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En Kampala, Uganda

Aunque están relativamente cerca una de otra -unos 500 kilómetros en línea recta-, el contraste no puede ser mayor cuando uno llega por carretera a Kampala, en Uganda, o a Juba, en Sudán del sur, y cuando uno pone el pie en la ciudad.

En Juba el calor es insoportable, la ciudad es plana, con pocos árboles, está llena de tierra, de polvo, todo es muy caro y cuesta encontrar productos básicos, pocos sudaneses del sur hablan inglés. Digamos que no es un lugar muy acogedor.

Kampala está construida sobre siete colinas llenas de verde, las calles están asfaltadas (aunque llenas de agujeros), el clima es agradable todo el año (como junio en Alicante, por ejemplo), puedes encontrar de todo a precios asequibles y la gente es simpática, de sonrisa fácil y habla inglés. Es una ciudad agradable y acogedora. Y si vienes tras haber pasado dos meses en Juba, la impresión es aun más clara.

Aunque también hay similitudes: La obsesión y la exageración ante supuestas amenazas a la seguridad. En Kampala, como en Juba, es llamativa la gran cantidad de policías y militares fuertemente armados por toda la ciudad. Además, en Kampala, y tras los atentados del 11 de julio (algo que en España pasó desapercibido, no sé porqué), la ciudad se llenó de personal de seguridad que te inspecciona antes de entrar a casi cualquier sitio. En apenas 50 metros, desde la puerta de entrada del Nakumatt Oasis a la cafetería Java’s en el mismo recinto, pasas junto a cinco tíos jóvenes de uniforme -cada uno en la puerta de un banco-, sentados en sillas de plástico, aburridos o medio dormidos y con viejos fusiles en sus regazos. Es curioso cómo te puedes acostumbrar a ver armas por todas partes y cómo ya apenas te llaman la atención ni eres consciente de para qué sirven realmente.

Pero, como suele pasar con este tipo de seguridad, se trata más que nada de hacer algo, lo que sea, de cumplir y quizá de dar una falsa ‘ilusión de seguridad’ al público. Ejemplo, durante mi anterior estancia en Kampala, un día que, cargado con mi mochila, iba a entrar a Garden City, un enorme complejo comercial en el centro de la ciudad. Me paran los guardas en la entrada y me preguntan: “¿Llevas alguna bomba?”. Y yo, “Hoy he salido de casa con tres pero ya las he explotado, así que no os tenéis que preocupar”. A lo que ellos respondieron con risas y dejándome pasar sin registrar mi bolsa y sin cachearme.

Las diferencias entre Sudán del sur y Uganda vuelven en cuanto a la atención mediática prestada a un sitio y a otro. En Juba y en el resto de Sudán del sur éramos muchísimos los periodistas extranjeros dando por saco con el referéndum (al menos durante los días de votación en sí). Y cuando sólo faltan unos días para las elecciones generales en Uganda, aquí no están ni algunos de los periodistas que suelen tener Kampala como base.

Pero Kampala y toda Uganda también son lugares muy interesantes, las elecciones vienen en un momento crítico para el país y toda la región (independencia de Sudán del sur e inicio de la industria petrolífera en Uganda, entre otros)  y, además, hay otras historias relevantes para cubrir, como el clima tremendamente hostil que hay en este país en contra de los homosexuales.

Además, en los últimos días, la policía nos envió un email a los periodistas en el que advertían del riesgo de ataques terroristas durante las elecciones. Bueno, la amenaza terrorista en Uganda y en otros lugares es mínima pero constante. Las autoridades siempre envían este tipo de comunicados poco antes de la celebración de grandes eventos, y para mucha gente se trata de poco más que una excusa para poder tener a más policías y militares en las calles y para ejercer algo más de control sobre lo que la gente puede ver, oír o decir.

En este sentido, 20 personas han sido arrestadas durante un acto electoral por abuchear a Yoweri Museveni, que lleva 25 años como presidente y es el favorito para ganar las elecciones por las buenas o por las malas. Según el policía citado en ese artículo, en inglés, la gente dijo cosas como: “Estamos cansados de ti, llevas demasiado tiempo en el poder” y “Eres un dictador, te gusta demasiado el poder, no quieres dejar que otros gobiernen”. Esas detenciones ante tal ‘gravísimo’ acto son una de las razones por las que no creo que en Uganda -ni en otros países de la región- puedan desarrollarse rebeliones como las de Túnez o Egipto.

Alguien que no piensa como yo es Kizza Besigye, antiguo aliado de Museveni (y su médico) pero principal candidato de la oposición durante las dos últimas elecciones y que en éstas cuenta con opciones reales de victoria (si las elecciones fueran libres, abiertas, justas y bla bla). Hace unos días, Besigye dijo a los periodistas que si le roban la victoria en las elecciones, no impugnará los resultados en un tribunal sino que convocará a la gente, al pueblo, a las calles para derrocar a Museveni, al estilo de lo que está ocurriendo en Túnez y Egipto. Mmm. Lo malo, creo yo, es que por aquí ese tipo de crisis se suelen resolver de un modo diferente, más al estilo de lo que está ocurriendo en Costa de Marfil y de lo que pasó en Kenia.

En el África subsahariana hay más pobreza y desigualdad que en el mundo árabe y los gobiernos son quizá aun más corruptos, pero no existe una masa crítica de ciudadanos educados, de clase más o menos media, conectados y sin perspectivas de futuro para provocar y protagonizar las revueltas. Lo que aquí sería la poca clase media vive muy bien, y aun mejor si se les compara con los ciudadanos realmente pobres. Además, son ellos los que disfrutan y aprovechan las pocas posibilidades y recursos que hay y, simplemente, no están interesados en un cambio de la situación. Además, muchos de estos países no pueden permitirse poner en suspenso sus economías durante varios días: mucha gente no tendría qué comer al par de días de las revueltas.

No quiero decir que no pueda o no vaya a haber rebeliones sino que, por lo que yo sé y en mi opinión, serían diferentes a las del mundo árabe, más violentas y seguramente dirigidas a distancia por las élites. Pero a saber.