a Museveni, al estilo de lo que está ocurriendo en Túnez y Egipto. Mmm. Lo malo, creo yo, es que por aquí ese tipo de crisis se suelen resolver de un modo diferente, más al estilo de lo que está ocurriendo en Costa de Marfil y de lo que pasó en Kenia.

En el África subsahariana hay más pobreza y desigualdad que en el mundo árabe y los gobiernos son quizá aun más corruptos, pero no existe una masa crítica de ciudadanos educados, de clase más o menos media, conectados y sin perspectivas de futuro para provocar y protagonizar las revueltas. Lo que aquí sería la poca clase media vive muy bien, y aun mejor si se les compara con los ciudadanos realmente pobres. Además, son ellos los que disfrutan y aprovechan las pocas posibilidades y recursos que hay y, simplemente, no están interesados en un cambio de la situación. Además, muchos de estos países no pueden permitirse poner en suspenso sus economías durante varios días: mucha gente no tendría qué comer al par de días de las revueltas.

No quiero decir que no pueda o no vaya a haber rebeliones sino que, por lo que yo sé y en mi opinión, serían diferentes a las del mundo árabe, más violentas y seguramente dirigidas a distancia por las élites. Pero a saber.