19 de agosto de 2009
Veo que Titus, el hombre al que entrevisté el lunes, me ha llamado tres veces y me ha dejado un mensaje. Le llamo y me dice que gente de su grupo de artistas –el Centre for Artists for Development– van a actuar en el National Theatre, a las 6, me dice que si tengo tiempo para ir y le digo que sí, que claro, que gracias. Me dice que luego me volverá a llamar y casi a las 5 me vuelve a llamar y me dice que coja el matatu 46 hacia la estación de tren, que es el final del trayecto, y que una vez allí le llame. Y yo me arreglo y salgo y cojo un matatu 46, 20 shillings, y el tráfico es una locura y además ha habido un accidente entre un camión militar y un autobús y avanzamos muy lentamente. A las 5 y media estamos en el centro, en una gran avenida, parados, y las filas de coches y matatus y autobuses se pierden en el horizonte en todas las direcciones. Pregunto a los demás pasajeros y un hombre me dice que la estación no está muy lejos, al final de esa avenida y luego a la derecha. Así que salgo y empiezo a correr y todo el mundo me mira, un mzungu con camisa y americana y corriendo por las avenidas del centro de Nairobi. Las aceras también están llenas de personas y corro por la calzada para adelantar y durante un momento estoy seguro de que voy a morir atropellado. Pero no. Llego al final de la avenida y giro a la derecha, coches y matatus y autobuses y gente hasta donde se pierde la vista. Estoy cansado pero intento seguir corriendo y ahí delante veo vías y trenes y busco con la mirada pero no veo la estación en sí ni veo cómo bajar al recinto de los trenes, que está vallado. Al final consigo colarme y paso corriendo junto a almacenes y barracas y unos pocos kenianos que me miran con la boca abierta. Llego a las vías y veo a lo lejos la estación, un tren está pasando lentamente, abarrotado, gente asomando por las puertas, algunos incluso medio colgados, como en los documentales que vi sobre Kibera. Empiezo a cruzar las vías y a saltar por entre las piedras atento a que no venga ningún tren. Y finalmente, exhausto y sin respiración, llego a la entrada principal de la Nairobi Railway Station y llamo a Titus y le digo que lo siento, que había mucho tráfico pero que ya estoy en la estación. Son las 6 menos cuarto, todo el mundo me mira, un hombre me ofrece un taxi pero le digo que estoy esperando a un amigo y él me dice que si mi amigo no viene que él está disponible y le digo que ok, que asante. Miro a mi alrededor, la estación es grande y vieja y estropeada, en la explanada frente a ella hay pequeñas calles rodeadas de paradas de autobús, aunque no veo ningún autobús pasar en todo el tiempo que estoy ahí. Y en la acera que lleva hasta la entrada principal de la estación y separados del resto de la gente por una cuerda casi a ras de suelo, toda una fila de personas se pelean por vender tickets a la gente que se dirige a la estación. La mayoría son hombres, casi todos enfundados en viejas y enormes chaquetas verdes. Inclinados hacia delante, a punto de caer pero sin tocar la cuerda, los vendedores llaman a la gente, estiran el brazo, les ponen el ticket en la mano, se giran y le dicen al compañero que se aparte, que ése es su sitio.
A las 6 y poco aparece Titus, nos saludamos, le digo que siento haber llegado tan tarde, me dice que ha sido fallo suyo, que tendríamos que haber quedado en otro sitio, y empezamos a andar hacia el National Theatre, que está bastante lejos. Cruzamos las calles repletas del centro de Nairobi, personas, coches, matatus y autobuses se pelean por cada centímetro, todos ignorando sistemáticamente las pocas señales de tráfico y los pocos semáforos que parecen funcionar. Verde, rojo, qué más da, cruzamos por entre los coches mientras seguimos hablando de la sociedad civil en Kenia y del futuro del país y de la comunidad internacional y de si habrá más violencia en el futuro y Titus es más optimista que yo.
El centro de Nairobi es caótico y parece el decorado de una película de ciencia ficción en la que conviven varios mundos. Rascacielos brillantes y recién alzados y rascacielos tristes y decadentes, edificios gigantescos de aspecto comunista y museos decrépitos, pantallas gigantes y música altísima y bares oscuros y ruinosos, avenidas amplias y modernas y callejones desolados y sucios. Titus y yo caminamos rápido entre el polvo y el humo de los coches y la gente que anda en todas direcciones, vestida de todas las formas imaginables, y yo le digo que me gustaría poder hablar con los artistas tras la actuación y Titus me dice que sí, que claro.
Sobre las 6 y media y ya anocheciendo llegamos al National Theatre y la función está a punto de empezar porque la hora de inicio era en realidad las 6 y media y no las 6. La entrada es gratis y entramos y nos sentamos en una de las primeras filas. El teatro es pequeño y ajado y las butacas viejas y las paredes y el telón están gastadas y moribundas. El ambiente es opresivo, hace calor, por todos lados el olor dulzón del sudor y el polvo. El público es variado y cosmopolita y aunque por la calle apenas hemos visto, aquí hay muchos blancos, ellos de traje y corbata y bien peinados y ellas con vestidos de gala y pelo de peluquería. También hay asiáticos y negros, la mayoría muy arreglados, algunos con trajes tradicionales llenos de color. La gente joven parece haber poblado el pequeño anfiteatro en la planta de arriba, de donde procede casi todo el escándalo.
Salgo en busca de un par de folletos con el programa y vuelvo a mi asiento y el programa dice que se trata de un grupo de danza venezolano que está presentado por la Embajada en Kenia de la República Bolivariana de Venezuela. Miro a Titus, ¿No me habías dicho que iba a actuar gente de tu grupo? Sí, bueno, es un grupo de Venezuela pero gente de mi grupo colabora con ellos. Miro a Titus durante unos segundos y luego vuelvo al programa. Es un grupo de danza contemporánea, Tránsito Danza Integrativa, y algunos de los integrantes son discapacitados y van en sillas de ruedas. Las luces se van desvaneciendo y de repente una voz dice, The national anthem!, y todo el mundo se pone en pie y yo también y suena el himno nacional de Kenia. Tras él una mujer sube al escenario y da las gracias y presenta al secretario permanente de cultura, que a su vez sube al escenario y parece nervioso y da las gracias y lentamente lee un discurso largo y aburrido y la gente se ríe cuando el secretario permanente de cultura intenta pronunciar “Tránsito Danza Integrativa” y más tarde en el discurso, que al parecer el secretario permanente de cultura está viendo por primera vez, el nombre del grupo venezolano vuelve a aparecer pero el secretario permanente de cultura dice sonriendo que no va a volver a intentar decirlo y el público le ríe la gracia. Por fin el secretario permanente de cultura presenta a la embajadora de Venezuela, quien ahora alegremente sube al escenario y dice Good evening! y el público responde Good evening! y la mujer, en un inglés peor que el mío, da las gracias y habla sobre la función y los artistas venezolanos y la colaboración entre Kenia y Venezuela y bla bla. Tras ella suben la jefa de producción y el director y coreógrafo del grupo, jóvenes y vestidos en plan neo-hippie, y ella dice Good evening! y la gente responde otra vez Good evening! y ella ríe y dice ¡Buenas noches! y la gente lo intenta y responde con un gracioso ¡Buenas noches! y la chica ríe y da las gracias y se disculpa por su inglés –mejor que el de la embajadora– y empieza a hablar sobre el grupo y la función y cómo la danza no es algo sólo físico sino que principalmente depende del sentimiento y demás. Y por fin el espectáculo comienza.
Pero antes de que salgan a escena los venezolanos aparece un grupo keniano de danza tradicional. Son sólo tres timbales pero de repente el teatro explota en música y gritos y los bailarines entran en escena chillando y dando saltos, llenos de color, ellos de amarillo y ellas de azul, con sencillos trajes que supongo tradicionales, jóvenes, sonrientes, mezclándose por el escenario, ahora cada chico con una chica, ahora de nuevo todos mezclados, sudorosos, gritando, sexuales, sin dejar de sonreír y de saltar, luciendo físico y forma exuberantes. Titus me dice que los bailes y los cantos tratan sobre la guerra y sobre proteger a las mujeres.
Pienso en los bailes tradicionales que he visto en España, aburridos, lentos, remilgados, grises, los bailarines asfixiados en prendas caras e incómodas que parecen hechas para cualquier cosa menos para bailar. ¿Y qué pensaría el típico crítico conservador sobre esta danza africana? Bárbara, ruidosa, desordenada, incivilizada. Pero a mí me parece festiva y la mayoría de las danzas españolas me recuerdan más a un funeral que a un baile.
La danza keniana termina entre gritos de los bailarines y el público lanza una sonora ovación y silba y aplaude entusiasmado.
La primera representación de los venezolanos se llama Misunderstanding –malentendido–, y el párrafo que la introduce en el programa parece dar la razón al título: “Es la reacción interna de una vívida relación ante las actitudes de pasión, odio, amor y sus propias actitudes confrontadas por ellas mismas para la reafirmación y definición de sentir la completa necesidad de la feliz ausencia de estar solo con amor sin la necesidad dejada por el otro complemento prefiriendo la libertad, consiguiendo una total unión con indiferencia interna ante el amor… malentendido.”
Se trata de una pareja, ella atractiva y sensual y en silla de ruedas y él de aspecto más tosco y en pie, ambos vestidos completamente de blanco. Resulta original e interesante pero mejorable. Aunque la silla de ruedas se integra en la representación con naturalidad, uno no puede dejar de fijarse en ella y su sólida y pesada presencia contrasta con el blanco y la ligereza de movimientos de los bailarines, para quienes los brazos tienen un enorme y evidente protagonismo en la danza. La representación tiene un aire amateur que le da un cierto encanto y ella es claramente mejor danzadora que él. Suena un teléfono móvil junto a mí e incrédulo veo a Titus responder y ponerse a hablar en un volumen no muy bajo durante unos minutos.
El baile termina y de nuevo el público responde con una gran ovación y un largo aplauso y silbidos y comentarios y la reacción me recuerda a la espontaneidad de un público de niños.
El siguiente acto es un monólogo por un hombre en silla de ruedas y se oyen muchos murmullos en el teatro cuando el hombre empieza a hablar… en español. Yo sonrío y supongo que los pocos venezolanos que haya entre el público y yo somos los únicos que lo entendemos. El actor no es malo pero el relato es simplón y lleno de clichés. Se trata de un niño que entra en una tienda de animales y quiere comprar un perrito que cojea y el dueño no quiere cobrarle porque dice que el perrito no puede correr y jugar como los demás. Pero el niño se levanta el pantalón y su pierna tampoco está bien y le dice al dueño que él y el perrito se entenderán bien y el dueño se pone a llorar y le dice al niño que ójala el resto de cachorros acaben teniendo un dueño como él. No importan el aspecto ni el dinero, dice el actor como moraleja, en el fondo todos somos iguales. Oh. Fin.
Tras el monólogo viene Coincidence, una danza en la que todos los bailarines venezolanos y un grupo de kenianos toman el escenario. Tres venezolanos están es silla de ruedas, dos kenianos tampoco pueden utilizar sus piernas pero se arrastran por el suelo y algún otro keniano cojea al andar y bailar. La música es electrónica contemporánea y de ritmo rápido y los bailarines entran y salen y saltan y se arrastran por el escenario y se entrecruzan y bailan cogidos y juegan con las sillas de ruedas y las levantan mientras sus ocupantes danzan por el suelo y verlos a todos, blancos, negros, mujeres, hombres, de físico corriente y deforme, mezclándose y moviéndose y reptando por el escenario de forma tan entusiasta como amateur pero en un cierto orden y armonía – es espectacular, atrevido, exótico, genial.
El baile termina y la ovación es incluso mayor que las anteriores y el público aplaude a rabiar y ríe y silba y lanza piropos a los bailarines.
Después viene otra danza tradicional keniana aunque esta vez resulta algo larga y repetitiva pero me sigue impresionando el derroche físico de los danzarines, que no dejan de moverse y de dar saltos y gritar sin perder la sonrisa ni un segundo.
Y tras ellos viene Transtango, el último baile, en el que sólo participan los venezolanos. Es un espectáculo de tango con tres hombres, dos en silla de ruedas, y tres mujeres, una en silla de ruedas. Es diferente y provocador, pero es demasiado largo y no consigue mantener el ritmo ni la tensión y las sillas de ruedas ya no resultan tan llamativas ni chocantes – lo que quizá sea un objetivo del espectáculo. Suena otro teléfono móvil y su dueño responde y tranquilamente habla con su interlocutor. Titus me dice que lo siente pero que se tiene que ir y yo le digo que yo me quedo hasta el final y nos damos la mano y Titus se va. Hay un momento en el que en escena sólo están un hombre y una mujer no discapacitados y bailan un tango agarrado y rápido y sensual y de golpe nos recuerdan todas las limitaciones del estar sentado en una silla de ruedas. Pero son dos discapacitados los que finalizan la representación y aunque resultan lentos y pesados en comparación, su tango es también físico y sexual y hermoso y pone un buen punto y final al espectáculo.
Las luces se apagan y el público rompe a aplaudir entusiasmado y de nuevo otra gran ovación y ruidos y silbidos y los bailarines saludan satisfechos desde el escenario.
Y de nuevo, como al principio, comienza un carrusel de personalidades y cargos oficiales kenianos y de la embajada de Venezuela subiendo al escenario y dando las gracias y breves y aburridos y vacíos discursos y todo sea por salir en la foto entre los bailarines. Hay ramos de flores para las danzarinas y regalos kitsch para los oficiales venezolanos y una bolsa con los típicos souvenirs de aeropuerto para todos los bailarines venezolanos – pero nada para los bailarines kenianos. Todo este ceremonial resulta ridículo y se hace eterno y estropea el buen sabor de boca que el espectáculo nos había dejado. Por fin termina y podemos salir y la embajada de la República Bolivariana de Venezuela invita a bebidas y canapés y todo el mundo, diplomáticos de traje y corbata y mujeres de vestido y peluquería y gente normal en vaqueros, se abarrota y pelea por conseguir un vaso de lo que sea y un bocado de cualquier cosa. Y yo entre ellos. Tras un buen rato y recibir varios codazos y empujones compruebo con decepción que el vino tinto ya se ha acabado y me consuelo con una copa de vino blanco que sin embargo es excelente. Intento escapar del bullicio y me encuentro con dos de los bailarines venezolanos, la mujer atractiva en silla de ruedas y uno de los hombres. Me acerco y les digo que soy un periodista español y que la representación me ha encantado y que me han impresionado. Me dan las gracias pero no parecen muy interesados en seguir la conversación. Les pregunto que hasta cuándo van a estar en Nairobi y me dicen que unos días. Les pregunto que si van a volver a actuar y me dicen que sí, que mañana a la misma hora. Yo asiento. Ellos me miran sonriendo y en silencio. Bueno, les digo, enhorabuena, y le doy la mano a él y dos besos a ella y voy hacia la salida en busca de aire fresco. Me acabo el vino en la puerta mientras pasa arrastrándose junto a mí uno de los parapléjicos kenianos. Me voy en busca de un taxi, negocio el precio y de camino el taxista me pregunta, ¿Qué había esta noche en el National Theatre? Un espectáculo de danza contemporánea, le respondo, con bailarines venezolanos y kenianos, pero lo interesante es que varios iban en silla de ruedas y tal. El taxista asiente y no dice nada más mientras conduce por las oscuras y desiertas calles de Nairobi.
Unos pocos días después me sorprende ver a una chica en silla de ruedas en el supermercado. Me quedo mirándola y es la bailarina venezolana, a la que felicité y di dos besos, no tan guapa sin maquillaje y sin arreglar. La veo mirar y comparar diferentes chocolatinas con seriedad y no sé si acercarme a saludarla o no. Pienso que no me va a recordar ni a reconocer y que hasta se va a asustar si de repente me dirijo a ella. Ella pasa ahora junto a mí sin reparar en mi presencia y vuelve a la estantería de los chocolates con una amiga, otra de las bailarinas, y le pide que le alcance una de las chocolatinas que está en los estantes superiores, ya que ella no alcanza hasta ahí.